La prevención del suicidio exige mucho más que una respuesta sanitaria. También requiere escucha, comprensión y capacidad para reconocer el sufrimiento antes de que se convierta en una certeza sin alternativas. Esa fue una de las principales ideas de la jornada técnica "Hablemos sobre suicidio", organizada por Cruz Roja con motivo del Día Mundial para la Prevención del SuicidioDía Mundial para la Prevención del Suicidio y celebrada el pasado 10 de septiembre en el Salón Azul del Casino de Huesca. El psiquiatra Miguel Ángel de Uña Mateos y una cabo de la Guardia Civil especializada en negociación de crisis -que prefiere guardar su anonimato- ofrecieron dos miradas complementarias: una centrada en comprender qué puede conducir a una persona hasta ese límite y otra en la intervención directa cuando la crisis ya se ha desencadenado.
COMPRENDER EL SUFRIMIENTO PARA PREVENIR
El psiquiatra Miguel Ángel de Uña presentó el suicidio como un fenómeno complejo y multifactorial, en el que intervienen elementos genéticos, biológicos, farmacológicos, psicopatológicos y sociales. Su exposición se apartó, sin embargo, de cualquier explicación exclusivamente médica y concedió un espacio relevante a la dimensión humana de quien llega a percibir que su vida ha perdido sentido.
Uno de los aspectos centrales de su intervención fue el rechazo a identificar automáticamente suicidio y enfermedad mental. De Uña señaló que más de la mitad de las personas que se quitan la vida no presentan un trastorno psiquiátrico identificable y cuestionó la tendencia a medicalizar cualquier experiencia de sufrimiento.
Desde esa perspectiva, incorporó una dimensión filosófica a su análisis. Recurrió a Albert Camus, Primo Levi y Jean Améry para aproximarse a la desesperanza y a la pérdida de sentido, mientras que el pensamiento de Viktor Frankl le permitió situar la prevención en la capacidad de encontrar un sentido a la existencia, asumir responsabilidades y adquirir compromisos personales.
Su análisis prestó especial atención a jóvenes y mayores, dos grupos en los que los factores de vulnerabilidad son diferentes. Entre los 15 y los 24 años, las muertes por suicidio se han multiplicado por cuatro en las dos últimas décadas, según los datos expuestos, mientras que entre 2012 y 2022 se registraron 518 fallecimientos de menores de 15 años. El especialista vinculó el riesgo juvenil con factores como el aislamiento, el consumo de cannabis, la ludopatía, el uso excesivo del teléfono móvil y el debilitamiento de las estructuras familiares e interpersonales.
En el extremo opuesto, situó a las personas mayores de 70 años, que representan uno de cada cuatro suicidios registrados en España, según las cifras presentadas durante la jornada. La viudedad, el deterioro físico y los procesos neurodegenerativos adquieren especial relevancia entre los hombres de edad avanzada. Además, en este colectivo las tentativas previas son menos frecuentes, de modo que el primer intento puede resultar fatal.

La responsabilidad de los medios de comunicación ocupó también un lugar destacado. De Uña contrapuso el efecto Werther, asociado al contagio y la imitación, al efecto Papageno, basado en ofrecer escucha, apoyo, alternativas y testimonios de superación. Informar sobre el suicidio, desde esta perspectiva, implica también contribuir a mostrar que existen salidas para quien atraviesa una situación de sufrimiento.
Como conclusión, el psiquiatra consideró alcanzable el objetivo de la Organización Mundial de la Salud de reducir un 30 por ciento los suicidios, aunque descartó una erradicación absoluta mediante la medicina. Encontrar sentido, asumir responsabilidades y establecer compromisos forman parte, desde el pensamiento de Frankl, de una prevención que no puede limitarse al diagnóstico.
LA PALABRA COMO HERRAMIENTA
Desde el terreno operativo, la cabo de la Guardia Civil, especialista en negociación de crisis, explicó cómo se desarrolla la intervención cuando una persona atraviesa una situación de riesgo. Las unidades de negociación están integradas por dos especialistas y actúan después de una valoración del escenario, en coordinación con los profesionales que participan en la respuesta.
La crisis, explicó, aparece cuando los recursos naturales de afrontamiento quedan desbordados por unas circunstancias que la persona ya no consigue manejar. Como ya había indicado De Uña, coincidió en señalar que "no siempre existe una patología previa". En ese estado de desequilibrio, el afectado puede llegar a percibir el suicidio como la única solución capaz de proporcionarle calma ante un sufrimiento que considera insoportable.
En esas circunstancias, la palabra constituye la principal herramienta de la negociación. El contenido del mensaje no es lo único determinante: la entonación, el tono de voz, los gestos y la actitud modifican su efecto. Un mismo planteamiento puede generar respuestas muy distintas dependiendo de la forma en que se transmita.
La especialista explicó cómo esta estrategia puede aplicarse incluso cuando la persona se encuentra inmersa en un delirio. Entre los ejemplos expuestos figuró el de un padre convencido de que su hijo estaba poseído. En lugar de enfrentarse directamente a esa creencia, el negociador entró temporalmente en su marco de referencia y propuso acudir a una iglesia cercana para realizar un supuesto exorcismo. La maniobra permitió rebajar la tensión y conducir la situación hacia un entorno seguro.

