“La mejor manera de prepararse para la muerte es aprovechar la vida”

Los psiquiatras Manuel Martín Carrasco, Manel Sánchez y Javier Olivera reflexionan en Huesca sobre el miedo a morir

20 de Mayo de 2026
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Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera Pueyo y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez
Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera Pueyo y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez

“La mejor manera de prepararse para la muerte es aprovechar la vida”. El psiquiatra Manuel Martín Carrasco resumió con esa reflexión una de las principales conclusiones de los III Debates en Salud Mental y Emocional organizados por la Fundación Ibercaja Huesca, una sesión que abordó el miedo a la muerte, la angustia existencial y las dificultades emocionales que acompañan tanto a pacientes y familias como a los propios profesionales sanitarios.

El encuentro, celebrado bajo el título “Enfrentarse a lo inevitable o cómo superar el miedo a la muerte”, reunió este martes en Huesca a Manuel Martín Carrasco y a Manel Sánchez Pérez, dos de las voces más reconocidas de la psiquiatría y la psicogeriatría españolas, en una conversación moderada por el psiquiatra oscense Javier Olivera Pueyo, ya que Carmelo Pelegrín, cuya presencia estaba también prevista, no ha podido asistir finalmente al acto.

Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez
Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez

Olivera presentó a ambos especialistas como “auténticos pesos pesados de la psiquiatría”, pero también como profesionales con “un alma muy grande”, antes de abrir un diálogo que transitó entre la reflexión filosófica, la experiencia clínica y las vivencias personales relacionadas con el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Manuel Martín Carrasco, expresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, defendió desde el inicio que el miedo a morir no debe entenderse automáticamente como un problema patológico, ya que forma parte de la propia condición humana. Agregó que el ser humano convive inevitablemente con la conciencia de su propia finitud y que muchas angustias nacen precisamente de esa dificultad para aceptar el límite.

“La muerte forma parte de la vida”, insistió el especialista, que pidió diferenciar entre el temor natural ante la desaparición y aquellos casos en los que esa inquietud acaba condicionando gravemente la vida cotidiana. “Hay que aprender a distinguir lo que es una respuesta normal de lo que ya es un trastorno que requiere tratamiento”, ha señalado.

Manuel Martín Carrasco. Foto Myriam Martínez
Manuel Martín Carrasco. Foto Myriam Martínez

A partir de esa idea, el psiquiatra explicó que en muchas ocasiones el miedo a la muerte aparece disfrazado bajo otros síntomas psicológicos aparentemente alejados de ella. La hipocondría, determinadas obsesiones, las crisis de ansiedad o algunos cuadros traumáticos esconden muchas veces, según indicó, un temor profundo relacionado con la vulnerabilidad, la enfermedad o la pérdida.

Martín Carrasco describió, además, cómo numerosos pacientes desarrollan conductas de evitación frente a todo aquello que les recuerda la fragilidad humana, desde los funerales hasta el envejecimiento o la enfermedad. Muchas personas intentan mantener la muerte fuera de su vida cotidiana hasta que una experiencia cercana les obliga a enfrentarse a ella.

La intervención giró también alrededor de la manera en la que la sociedad occidental ha ido ocultando progresivamente la muerte. El especialista recordó que hace décadas los procesos de duelo formaban parte de la convivencia cotidiana y se vivían dentro de los hogares, mientras que hoy la muerte “se institucionaliza” y se desplaza hacia hospitales, residencias o tanatorios.

Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez
Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez

El psiquiatra advirtió de que actualmente “se espera que quien se está muriendo actúe como si no supiera que se va a morir”, una situación que genera enormes dificultades emocionales y una profunda incomunicación tanto para los enfermos como para sus familias.

Esa reflexión llevó la conversación hacia otro de los asuntos más delicados de la tarde: la comunicación de diagnósticos graves y terminales. Martín Carrasco rechazó la idea de que informar a un paciente deba convertirse en “un acto puntual” y defendió que comunicar una enfermedad grave exige tiempo, acompañamiento y una adaptación constante a la capacidad emocional de cada persona.

Javier Olivera Pueyo. Foto Myriam Martínez
Javier Olivera Pueyo. Foto Myriam Martínez

En ese contexto, los expertos abordaron también las llamadas “conspiraciones de silencio”, situaciones en las que la familia intenta ocultar información al enfermo “para protegerlo”, mientras el propio paciente evita hablar de la muerte para no hacer sufrir a quienes le rodean. Los especialistas han insistido en que acompañar emocionalmente estos procesos resulta tan importante como el propio tratamiento médico.

El director de la Cátedra de Psicogeriatría de la Universidad Autónoma de Barcelona, Manel Sánchez Pérez, profundizó en las diferencias entre la angustia existencial y los pensamientos de muerte asociados a enfermedades mentales, especialmente la depresión.

