El 26 de junio, en el acto del Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, propuse una cierta y sencilla vuelta a la mayéutica, el método socrático para entender y dar respuestas a la realidad a través de las preguntas. Hay cuestiones que tampoco han cambiado tanto. Los gurús de la Inteligencia Artificial sostienen que, para que sus contestaciones son precisas, han de ser atinados los interrogantes o peticiones. La pregunta, en el caso de las víctimas de ETA, es una señal de respeto a quien ha perdido lo más querido sin ser responsable de nada, ni los que se han quedado ni los que fueron pasaportados tiro en la nuca o coche-bomba mediante.
Este lunes, llega uno de los homenajes más impactantes, el de Miguel Ángel Blanco. En esta ocasión, con el preludio del visionado del documental de Jon Sistiaga, Miguel Ángel Blanco: Las 48 horas que lo cambiaron todo. Una obra formidable, a la altura del gran periodista que lo ha dirigido y, como no puede ser de otra forma, tan profundamente imperfecta por la cantidad de aristas e interpretaciones de un asunto que se sustenta en una verdad apodictica: Miguel Ángel Blanco fue asesinato por ETA en un crimen tan abyecto como los demás, aun con matices que debieran reforzar la contundencia frente al terrorismo y rehusar cualquier lectura ventajista.
La mayéutica como imperativo ético. Miguel Ángel Blanco: Las 48 horas que lo cambiaron todo. O: Miguel Ángel Blanco: ¿Las 48 horas que lo cambiaron todo? ¿Está permitido el cuestionamiento o resulta imperativo acomodarse al placentero sentido de la conveniencia? ¿Por qué analizar aquellas 48 horas? Incluso, ¿tenían un sentido aquellos dos días más allá de la respuesta a una macabra ceremonia de la muerte? ¿Tienen derecho las víctimas, la hermana de Miguel Ángel, incluso sus restos trasladadados a Galicia tras varias vandalizaciones que le impedían reposar? Muerto y jodido después de muerto.
El documental, reitero estupendo aunque todos le añadiríamos o le quitaríamos algo, es un profundo retrato psicológico de aquel y de este País Vasco, de aquella y de esta España. Desde la certeza de Carlos Totorika, entonces alcalde de Ermua, de que vivíamos "hartos del silencio, la resignación y de que nos humillara ETA", que calificaba a los etarras como "verdaderas alimañas" y apuntaba con el dedo a Batasuna, que buscaba "un proyecto político totalitario".
El audiovisual es, de lágrima a lágrima, una sucesión de emociones y dolores, frustraciones e incluso una visión optimista y optimizada. Cierto, Txapote, un "killer con galones", un demente según un teniente coronel, "un dios" para los etarras y batasunos, asumía el papel de ejecutor más que de secuestrador, y tengo para mí que le hubiera gustado descargar varios revólveres en aquellos manifestantes que coreaban "aquí tienes mi nuca". Esa bestia inmunda pronto estará en la calle para indignidad de este país.
Como documental, se concentra en aquellas 48 horas, en los dos tiros en la nuca, en la esperanza muerta, como Miguel, en la familia. En la distinta expresividad de su entorno, algunos con una flema . En los intentos bienintencionados pero errados de encontrar una vía de salvación a través de la palabra. En los maximalismos, esa proclama de Iñaki Gabilondo: "Miguel Ángel, no estas solo, ETA sí está sola". Ni lo uno, ni lo otro. Solo escuchó los tiros de Txapote, que no está solo. A su salida, próxima, será vitoreado. Es más, la autora intelectual del diario Egin y de su titular miserable ("El Gobierno no se movió y ETA disparó al edil del PP"), Merche Aizpurúa, hoy está rodeada de legitimación, de un gran sueldo y de la condición de "miembro de una mayoría de progreso".
El final, que entronca con el acto de este lunes en la Rosaleda, es probablemente tan impactante como cualesquiera de aquellas imágenes. Los términos del hoy rey Felipe: "Es intolerable que personas jaleen a los responsables" del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Lo sufriremos. La gratitud de Sistiaga, "tu asesinato nos hizo perder el miedo, aquellas 48 horas lo cambiaron todo". La extrañeza de que no haya ni un monolito ni un recuerdo en el lugar del asesinato.
Y la inquietud en la España de la memoria, en expresión de Sistiaga: el 60 % de los jóvenes que han llegado al final de este documental "no saben quién eras. No es culpa suya, sino de nosotros que no se lo hemos contado", dirigiéndose a Blanco. Esta tarde, convocado por Nuevas Generaciones del PP a las que pertenecía, apenas estaremos un puñado de oscenses. Y, desde esta presunción, retumba la mayéutica: Miguel Ángel Blanco: ¿Las 48 horas que lo cambiaron todo?