También adquieren importancia los denominados "ganchos", elementos significativos de la vida de cada persona que permiten establecer una conexión cuando la angustia alcanza su máxima intensidad. Los hijos, las mascotas, el trabajo o las aficiones pueden servir para recuperar referencias personales, generar confianza y desplazar momentáneamente el foco de la crisis.
La escucha activa requiere paciencia y preguntas abiertas. La negociadora puso como ejemplo fórmulas como "¿qué te pasa?" o "¿qué estás sintiendo?", que permiten a la persona desarrollar aquello que está viviendo. Frente a ellas, determinadas respuestas habituales pueden invalidar el sufrimiento: "no es para tanto", "no pienses eso", "tienes que ser fuerte" o "ya se te pasará".
Lo que para un observador puede parecer insignificante puede representar para quien atraviesa una crisis su mundo entero. Por eso, la intervención debe partir de la validación emocional y no de la minimización del conflicto.
La especialista abordó asimismo las particularidades del territorio altoaragonés. En los entornos rurales y de montaña puede existir subregistro de determinadas conductas suicidas, al quedar algunas muertes clasificadas como accidentes.
También vinculó el aislamiento creciente entre los jóvenes con el abuso de pantallas y tecnologías, que pueden proporcionar una sensación de compañía sin favorecer necesariamente la socialización presencial ni el desarrollo de recursos para afrontar los problemas.
ANTES DE QUE SEA TARDE
El coloquio permitió profundizar en algunas de las cuestiones más delicadas. Ante la pregunta sobre las tentativas previas, De Uña advirtió de que ningún intento debe interpretarse como una simple llamada de atención. El seguimiento de quienes han sobrevivido a una tentativa resulta esencial porque una parte significativa de las personas que posteriormente se suicidan ya había realizado intentos anteriores.
El psiquiatra también confirmó que los integrantes de las fuerzas y cuerpos de seguridad están incluidos en las estadísticas generales. En este colectivo, el acceso inmediato a armas de fuego constituye un factor de riesgo especialmente relevante durante episodios de impulsividad.
La eficacia de la negociación policial fue otro de los asuntos planteados. La cabo explicó que, cuando los agentes consiguen llegar a tiempo y establecer contacto directo con la persona, la tasa de éxito supera el 50 por ciento. La intervención resulta más complicada cuando el afectado se desplaza y deja de estar localizado, porque se pierde la posibilidad de mantener esa interlocución.
La conversación permitió además recuperar uno de los conceptos más reveladores de la jornada: el síndrome presuicida de Ringel. De Uña relató experiencias personales de su etapa universitaria en las que personas próximas le devolvieron objetos poco antes de quitarse la vida. En un caso fue un libro y, en otro, una tienda de campaña. Aquellos gestos adquirieron posteriormente el significado de posibles despedidas.
La identificación de esas señales puede resultar decisiva. El proceso descrito durante la jornada quedó resumido en las llamadas "3 Des": dolor, desesperanza y desconexión. Reconocer ese tránsito permite reforzar la atención antes de que el aislamiento y la pérdida de perspectiva hagan más difícil la intervención.

El debate abordó finalmente una cuestión de fondo: la libertad frente al sufrimiento. La discusión planteó hasta qué punto una persona sumida en una crisis puede estar ejerciendo plenamente su capacidad de decisión. En los casos vinculados a patologías psiquiátricas, De Uña defendió la necesidad de tratar el trastorno subyacente, mientras que la negociadora sostuvo que el afectado puede encontrarse sometido a la "esclavitud" de un sufrimiento insoportable.
La negociación busca precisamente introducir una pausa. Ese tiempo permite rebajar la intensidad emocional, descargar la "mochila", recuperar el contacto con otras personas y aceptar ayuda antes de que la crisis desemboque en una pérdida irreversible.
La jornada concluyó con el recuerdo de los recursos disponibles ante una situación de riesgo: el 024, teléfono de atención a la conducta suicida, y el 112, destinado a las emergencias. La prevención, como resumió el espíritu del encuentro, comienza por algo tan elemental y, a la vez, tan poderoso como escuchar.