Sánchez Pérez señaló que la depresión constituye “una gran generadora de pensamientos de muerte”, aunque subrayó que reflexionar racionalmente sobre el final de la vida no implica necesariamente padecer una enfermedad psiquiátrica. “Eso tampoco nos tiene que asustar”, consideró y se refirió, asimismo, a la eutanasia, el sufrimiento emocional prolongado o la soledad. 

Amplió esa reflexión hacia otras pérdidas que generan sensación de ruptura vital, como la jubilación, el aislamiento o la exclusión social, “otro tipo de muertes”que algunas personas experimentan al finalizar determinadas etapas de su vida.

Uno de los momentos más intensos del encuentro llegó al abordar las consecuencias emocionales que dejó la pandemia. Sánchez Pérez recordó cómo la covid transformó radicalmente la relación de la sociedad con la muerte y describió el impacto que supuso ver fallecer a tantas personas aisladas de sus familias en hospitales y residencias.

“Ahora hay mucha más capacidad para mitigar el dolor y mucha más ausencia de una mano cercana”, declaró, al comparar la muerte hospitalaria actual con la que antes se vivía en el entorno familiar.

Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera Pueyo y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez
Manuel Martín Carrasco, Javier Olivera Pueyo y Manel Sánchez Pérez. Foto Myriam Martínez

El psiquiatra refirió cómo muchos profesionales sanitarios recurrieron al humor como mecanismo de supervivencia emocional durante aquellas semanas marcadas por el temor al contagio y la falta de recursos de protección. “Nos reíamos mucho porque todos teníamos miedo”, reconoció, al recordar cómo trabajaban “con bolsas de basura” improvisadas como equipos de protección durante los primeros días de pandemia.

Sánchez Pérez reivindicó el impacto emocional que sufrieron numerosos profesionales sanitarios y rechazó que expresar angustia o sufrimiento deba interpretarse como una debilidad. “La gente que sufría así por sus pacientes me hacía respetarla muchísimo más”, afirmó, al recordar a compañeros sanitarios que lloraban o mostraban impotencia durante aquellos meses.

Las intervenciones del público también ocuparon una parte muy interesante de la sesión. Una de las asistentes relató la experiencia de perder a su madre durante la pandemia sin poder despedirse de ella y recomendó el libro Vivir con nuestros muertos, de la filósofa y rabina francesa Delphine Horvilleur, una obra centrada en cómo afrontar la pérdida de los seres queridos.

La mujer ha defendido además la necesidad de hablar de la muerte con naturalidad y de encontrar herramientas que permitan afrontar el duelo desde una perspectiva más humana y menos silenciosa.

Otro de los momentos más destacados se produjo cuando varios médicos presentes en el salón compartieron experiencias relacionadas con la comunicación de malas noticias y el impacto emocional que supone enfrentarse diariamente a la fragilidad humana.

El jefe de cirugía del Hospital San Jorge comentó la dureza que implica descubrir durante una operación una enfermedad irreversible que nadie esperaba encontrar. “Un paciente que pensaba en entrar y salir de quirófano y estar en casa en dos días, se va con un diagnóstico totalmente inesperado”, dijo al describir la dificultad de comunicar determinadas noticias, especialmente cuando se trata de una persona joven.

El cirujano también reconoció que esos casos dejan una huella emocional profunda y ha admitió la dificultad de continuar trabajando con normalidad después de determinadas situaciones especialmente traumáticas.

Durante otra intervención, un responsable de cuidados intensivos admitió haber vivido “demasiadas” situaciones de este tipo a lo largo de su carrera y preguntó abiertamente cómo puede superarse el miedo a la muerte.

Se expresó la idea generalizada de que la sociedad actual “vive de espaldas a la muerte” y tiende a ocultarla o apartarla de la experiencia cotidiana, cuando, en realidad, “puede ser una gran docente”, como indicó desde las butacas uno de los asistentes.

La recta final del coloquio incorporó referencias filosóficas sobre el sentido de la vida y la aceptación de la propia finitud. Sánchez Pérez recordó algunas ideas vinculadas al estoicismo, corriente que defendía que “la muerte no existe” porque “cuando ella está, nosotros ya no estamos”, una reflexión que utilizó para insistir en la importancia de construir una vida con sentido y alcanzar una mirada serena sobre la propia trayectoria vital.

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La conversación también abordó el concepto de “tanatofobia”, entendido como un miedo patológico a la muerte, diferenciándolo del temor natural que cualquier persona puede experimentar ante la incertidumbre o la pérdida. Igualmente, se puso el foco sobre nuevas formas contemporáneas de afrontar el miedo a desaparecer, desde la obsesión por la longevidad hasta lo que algunos participantes han definido como “inmortalidad digital”.

Los especialistas concluyeron que acompañar adecuadamente a las personas que afrontan el final de la vida exige atender no solo las necesidades médicas, sino también las emocionales, sociales y espirituales, evitando que la muerte se convierta en un proceso vivido desde la soledad o el aislamiento.

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