Dos discursos profundamente progresistas de verdad

Dos homilías con las miradas en los pobres, los enfermos, los ancianos, las mujeres maltratadas, los niños y los jóvenes, los inmigrantes, los perseguidos, las víctimas de la injusticia y de las guerras

29 de Diciembre de 2025
Guardar
Iglesia de Escolapios de Barbastro
Iglesia de Escolapios de Barbastro

Este 28 de diciembre he disfrutado de la oportunidad de escuchar dos discursos profundamente progresistas. No es que tenga el don de la ubicuidad, que queda lejos de mis alcances, pero la gentileza del obispo de Barbastro-Monzón, Monseñor Ángel Pérez Pueyo, me ha permitido escuchar íntegramente su homilía en la Catedral barbastrense. En directo, en la seo de Huesca, he podido apreciar con los cinco sentidos la eucaristía presidida por el Padre Pedro Aguado Cuesta. Con un auditorio que, con total certeza, no congregaría ningún partido político en ambas ciudades, los dos prelados han despedido el Año Jubilar con palabras de verdad que se compadecen perfectamente con la definición de progresista: de ideas y actitudes avanzadas. Con el arraigo en la fe cristiana de más de dos mil años, florecen palabras de autenticidad que concentran su mensaje en las personas más vulnerables: los pobres, los enfermos, los ancianos, las mujeres maltratadas, los niños y los jóvenes, los inmigrantes, los perseguidos, las víctimas de la injusticia y de las guerras. Todo visto, como el foco en las familias, con la sabiduría de Jesucristo.

Releo durante estos días la Biografía de la Inhumanidad de José Antonio Marina y las dos leyes que se alternan en la historia de las civilizaciones. La ley del progreso ético de la humanidad y la ley de la regresión de la humanidad. El crecimiento ordenado y feraz al que, inopinadamente, le sucede por un rosario de acontecimientos adversos el imperio de la atrocidad.

Resulta evidente que la Iglesia, que tiene que soportar patochadas simplistas incluso de ministros que la quieren minusvalorar en su paupérrimo pensamiento tuitero como Bolaños, constituye un paradigma de las virtudes cardinales. La prudencia para no reaccionar tan desaforadamente como se emplean quienes le atacan. La justicia para establecer los términos precisos pensando en la identidad de los tesoros de San Lorenzo, que son las personas desfavorecidas. La fortaleza para resistir de acuerdo con su inveterada trayectoria martirial y para salir a evangelizar en un modelo totalmente resiliente. Y la templanza, que es virtud de las personas inteligentes que saben aguantar los embates y responder a las agresiones con mesura. En las cuatros, se precisa una condición doble: la fe y la esperanza. Establecer con firmeza los baluartes de un pensamiento y una espiritualidad para, desde ahí, crecer a través de la confianza en un futuro trascendente.

Logo WhatsApp
Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp para tener la mejor información

Con estas cuatro virtudes y los valores que les acompañan, se configura el pensamiento más progresista que imaginar nadie pueda. No sólo predicando, sino practicando. Con el concepto de por sus obras los conoceréis, prácticamente no hay profesionales de la política que puedan resistir un asalto en el pugilato intelectual y ético entre quienes quieren destruir todo rastro de Iglesia y quienes sostenemos que es, sin duda, los cimientos en los que surgimos y los que nos han de servir para el futuro. De hecho, porque obras son amores, me permito aventurar que los voceros más conspicuos y radicales del mal llamado progresismo no han sido vistos prácticamente allí donde se sustancian las obras caritativas, las que ponen al ser humano ante el espejo de su verdad hacia los demás.

En las catedrales, ayer se escuchaban palabras de realidad y de progreso. Coincidentes y divergentes atendiendo a la realidad diocesana. En la de la zona oriental de la provincia, con esa esperanza sobre la esperanza que constituye el nuevo Año Jubilar en torno a un "obispo no al uso", San Ramón, anunciado por otro "obispo no al uso", monseñor Ángel Pérez. En la oscense, con ese anuncio de un proyecto de oración denominado "La Justicia y la Paz se besan" impulsado por el Padre Pedro, dos pilares irrenunciables para la convivencia y la integridad humana.

Es probable que, en el ejercicio de un voluntarismo negacionista, haya quien se considere dueño del patrimonio del progresismo, quedándose en la oratoria mientras sus acciones le delatan (y, sobre todo, las desvelan los medios de comunicación fundamentalmente digitales). Frente a un porcentaje equis de corrupción, las verdades del cristianismo (lo cual no empece para que no haya católicos que hayan pecado incluso gravemente) son tan incorruptibles como la corporeidad de muchos santos una vez dado el salto desde la vida. Son palabras que se ejercen y que rocían de metafórica bendición a todas esas capas vulnerables que nos rodean aunque no las veamos, absortos en nuestro relativismo y nuestro individualismo. Están y las detecta precisamente la Iglesia desde su observatorio impregnado de luz y verdad.

Los otros, a los que se les podría aplicar aquello de dime de qué presumes y te diré de qué careces, operan en distinta longitud de onda. De ahí su envidiosa obsesión imprecatoria contra la más universal de las instituciones. Fariseos posmodernos a los que desnudan, sin siquiera citarlos, homilías de autenticidad como las de la Sagrada Familia y el fin del Año Jubilar. Que Dios se apiade y les enseñe el camino una vez descabalgados de la superficialidad como Pablo de Tarso.

P.D.: En ambas homilías, tuvo un protagonismo crucial (de Cruz) el Papa Francisco, continuador y potenciador de la inspiración progresista esencial de la Iglesia.

Archivado en

Suscríbete a Diario de Huesca
Suscríbete a Diario de Huesca
Apoya el periodismo independiente de tu provincia, suscríbete al Club del amigo militante