Ese disyóquey invisible y espiritual que cada mañana, cuando nos levantamos, coloca en nuestro cerebro la banda musical de la jornada se ha empecinado en pinchar hoy piezas con el verbo volver. Por la propia experiencia reciente, y tras un año de carencia del espacio de prensa de El Alcoraz, regresaba con la tonada de Juan Erasmo Mochi: "Los que se van, ya volverán, los que se fueron no querían marchar...". Ahí estábamos Adrián y yo con las acreditaciones de EL DIARIO DE HUESCA, que lo nuestro nos ha costado. Como en toda efemérides que se precie, Vicente Fernández ha de irrumpir en nuestro subconsciente con su "Volver, volver". Retornaban a su casa, además, Mikel Rico y David Ferreiro, en medio de una enorme expresión de cariño a pesar de la cierta desafección directiva respecto al gallego. A veces, aunque haya habido dimes y diretes, la prudencia con el protagonista y la empatía con el respetable hace recomendable encargar una maqueta del estadio. ¡Será por maquetas! Con menos acciones en el capital de la historia del Huesca, Datkovic y Musto, pero al fin y a la postre han sido de la causa.
La principal vuelta es la de la afición. Admirable. Con el truño de temporada pasada, de la que adolecemos de una versión oficial de balance para que comprendamos, pobres mortales de aficionados, las razones para tamaño desbarajuste, para tal sucesión de desastres, para semejante sometimiento al respetable a un sufrimiento día sí, día también, que se junten esta tarde más de 6.000 almas dispuestas a seguir animando es plausible. Máxime cuando, religiosa o laicamente, han pasado por caja para adherirse a una esperanza para la que el club, siento decirlo, apenas aporta. Ni siquiera explicaciones, ni siquiera transparencia, que es lo que merece el público, lo que demanda el socio, lo que reclama el abonado.
Hasta ahora, estamos en un acto de fe, huérfanos de esperanza y sin la caridad de una diáfana presentación de los guarismos. Es una empresa fabulosa ésta de la Sociedad Deportiva Huesca, porque es tan difusa la propiedad (sí, sé que dirán que no, que todo está en porcentajes, pero en el fútbol hay muchos tangibles e intangibles que hacen viables o inviables los clubes) que la opacidad no se penaliza. Y, haberla, hayla. Y es un punto de mejora absoluto, pero para cumplimentarlo primero hace falta una cura de humildad, que no de castigo.
La derrota de hoy no es sino la consecuencia de cuatro años en los que hemos nadado en la abundancia. Como si no hubiera un mañana. Nuevos ricos. Buena gente con muy buen semblante. Ligas en las que, so pretexto del mercado (lo de "mal de muchos..." funciona a la perfección), se han adoptado inercias que han colocado a los pies de los caballos a los Míchel, Ambriz o Ziganda, y a los Rubén y Martín González, con plantillas insuficientes para las primeras jornadas. Todo perfectamente planificado... en esa versión tan española de esperar al último segundo, si acaso minuto, antes del cierre del mercado de invierno. Y, de no acertar, llegaremos al invierno entre pozos de hielo, ateridos del frío del desencanto. El 2-3 ante el Cartagena no es, en sí, alarmante. Si acaso un "deja vú" de la liga pretérita. Lo inquietante, como me dijo en cierta ocasión mi profesor Pachi Sagastagoitia, no es meter la pata, sino no sacarla rápidamente. Y quiero pensar, porque valoro lo mucho de bueno que se ha hecho en el Huesca desde hace años, que van a ir al rincón de pensar y van a empezar a hacer las tareas. Sin salir de su cuarto hasta que el examen de septiembre se apruebe con nota. De lo contrario, será otro "y volver, volver, volver".