Cuando se ha abierto el telón del Teatro Olimpia y el director no ha aparecido, lo que ha ocurrido no ha sido un contratiempo, sino una declaración de intenciones. El estreno de Instrucciones para montar un cabaret, dentro de Diversario y bajo la dirección de Kike Lera, ha colocado al espectador ante un escenario sin red, sin instrucciones y sin coartadas. “El director no ha llegado, pero el público sí. ¡Sorpresa!”, se ha escuchado. Y con esa frase, mitad aviso mitad broma, el teatro ha decidido empezar desde el vértigo.
El punto de partida ha sido tan divertido como aparentemente incómodo: dieciocho intérpretes frente a una “encerrona” y una pregunta sin respuesta inmediata. “¿Qué hacemos?”, han lanzado desde escena.
El espectáculo ha encontrado en la falta de certezas su principal motor dramático. El escenario ha funcionado como un igualador radical: nadie sabe más que nadie cuando desaparecen las referencias. "No hay que saber pronunciar, chicos, ni estudiar física cuántica, ni hay que ser un bailarín profesional".

La dramaturgia, atravesada por el eco de Julio Cortázar, ha articulado una sucesión de instrucciones que funcionan como pequeñas trampas. Parecen técnicas, casi manuales de uso, pero terminan revelando algo más incómodo. “Para llorar, dirija la imaginación hacia usted”, se ha dicho.
El humor ha operado como un mecanismo de precisión: desarma primero, golpea después. La odisea de recuperar un pelo perdido por el desagüe ha sido uno de los momentos más celebrados. La propuesta -trabajar durante años, reunir dinero, equiparse y descender a las alcantarillas con ayuda poco recomendable- ha llevado el disparate hasta el extremo. Pero la broma ha dejado una pregunta flotando: cuánto esfuerzo se invierte, en la vida real, en recuperar cosas que ya no importan.

También ha habido espacio para el análisis minucioso de lo cotidiano. Subir una escalera, por ejemplo, se ha convertido en una operación casi científica: el “Pie”, los peldaños, la secuencia exacta. Y sin embargo, entre tanta precisión, se ha colado la evidencia: los comienzos siempre cuestan. Después llega la soltura, o algo que se le parece. Y uno avanza, aunque no tenga del todo claro hacia dónde.
La pieza ha deslizado, sin subrayados, una crítica certera al aprendizaje entendido como acumulación de fórmulas. “Cualquier maestro consciente debería enseñar estas tareas”, se ha afirmado, en lugar de saturar con teoremas.

En lo escénico, Kike Lera ha asumido un papel múltiple: ha dirigido, ha interpretado, ha tocado la guitarra y ha cantado. A su lado, al piano, Jaime Trillo ha sostenido la estructura musical de una propuesta que juega con el formato de cabaret sin someterse a él. Han aparecido guiños reconocibles -la parodia de Eurovisión, una Maribel sobreactuada, un trío imposible llegado “de México”- que han funcionado como respiraderos cómicos en medio del desconcierto.
El cierre de Instrucciones para montar un cabaret plantea una idea poderosa: la ausencia no es vacío, es una presencia transformada. Cuando el escenario queda desnudo y los intérpretes callan, la obra sugiere que “seguir estando” no depende de la acción, sino del rastro que se deja. A partir de ahí, introduce una paradoja clara: la ausencia crece, se expande hasta ser “diez o cien veces más grande” que la presencia vivida. El silencio final no apaga el espectáculo, lo desplaza al recuerdo del espectador, donde termina adquiriendo su verdadero sentido.

En el estreno han estado presentes representantes institucionales y del tejido asociativo que respaldan el proyecto. Han asistido la consejera de Servicios Sociales del Gobierno de Aragón, Carmen Susín; la concejala del área en el Ayuntamiento de Huesca, Marta Escartín; la directora general de Inclusión Social y Voluntariado, María Charte; así como la presidenta de Cadis Huesca, Sara Comenge, su gerente, Marta Peña, y la directora de Diversario, Elena Gómez Zazurca.

Diversario ha consolidado con este estreno una línea que rehúye la complacencia y apuesta por el riesgo real. Aquí no hay discurso prefabricado sobre inclusión; hay práctica escénica. No se explica, se hace. Instrucciones para montar un cabaret ha demostrado que, cuando fallan las indicaciones, aparece algo más interesante: la posibilidad de sostenerse en los otros, de improvisar sentido y de convertir el desconcierto en una forma legítima de belleza.