Vivir en la complacencia, un mal negocio

28 de Enero de 2023
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Jeremy Blasco
Jeremy Blasco

Sería injusto no reconocer algunos méritos al Cuco. Su fe es impresionante, pero no mueve montañas. No puede hacerlo. Es curioso. Esta decepcionante temporada no encuentra paternidad. Sostengo que no se le puede atribuir a Ángel Martín González ni a Ziganda. No, quizás no sea justo que carguen con la cruz cuya estructura dispusieron otros. A estas alturas, hay que pensar en llegar a esa fatídica frontera de los 50 puntos. Y reflexionar. Incluso convendría empezar a reflexionar desde ya. E intentar poner remedio, acción, comenzando por la asunción de responsabilidades. Dirimiendo dónde está la falla de un club que hasta hace dos años nadó en una abundancia desconocida y hoy vaga como alma en pena. No sirve ya el melancólico recuerdo de los partidos con el Monzalbarba o el Casetas. Eso es manejar las cartas con trampas. Estamos en otra dimensión y no es precisamente la afición la que ha pecado de falta de humildad.

El Cuco Ziganda no puede seguir sosteniendo que tiene dos jugadores con garantías por puesto. O, si los tiene, no los ha sabido motivar, no ha conseguido extraerles rendimiento. Da una sensación de desconcierto, de desánimo, de incapacidad para reaccionar. Este sábado, en el campo del ya líder, no se le puede reprochar una primera parte más que aceptable (ante los canarios han sido quizás las dos mejores de la temporada), ni el planteamiento que dicen coherente, aunque es legítimo considerarlo raquítico. Pero, desgraciadamente, el gol con error inaceptable de un Cristian Salvador en buena forma ha desnudado las carencias de este equipo sin alma, donde apenas Joaquín tira del carro en el que el capitán Pulido exhibe orgullo. Y poco más. Futbolistas desnortados, que no creen en sí mismos y no sé si creen en el proyecto.

Pasadas veinticinco jornadas, las excusas se agotan. La complacencia mata. Un proverbio hindú advierte de que no hay que contarle a nadie los dolores del parto, sino enseñar al niño sano. Esto no es una mala dinámica, es una maldita estática. Un carro que no va para delante y se está deslizando hacia atrás. Un herido que se va desangrando y al que sólo le puede salvar un chute de medicina improbable (mercado de invierno), porque en su mala cabeza quienes han regido el cuerpo han descuidado el botiquín. No sé si hay desesperación o desesperanza. Quizás ni merezca la pena plantearlo. Sólo mirar una luz en el fondo del túnel que es el choque ante el Mirandés. Ahí empezaremos a atisbar si es factible o es milagrosa la reactivación. Olvidemos otros sueños, no hay hueco para la ilusión.

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