Confluíamos Graziella Moreno y un servidor, Ángélica Morales de testigo, en una idea comúnmente expresada en el universo gastronómico cuando, frente a todos los modismos, los clásicos confluyen en que hay dos clases: la buena y la mala cocina. Algo similar sucede con la música y la literatura, como cualquier arte, en el que, más allá de abstracción o de figurativismo o cualesquiera clasificaciones que pretendamos incorporar, el veredicto llega desde el público con criterios que tienen que ver no sólo con la calidad sino con los valores. Escribir, al final, es un oficio que demanda precisión técnica y, a partir de ahí, la creatividad depende del duende, la inspiración o la dotación divina... siempre que cuando la chispa surge el literato tenga un papel, una grabadora o un ordenador delante.
En este campo tan abonado en los últimos años (aún recuerdo cuando el profesor Casado nos decía a sus alumnos allí por 1979 que se publicaban 35.000 libros anuales, hoy esa cifra se multiplica por diez), para un buen lector es irrenunciable ser riguroso, porque no podemos perder la vida que reservamos olisqueando el aroma irresistible del papel literario en mediocridades que nada aportan y que restan vivencias, así como suena.
Si de algo nos podemos congratular es del cuidado colectivo de los libros a través de las ferias que comúnmente congregan a gentes provistas de virtudes y, sobre todo, de una fundamental: la serenidad. Es el estadio en el que se toman grandes decisiones como premiar a Myriam Martínez y Víctor Castillón en una doble acción de la justicia precisa que emana de la ética y que sirve para diferenciar con rigor entre la costumbre arraigada de galardonar por criterios políticamente correctos, lo que devalúa al final las propias distinciones, y el loable compromiso de distinguir entre lo meritorio y lo funcional.
Leer de forma continua y metódica otorga la vara de diferenciar y de actuar. Si plausibles son todas las ferias, algunas suponen un paso adelante en el propio modelo que facilita la incorporación de oleadas de personas a la guerrilla intelectual contra la estulticia, la levedad y la renuncia a cimentar nuestro edificio integral de la cultura, tanto el individual como el colectivo.
Es el caso de Barbitania de Barbastro, esa evolución del Certamen Literario de Barbastro con los arietes formidables del Internacional de Novela y del de Poesía Hermanos Argensola. Si lo analizamos bien, en realidad, trasciende incluso ese más de medio siglo de admirable evolución desde los primigenios premios hasta estos cinco años que, con el resto de categorías de galardones mediante, han convertido la ciudad del Vero en un prodigio en el que las letras maravillosamente compuestas bailan a través de sus virtuosos compositores y brindan con vino del Somontano, e incluso disputan lides oratorias en torno al fascinante universo de la creación.
Me ha sorprendido alguna columna de opinión que ha pretendido engendrar una atmósfera de inquietud por el futuro de Barbitania una vez que su directora, María Ángeles Naval, ha anunciado que cede el testigo después de una década al frente del certamen literario y un lustro en el propio festival. La literatura y la cultura organizativa no están sometidas a un código constrictor, sino al contrario, abren el abanico a todas las formas, todos los modos e incluso todas las modas que nutren a la creación del pensamiento meticuloso.
No se trata de contraponer a una cierta visión, si no apocalíptica, sí inquietante, todo el refranero que nuestra querida lengua española pone a nuestra disposición para explicar que incluso la fórmula de Bertolt Brecht, la de los imprescindibles que laboran todos los días de la vida, es cuestionable e incluso rebatible. A quien ha cumplido con plenitud de satisfacción para el común hay que agradecerle, en su legítimo cese de la actividad, todos sus servicios.
Y, a partir de aquí, el Ayuntamiento de Barbastro, artífice, promotor y sostén de Barbitania, habrá de iniciar el casting para la sucesión, con la certeza de que, sea cual sea la designación, propiciará una etapa de avance y de modernización como la que ha caracterizado este lustro. Barbastro es una ciudad profundamente cultural desde sus raíces, desde la historia que remonta a antes de Doña Petronila o de Germana de Foix, desde los anales que recuerdan aquellos héroes que concibieron el Hermanos Argensola, gentes instruidas, trabajadoras, entrañables y comprometidas con la ciudad.
Ni el Certamen Literario ni Barbitania son consecuencia de una serendipia o de una genialidad individual, ni siquiera de un pequeño germen humano. Es el efecto natural y fluido de un riego cultural colectivo que se refleja en estas eclosiones en torno al libro, en las tradiciones que también son cultura (desde La Candelera hasta las fiestas pasando por la Semana Santa o las costumbres navideñas), en el Jazz, en la música y el folclore, en el cine, en las expresiones que acoge el Centro de Congresos y Exposiciones, o en las manifestaciones de la sociedad civil que es fértil e intensa.
En la voluntad colectiva se aloja también la firmeza institucional, y vendrá favorecido el relevo en la dirección de Barbitania por el mero hecho de constituir un evento atractivo para la asunción del reto de contribuir a su crecimiento. Un claro objeto del deseo en una obra que será imprescindiblemente colegiada, coordinada y observadora de las tendencias y las oportunidades. Sea cual sea, la elección será un acierto, aunque en el hipotético e improbable de que sea en sentido contrario, nada es eterno y rectificar es de sabios. Los códigos de los libros son infinitamente abiertos y no entienden de estereotipos ni encastillamientos, de estilos imperativos ni de criterios inamovibles. El voto de confianza obedece a los propios cimientos y la naturaleza de la Barbastro cultural y literaria. Será sí... o será sí.