El paladar de cartón y la crítica de plástico: cuando opinar sale gratis (y saber, no)

"Si alguien quiere seguir viendo a @Cenandoconuncuñao rebañar platos mientras critica el pan, adelante"

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
13 de Abril de 2026
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El paladar de cartón y la crítica de plástico: cuando opinar sale gratis (y saber, no)
El paladar de cartón y la crítica de plástico: cuando opinar sale gratis (y saber, no)

Confieso que llevo unos días entre la carcajada y el arqueo de ceja. Una especie de gimnasia facial involuntaria provocada por el último numerito viral de ese espécimen tan nuestro que podríamos bautizar como @Cenandoconuncuñao. Ya sabes, ese influencer gastro que entra en un restaurante con estrella Michelin como quien entra a un buffet libre de polígono, pero luego sale pontificando como si le estuvieran esperando en la puerta para entregarle el relevo de la crítica nacional.

El asunto tiene su miga. Se planta en uno de esos templos culinarios que tenemos en Aragón, de esos que no solo cocinan sino que cuentan historias vivas con cada plato, enclavado en uno de esos pueblos que parecen sacados de una postal. Y allí, cámara en mano, decide que lo mejor que puede aportar al mundo es grabarse comiendo. Pero no comiendo sin más, no. Comiendo mientras habla, opina, mastica, juzga… y, de paso, se embadurna el “morramen” como si estuviera participando en una competición paralela de pringue artístico.

El momento estelar llega con el pan. Ay, el pan. Ese humilde protagonista que lleva siglos sosteniendo la gastronomía de medio planeta. Pues resulta que no le gusta. Que la corteza está dura. Que no le convence. Y yo, claro, no puedo evitar imaginarme a ese pan, fermentado con paciencia, trabajado con mimo, horneado como Dios manda, mirando al influencer con la misma cara que pondría un violín Stradivarius si lo usaran para tocar la bocina del coche. Hombre, si vienes de comer pan de supermercado, blandito como una almohada de oferta, normal que esto te parezca otra liga. Pero igual, solo igual, la culpa no es del pan.

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Eso sí, mientras el pan “no le convence”, él no deja ni las migas. Rebaña los platos como si llevara tres inviernos en una cueva. Esa coherencia tan suya: no me gusta, pero me lo acabo. No me emociona, pero dejo el plato como recién fregado. Una crítica gastronómica convertida en ejercicio de contradicción extrema.

Luego viene el desfile de comentarios comunes, habitual en el diccionario de cualquier “gastroinfluencer”. Que si “muy equilibrado”, que si “sabroso”, que si “correcto”. Palabras que suenan bien, que llenan segundos de vídeo, pero que no dicen absolutamente nada. Es como describir una sinfonía diciendo que tiene notas y suena. Pues claro, zagal, ¿qué esperabas?

Y en medio de ese despliegue de verborrea hueca, aparece el chawanmushi. Y ahí ya me da la risa floja. Porque lo presenta como si acabara de descubrir América. “Nunca había probado esto”, dice, con ese tono de explorador gastronómico. Y yo pensando: pues chico, llevamos años viendo ese plato —o versiones de él— en restaurantes con estrella y sin ella. Pero claro, para eso hay que haber ido, haber probado, haber prestado atención… y no solo haber pasado por allí haciendo check en una lista imaginaria.

Porque esa es otra. La insistencia en que ha comido en muchos restaurantes “estrellados”. Y aquí, lo siento, pero me entra la duda razonable. No digo que no haya estado. Digo que igual no ha estado de verdad. Que igual ha pasado sin mirar, sin entender, sin escuchar lo que le estaban contando en el plato. Comer no es sólo engullir. Es interpretar, es contextualizar, es tener un mínimo de curiosidad. Y eso, amigos míos, no se improvisa delante de una cámara.

Lo verdaderamente interesante de todo esto no es el personaje en sí, que al final responde a una lógica bastante simple: la del contenido rápido, digerible y viral. Lo preocupante es el ecosistema que lo rodea. Esa legión de seguidores que consume estas opiniones como si fueran palabra sagrada. Esa sensación de que cualquiera puede plantarse delante de un plato y ejercer de crítico al más puro estilo de los grandes, pero sin haber hecho ni el más mínimo esfuerzo por entender lo que tiene delante.

Y ojo, que no todos juegan a este juego de cartón piedra. También los hay -y menos mal- que hablan de gastronomía desde el conocimiento de verdad: gente que ha estudiado, que lleva años probando, equivocándose, afinando el paladar y, sobre todo, entendiendo lo que pasa en cocina y fuera de ella. Pero precisamente por eso, el contraste con el ruido vacío de otros resulta todavía más estridente.

Porque ser crítico gastronómico no es decir si algo te gusta o no. Eso lo puede hacer un mono con platillos. Es saber por qué te gusta o por qué no. Es tener referencias, criterio, memoria gustativa. Es reconocer una técnica, valorar un producto, entender el contexto. Es, en definitiva, respetar el trabajo que hay detrás de cada plato. Y ahí es donde muchos de estos influencers hacen aguas. Pero aguas profundas.

Y mientras tanto, el espectáculo continúa. Unboxing de lasañas industriales como si fueran reliquias arqueológicas. Reacciones exageradas a la “guarrada” de turno. Vídeos donde el plato es lo de menos y el protagonista es el mordisco, el sonido, la mueca, el chorretón en la comisura de los labios... Gastronomía convertida en circo. Y oye, que para echarse unas risas, perfecto. Yo la primera. Pero de ahí a convertir eso en referencia… hay un trecho que da vértigo.

Después de casi veinte años dedicada a la divulgación alimentaria y gastronómica en medios digitales, lo que más me desconcierta no es que exista este contenido. Es que se mezcle todo en el mismo saco. Que dé igual el trabajo de años, la formación, la experiencia… porque al final parece que todo vale lo mismo: la opinión informada y la ocurrencia del momento.

Y no, no vale lo mismo. No puede valer lo mismo.

Porque detrás de cada plato en un restaurante de ese nivel hay horas, días, meses de trabajo. Hay pruebas, errores, ajustes. Hay producto seleccionado con lupa, técnicas depuradas, ideas que se cocinan a fuego lento. Hay un equipo que deja la piel para que la mal llamada “experiencia” tenga sentido. Y todo eso no se puede despachar con un “no me emociona” mientras te limpias la salsa de la barbilla.

Así que sí, me río. Me río mucho. Pero también me preocupa. Porque la gastronomía, que es cultura, historia, identidad, merece algo más que este ruido de fondo. Merece respeto. Merece curiosidad. Merece ganas de aprender.

Y si alguien quiere seguir viendo a @Cenandoconuncuñao rebañar platos mientras critica el pan, adelante. Faltaría más. Pero, por favor, que sea por los “jajas”. Solo por los “jajas”. Porque como referente gastronómico… igual estamos pidiendo peras a un olmo. Y el olmo, por mucho que lo mires, no te va a hacer un chawanmushi.

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