La festividad de San Vicente ha culminado en Huesca este sábado, después de que tuvieran que suspenderse algunos actos el pasado día 22, jornada en la que sí se mantuvieron la misa solemne y la Muestra de Danza Ciudad de Huesca, pero no pudieron desarrollarse las actividades en la calle debido al luto decretado en España por el accidente ferroviario de Adamuz. La ciudad ha recuperado así, con varios días de retraso, una parte esencial del programa festivo tradicional.
La reanudación ha tenido lugar en el Coso Alto, junto a la costanilla de Lastanosa, donde a partir de las 13:00 horas se ha desarrollado la jota de ronda y el reparto de productos típicos, uno de los actos más populares de la festividad y que habitualmente se celebra el propio día del santo. En esta ocasión, se han repartido 600 coronas, elaboradas por la Pastelería Ascaso, y 25 litros de quemadillo, preparados por Bar Brasil, que se han agotado por completo, pese a las bajas temperaturas registradas durante toda la mañana.
La corporación municipal ha estado presente de forma activa, con la participación de ediles del Partido Popular y del Partido Socialista, encabezados por la alcaldesa de la ciudad, Lorena Orduna. Los representantes municipales han colaborado en la distribución entre la ciudadanía y han aprovechado el acto para charlar con los vecinos, intercambiar impresiones y compartir un momento de cercanía.

El apartado musical ha corrido a cargo de los grupos folclóricos Roldán del Alto Aragón y Estirpe de Aragonia, que han interpretado jotas populares y cantos dedicados a San Vicente.

A las 13.15 horas, y bajo los Porches de Galicia, ha tenido lugar la actuación del DJ Álex Curreya que ha animado con su buen hacer el vermú oscense.
La devoción oscense a San Vicente se inscribe en una tradición de raíz medieval que vincula a la ciudad con grandes figuras del cristianismo primitivo. El mártir murió en el año 304, en el contexto de las persecuciones romanas, tras ser detenido en Zaragoza junto al obispo Valero y trasladado a Valencia, donde sufrió martirio. Su iconografía quedó marcada por la rueda de molino con la que intentaron hacer desaparecer su cuerpo en el mar, un episodio que alimentó su culto y su proyección más allá del ámbito local, con especial arraigo en ciudades como Valencia y Lisboa.
Tras la conquista cristiana de Huesca, San Vicente y San Lorenzo pasaron a ocupar un lugar central en la identidad religiosa urbana, una condición que quedó reflejada tanto en la arquitectura como en la organización eclesiástica. Desde el siglo XIII, el santo cuenta con dos templos dedicados en la ciudad -San Vicente el Alto y San Vicente el Bajo-, vinculados a tradiciones que sitúan allí el origen familiar del mártir. A lo largo de los siglos, su figura ha articulado celebraciones religiosas y populares que implican al conjunto del tejido asociativo oscense y que culminan cada enero en una festividad que combina memoria histórica, culto y convivencia ciudadana.