Y el Peregrino de Honor 2026 ha sido... Andrés Pérez. Miguel Almárcegui tomó la palabra para contextualizar la figura de una de las almas de los Javieres y de la Javierada. Un organizador y un caminante que "brilla con luz propia" y cuya capacidad para programar hace que todos, también él, caminen "tranquilos en la seguridad de que todo va a salir bien". "En su cabeza, un bullicio de números y personas, de gestiones y cuentas", pero la calma siempre en el orden.
Proseguía la glosa Miguel. "Generoso hasta el silencio, entregado sin medida, trabajador sin alarde y discreto como el que no necesita ser visto para sostenerlo todo". Camina con su mujer, "igualmente discreta, firme y serena. En otro tiempo los vimos caminando de la mano hacia Javier, con el fruto de su amor, con dos preciosas miniaturas de él y de ella, introduciéndoles en ese arte tan nuestro de peregrinar y avanzar a pesar del sansancio". Los comensales mantenían un silencio absoluto. Capaces de soportar el sufrimiento y superar límites, sabiendo compartir, impregnados en el "sentimiento de que hay algo más allá de nuestras vidas que nos conduce a la eternidad".
"Ante ti, Andrés"... Y en ese momento prorrumpieron todos en un estruendoso aplauso. Se había desvelado el destinatario del reconocimiento. Una persona ante la que sólo "cabe una palabra amable". Ya era imposible continuar la alocución, Andrés salía a la escena y allí le esperaba el presidente, Javier Cruchaga, si acaso más contento que el distinguido, para, en alto, imponerle la pañoleta de honor al Peregrino de Honor 2026 y fundirse ambos en un emotivo abrazo. Merche, la esposa de Andrés, recibió un ramo de flores como muestra del cariño generalizado que se le profesa.
Era el colofón a la Cena de la Javierada, que este año ha sido preciosa porque ha tenido su punto de sufrimiento, de riesgo y de austeridad extrema en el camino hacia el encuentro con el santo. 68 comensales en El Cobertizo, que es una casa para los Javieres y para los peregrinos de la Javierada que siempre emana de la Iglesia de María Auxiliadora y hace precisamente su primera parada para reponer energías en el establecimiento de los Alagón en Plasencia del Monte. También ellos recibieron una placa de gratitud porque El Cobertizo es sinónimo de hospitalidad y de acompañamiento al club y a la causa salesiana.
De hecho, Javier Cruchaga ha afirmado que este reconocimiento a El Cobertizo obedece a que siempre "es providencial" porque la jornada de la Javierada en la que "este cobijo tan necesario" acrecentó su virtud en "un día penoso".
Por cierto, que no es secundario sino esencial en una cena, los platos estuvieron espectaculares y el servicio tan atento como caracteriza a esta casa. Así que, ahora sí, broche de oro a la Javierada y conjura por adelantado para preparar la siguiente. Pero habrá tiempo.