Llevo más de un mes sin coche.
Dicho así parece una anécdota menor, una de esos dramitas del primer mundo que una resuelve con paciencia y un par de aplicaciones móviles. Pero claro, eso es porque quien lo escucha suele imaginar una ciudad, una parada de autobús a dos calles o, en el peor de los casos, un taxi.
Mi realidad es algo más pintoresca.
Estoy en el pueblo. Y cuando digo "el pueblo" no me refiero a esa versión romantizada que aparece en los anuncios de turismo rural, con gallinas felices, abuelos sabios y panes artesanos recién horneados. Hablo de una zona de las que se denominan la España vaciada. De esas en las que todavía existen barrios separados varios kilómetros del núcleo urbano. Como donde habito. Siete kilómetros, concretamente.
Siete.
Sin transporte público.
Sin autobús.
Sin tren.
Sin puente aéreo.
La civilización queda a siete kilómetros en forma de carretera empinada y sinuosa y, si no tienes coche, dependes de la caridad vecinal igual que en la Edad Media se dependía de la benevolencia del señor feudal.
Así que sobrevivo gracias a la solidaridad espontánea. Algún vecino me acerca a comprar. Otro me baja a "la ciudad". Mi pareja aparece periódicamente cargada de provisiones como si viniera de una expedición al Polo Norte.
La semana pasada, uno de estos ángeles de la guarda rurales me llevó a hacer la compra a un supermercado de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque digamos que tiene un marcado acento euskaldún por si a alguien le entra la curiosidad.
Y allí ocurrió.
Allí contemplé uno de esos fenómenos que te hacen replantearte tu percepción de la realidad.
Los plátanos de Canarias estaban a más de cuatro euros el kilo.
Cuatro euros.
Por plátanos.
De Canarias.
No estamos hablando de caviar iraní transportado en helicóptero. No estamos hablando de trufas blancas recolectadas por un cerdo con máster. Estamos hablando de plátanos.
Cuatro euros.
Mi vecino y yo nos miramos como si acabáramos de descubrir que el cajero automático cobraba en órganos vitales.
"¿Pero estamos locos?"
La pregunta quedó flotando en el aire.
Y cuanto más pensaba en ella, más me daba cuenta de que quizá la respuesta fuera “sí”.
Pero no por el precio de los plátanos.
Sino porque llevamos años mirando la alimentación de forma completamente irracional.
Porque la cesta de la compra ya no está cara.
La cesta de la compra está esquizofrénica.
Antes comprábamos alimentos.
Ahora compramos conceptos.
Compramos conveniencia.
Compramos marketing.
Compramos emociones.
Compramos identidad.
Compramos promesas.
Compramos relatos.
Y, si sobra presupuesto, a veces hasta compramos comida.
Hace unos días comparaba dos yogures en el lineal.
Uno era un yogur natural.
Yogur.
Fin.
El otro parecía el currículum de un gurú de Linkedin.
"Alto en proteína".
"Con bífidus".
"Con colágeno".
"Bienestar intestinal".
"Vitalidad".
"Energía".
"Defensas".
"Equilibrio".
Le faltaba poner "alinea tus chakras" y "mejora tu networking".
Aquello no era un yogur.
Era una experiencia transformadora.
Un retiro espiritual en formato lácteo.
Y, naturalmente, costaba bastante más.
Porque el producto ya no era leche fermentada.
El producto era la promesa.
La sensación.
La expectativa.
La ilusión de estar haciendo algo extraordinario por tu salud.
Aunque luego cenes pizza delante de una serie mientras discutes con desconocidos en tus redes sociales.
Nos hemos acostumbrado a pagar por atributos que muchas veces ni entendemos.
Y no es culpa exclusiva de las empresas.
También es nuestra.
Porque nos encanta sentirnos especiales.
Nos gusta creer que no compramos un tomate.
Compramos un tomate “Premium”.
Sostenible.
Responsable.
Con valores.
Con narrativa.
Con un agricultor sonriente impreso en el envase.
Si pudiera hablar, seguramente también tendría perfil de Instagram.
Mientras tanto, el tomate normal, el de toda la vida, permanece en una esquina del supermercado observando la escena como un funcionario veterano que ya ha visto demasiadas cosas.
Lo más fascinante es que la inflación ha servido de cortina de humo perfecta para todo esto.
Cuando alguien se queja de que la compra cuesta más, solemos asumir que es porque los alimentos han subido.
Y claro que han subido.
Pero no siempre estamos comparando lo mismo.
Muchas veces estamos comparando una naranja con una experiencia premium de bienestar citrícola.
Un yogur con un manifiesto filosófico.
Un filete con una estrategia de marca.
Y así es imposible entender qué demonios está pasando.
La industria alimentaria ha descubierto algo extraordinario: añadir valor resulta muchísimo más rentable que añadir alimento.
Porque producir más comida cuesta dinero.
Pero producir más relato sale baratísimo.
Una palabra bien elegida en el envase vale más que toneladas de materia prima.
Proteína.
Natural.
Artesano.
Tradicional.
Funcional.
Premium.
Bienestar.
Energía.
Son las nuevas especias del marketing.
Y funcionan.
Vaya si funcionan.
De hecho, funcionan tan bien que hemos llegado a una situación delirante donde algunos consumidores son capaces de indignarse por pagar cuatro euros por un kilo de plátanos y, cinco minutos después, meter en el carro una botella de agua con vitaminas, extractos exóticos y promesas metafísicas por dos euros el medio litro.
Porque el problema nunca ha sido solo el precio.
El problema es la percepción.
Nos duele pagar mucho por algo que reconocemos como básico.
Pero aceptamos alegremente pagar barbaridades por algo que viene disfrazado de innovación.
Y ahí reside la verdadera magia del asunto.
El plátano no sabe venderse.
El plátano simplemente es un plátano.
No tiene departamento de marketing.
No tiene influencers.
No tiene un manifiesto corporativo.
No promete ayudarte a alcanzar tu mejor versión.
Simplemente existe.
Y quizá por eso nos parece caro.
Porque es uno de los pocos productos que todavía nos obliga a mirar de frente cuánto cuesta realmente la comida.
Mientras tanto, seguimos llenando carros de productos que valen mucho más por lo que cuentan que por lo que contienen.
Y nadie se inmuta.
Por eso, después del sobresalto de los plátanos, llegué a una conclusión.
Quizá no estamos asistiendo a una crisis del precio de los alimentos.
Quizá estamos asistiendo a una crisis de identidad alimentaria.
Ya no sabemos si compramos nutrición, comodidad, entretenimiento o autoestima.
Y mientras intentamos averiguarlo, el supermercado se ha convertido en una especie de parque temático donde cada envase grita más fuerte que el anterior para convencernos de que nuestra felicidad depende exactamente de ese producto.
Así que sí.
bos plátanos estaban a cuatro euros el kilo.
Una barbaridad.
Pero, viendo el panorama general, casi me parecieron el producto más honesto de toda la tienda.
No prometían bienestar intestinal.
No mejoraban la energía ancestral.
No despertaban la consciencia nutricional.
No optimizaban nada.
Solo eran plátanos.
Y tal como están las cosas, eso empieza a parecer una rareza de lujo.