Especie en peligro de extinción, las generaciones jóvenes lo conocen más por el cantar que por la identificación real: "El vino que bebe Asunción, ni es blanco ni es tinto, ni tiene color. Asunción, Asunción, echa media de vino al porrón". Como tantas y tantas manifestaciones culturales de nuestros ancestros, el mérito de su supervivencia corresponde por derecho propio a los agricultores, a los pueblos y a las celebraciones religiosas.
En esos tres ámbitos emerge del olvido este recipiente de vidrio con su vientre cilíndrico del que brota hacia arriba una continuación ancha y hacia un lado otra cónica que culmina en una punta fina. La vertical, con cierta inclinación, permite introducir el líquido, habitualmente antaño vino, hoy día también cerveza e incluso algunos refrescos o combinados.
El porrón, cuyos orígenes algunos remontan al medievo y otros al siglo XVIII como fórmula para compartir en festividades e incluso en la cotidianidad de las tabernas o tascas de cualquier clase, distinción o modestia, se ha asociado siempre a una manera de beber en común en la que una cierta pericia evita que haya cualquier riesgo higiénico.
En la reciente inauguración de la estatua de Santiago Apóstol en la parroquia del mismo nombre en Huesca, junto con la tarta de Santiago había vasos para la modernidad y un porrón para la melancolía. Estaba bastante solitario hasta que lo tomó por el cuello Chema Hernández, cofrade de Santiago y experto en estas lides, y se dispuso a enseñar su manejo. No es un enigma, pero su habilidad recibió incluso algún "olé": Las claves, "levantarlo y volcarlo vertical hacia la boca". Cuando se va a detener la maniobra, golpe de muñeca para que nada caiga al suelo ni a la ropa.
Defiende el valor de beber en porrón. "En mi casa, mi padre bebía siempre en porrón y a mí me agrada más. Y, además, lo levantas y que se vea bien pincho, de dónde eres. Hoy se bebe menos en porrón, pero es que hoy ya ni se fabrican". Asegura Chema que tiene porrón y, "para San Lorenzo sobre todo, lo sacamos".

Beber del porrón, o beber a porrón como también se denominaba, demandaba acierto y habilidad porque la falta de puntería penalizaba en las manchas en la ropa y, por otro lado, el objetivo era ni atragantarse ni tocar el pitorro con la boca, porque luego había de pasar a otros sin que hubieran de sufrir la ingesta de virus o bacterias ajenas.
El tributo a este popular recipiente bien merecería que todas las bodegas del Somontano y de España dispusieran de una cata especial con porrones, que también tienen su incidencia en las pomposamente denominadas "cualidades organolépticas". Y ya lo tiene de Cervezas Ambar, que en sus 125 años han llenado porrones y porrones de la rubia bebida, y lo han hecho con sus instrucciones que, como explican, no necesitan una ingeniería. Pero sí una técnica: coger el cuello con una mano, acercar la parte estrecha a la boca "sin chupar", alejar paulatinamente el porrón y beber. El grado superlativo es cuando, en el aire, se pasa al colega, a la colega o a la pareja sin perder líquido y sin dejar de verter. Eso ya son otras palabras. Así que, si quieres rendir pleitesía a nuestros antepasados, busca una tienda, compra un porrón y, con un buen jamón encima de la mesa, compón el más bello bodegón que imaginarse pueda.