Sí, habéis leído bien y tampoco tengo fiebre.
No vengo a despotricar contra ningún restaurante que confunda el humo con la cocina, ni contra el iluminado de turno que ha decidido venderte un tomate por 18 euros porque lo ha bautizado "experiencia hortícola". Tampoco voy a repartir estopa entre los gurús de Instagram que descubren la gastronomía cada quince días y ya se presentan como críticos gastronómicos de referencia porque un vídeo suyo ha superado las 5.000 reproducciones y dos de ellas no eran de su madre.
Hoy no.
Hoy no vengo a vomitar bilis.
Y creedme que me está costando un esfuerzo casi sobrehumano.
Porque una cosa es que yo disfrute señalando las tonterías que invaden este maravilloso mundo de la gastronomía y otra muy distinta es que sea incapaz de reconocer cuando alguien hace las cosas realmente bien.
Que sí, hombre. Que también tengo corazón. Pequeñito, negro y bastante cascarrabias, pero ahí está.
El viernes tuve la suerte de ser incluida en un grupo de invitados por Bodegas Laus para vivir el Polifonik Sound desde dentro. Y salí de allí con una sensación que, desgraciadamente, cada vez experimento menos: la de haber visto a gente que entiende que promocionar una marca va mucho más allá de poner un logo gigante detrás de un photocall.
Porque sí, evidentemente Laus es uno de los grandes patrocinadores del festival.
Y sí, también es evidente que las bodegas llevan tiempo buscando cómo seducir a un público más joven. No nos engañemos. A los talludicos, entre los que ya empiezo a incluirme hace días sin demasiadas ganas, nos tienen prácticamente conquistados. Sabemos perfectamente lo que significa abrir una botella de vino con amigos, alrededor de una mesa o viendo caer la tarde.
Pero el relevo generacional hay que trabajárselo.
Y eso implica hablar otro idioma.
Implica entender que hay chavales que quizá nunca han entrado en una bodega, pero sí en un festival.
Implica aceptar que formatos como los vinos desalcoholizados o los frizzantes, que con estos calores entran con una alegría insultante, son una puerta de entrada para nuevos consumidores.
Y, lejos de rasgarme las vestiduras por ello, me parece una estrategia bastante más inteligente que seguir lamentándose porque "los jóvenes ya no beben vino".
Quizá el problema nunca fue el vino.
Quizá el problema era cómo se lo estábamos contando.
Lo que realmente me gustó fue comprobar que todo aquello no se limitaba a vender botellas.
Había una idea detrás.
Laus abrió las puertas de su casa para montar un pequeño concierto entre viñedos. Y hay algo precioso en eso.
Porque, al menos para mí, el vino nunca ha sido simplemente una bebida.
El vino es paisaje.
Es historia.
Es herencia.
Es cultura.
Y si puedes mezclar esa cultura con música en directo, rodeado de viñedos y de gente con ganas de pasarlo bien, difícilmente puede salir mal.
Pero la cosa no acabó ahí.
También hubo tiempo para presumir de territorio.
Y eso me toca especialmente la fibra.
Porque vivimos en un país empeñado muchas veces en vender lo de fuera mientras dejamos olvidadas auténticas joyas que tenemos al lado de casa.
El Somontano, sinceramente, necesita bien poco para sacar pecho.
Tiene paisaje.
Tiene patrimonio.
Tiene gastronomía.
Tiene vino.
Tiene gente que merece muchísimo la pena.
Y, sobre todo, tiene personalidad.
No hace falta disfrazarlo de nada.
Simplemente hay que enseñarlo.
Y eso hicieron.
Nos llevaron de tapas por Barbastro. Como el tiempo apretaba más que un pantalón después de los mazapanes de Navidad, hubo que repartir a los asistentes entre distintos establecimientos.
A mi grupo nos cayó una combinación difícilmente mejorable.
Sabores de Entonces, que para mí ya es un viejo conocido y donde uno siempre acaba sintiéndose como en casa.
Alma, que fue el gran descubrimiento del día y que entra directamente en esa lista mental de sitios a los que sabes que volverás cada vez que pises Barbastro.
Y Plaza cuya tapa de oreja consiguió conquistar este corazón mío, que ya sabéis que suele ser bastante más fácil de emocionar con una buena casquería que con un discurso de autoayuda.
Porque sí.
Hay tapas que alimentan.
Y luego están las que te hacen replantearte si merece la pena seguir viviendo lejos de allí.
Después llegó el turno del Polifonik.
Y confieso que hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un festival.
Espacioso, cómodo, con distintos ambientes… Con espacio suficiente para caminar sin tener que practicar técnicas avanzadas de espeleología entre sobacos ajenos.
Que parece una tontería, pero quien frecuenta festivales sabe perfectamente que poder respirar sin pedir permiso ya supone un lujo.
Y mientras iba enlazando conversaciones con creadores de contenido, escritores, músicos y perfiles de todo tipo, hubo una cosa que me llamó especialmente la atención.
No intentaron montar un grupo de clones.
Había sitio para todos.
También para alguien como yo.
Para ese perfil incómodo que a veces reparte más collejas que abrazos y que no suele morderse demasiado la lengua cuando considera que algo merece una crítica.
Y eso también habla bien de quien organiza las cosas.
Porque rodearte únicamente de gente que siempre te da la razón es muy fácil.
Lo difícil es sentar en la misma mesa a personas distintas y confiar en que cada una saque sus propias conclusiones.
Al final volví a casa con una idea rondándome la cabeza.
Nos pasamos demasiado tiempo hablando de defender el territorio mientras luego organizamos campañas vacías que no dejan ningún poso.
Y, sin embargo, basta un día bien pensado para demostrar que otra forma de hacer las cosas es posible.
Promocionar la cultura.
Presumir del paisaje.
Dar visibilidad a la hostelería local.
Apoyar la música.
Reivindicar el vino como parte de nuestra identidad.
Y hacerlo sin imposturas.
Sin discursos grandilocuentes.
Simplemente enseñando con orgullo lo que uno tiene.
Así que no. Hoy no tocaba quejarse.
Ya volveré a hacerlo, no sufráis. Material no falta y el mundo sigue empeñado en regalarme motivos para escribir con el cuchillo entre los dientes en vez de en la mano.
Pero cuando alguien hace las cosas bien, también hay que decirlo.
Porque criticar lo malo tiene sentido.
Pero reconocer lo bueno, además de justo, también ayuda a que ocurra más a menudo.
Y eso, en los tiempos que corren, casi merece otro brindis.