A María Jesús Costa le cuesta articular palabras. Quedan escasos minutos para el cierre definitivo, para el punto y final a una historia que ahora revivirá cuando alguien la escriba, porque tiene relato, porque desde 1876 ha vivido muchas narrativas. Porque han pasado miles de clientes por el Coso Bajo desde que Julián Ferrer traspasara su tabla (así se llamaba a los puestos del mercado) hasta la ubicación que estaba llamada a trascender, a perpetuarse durante cuatro generaciones. Era, en la lógica de los tiempos, La Tabla Nueva. Una marca imbatible. Si alguien habla de carnes en Huesca, brota automátivamente el nombre de un mito que hoy ha echado la persiana.
Aunque la decisión estaba tomada, se ha producido un fenómeno de resistencia. Cuando EL DIARIO DE HUESCA publicó la noticia el 13 de junio, las reacciones en redes sociales fueron punto menos que apocalípticas. Desde quien proclamó que la vida dejaba de tener sentido para él hasta quien aducía que Huesca quedaba vacía de autenticidad. Expresiones ingeniosas, una canción triste como la de Hill Street pero en versión Coso Bajo. En la hipérbole, en la exageración, se alojan los sentimientos, la rebeldía contra los hechos a punto de ser consumados.
María Jesús ha trabajado muchísimo este sábado 24 de junio, fecha para la historia del comercio oscense. "Ha habido mucho trabajo hoy, pero es que llevamos mucho trabajo durante dos semanas". Se despide de Luisa, una de sus clientas. Se despachan rápidas las compras porque nadie quiere detenerse ante la tentación de soltar el lacrimal. "Ha sido una semana muy emotiva, ha venido mucha gente a despedirse".
Les han traído regalos (el cronista es testigo de una amiga que les trae un bizcocho para endulzar el adiós). Maria Jesús intenta recomponer el ánimo y levantar el de los demás, incluidos los clientes. "Hay muy buenos carniceros. No se acaba el mundo. Es otra etapa que nos toca vivir. Estoy contenta por ellas porque llevan muchos años de carniceras. Y muy triste también porque ya no estaremos juntas. Son muchos contrastes, todo es alegría y tristeza al mismo tiempo. Lo hemos intentado hacer lo mejor que hemos podido y sabido". La congoja ahoga las palabras...
Emocionados los clientes también. "Le vamos a encontrar mucha falta, porque estábamos muy contentos con el servicio y con la calidad de los productos y la atención que tienen tanto la dueña como las empleadas. Ha sido un trato excepcional durante toda la vida y el género ya no se puede pedir más". Puestos a elegir, "me gusta todo. El jamón, las hamburguesas, la longaniza, la ternera... No se puede decir esto más y esto menos. Todo".
El cierre se ha demorado unos minutos, quizás porque cuesta dejar esa lista de precios de la longaniza, el chorizo, la salchicha, la hamburguesa, la tortilla, la morcilla, la butifarra, el jamón o los patés. Y recoger las carnes del mostrador. Es la hora, ya sobrada y ahí se dirigen a la última foto que les pide el cronista. Y las persianas bajan, lentas, engrasadas por las lágrimas, hasta caer para siempre. Y, resistentes, vuelan los recuerdos y la certeza de que esta escuela de maestros y de aprendices ha cumplido una misión fundamental en la ciudad de Huesca.