La caída de los influencers: tranquilos, que ellos tienen “contenido de calidad”

A lo mejor simplemente está empezando a morir la paciencia del público.

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
19 de Agosto de 2026
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La caída de los influencers: tranquilos, que ellos tienen “contenido de calidad”
La caída de los influencers: tranquilos, que ellos tienen “contenido de calidad”

Llevo unos días viendo vídeos y más vídeos hablando de la supuesta “caída en desgracia de los influencers” y tengo que reconocer que me está resultando de lo más entretenido.

No tanto por el fenómeno en sí, que ya veremos en qué queda, sino por el espectáculo paralelo: influencers explicándonos que el problema afecta a los influencers.

Es una cosa preciosa.

He visto a unos cuantos asegurando, con esa tranquilidad de quien acaba de recibir un diploma imaginario en supervivencia digital, que a ellos no les preocupa. Que ellos tienen una comunidad fiel. Que ellos aportan contenido de calidad. Que ellos saben de lo que hablan. Que su público confía en ellos.

Bla, bla, bla.

Me recuerda un poco a cuando alguien anuncia que en su empresa no va a haber despidos porque “somos una familia”. Normalmente es justo entonces cuando empiezas a mirar dónde está la puerta de salida.

Yo, por mi parte, voy a hablar de lo que sé. Y no voy a meterme en otros jardines que no me corresponden, que bastante tenemos ya con los nuestros.

Porque hay algo que me interesa especialmente de todo este debate: qué entendemos por tener algo que aportar cuando hablamos de determinados sectores.

Y ahí sí tengo experiencia.

Empecemos por el vino.

El mundo del vino es un segmento bastante de nicho. Y, precisamente por eso, es relativamente raro encontrarse con un influencer que se lance a hablar de vino sin tener ni idea.

Que los hay, claro.

Como las meigas.

Pero son menos frecuentes.

¿Por qué? Porque hablar de vino exige, como mínimo, cierta familiaridad con el producto, con su elaboración, con las variedades, con las zonas, con el servicio, con la cata y, sobre todo, con algo que en internet cotiza peligrosamente a la baja: saber de qué demonios estás hablando.

Otra cosa son los influencers lifestyle, capaces de hablar por la mañana de detergente para la lavadora, a mediodía de una crema facial, por la tarde de unas zapatillas y por la noche de un restaurante.

Multidisciplinares, les llaman.

Yo lo llamaría tener un calendario editorial con muy pocas líneas rojas.

Y luego están algunos perfiles gastronómicos que se meten con el vino porque, bueno, si uno sabe comer, aparentemente también sabe catar.

Recuerdo especialmente el caso de un influencer que llegó a grabarse catando vino y reconociendo tranquilamente que poco antes se había leído un tutorial sobre cómo hacerlo.

Porque, claro, catar vino tampoco debe de ser tan difícil.

Uno mueve la copa, mira el color, huele un poco, hace cara de estar recibiendo información clasificada y dice “fruta roja, madera y un final largo”.

Listo.

En cinco minutos, sommelier.

El problema es que el vino no funciona así. Y tampoco funciona así la gastronomía.

Aquí es donde el asunto se pone interesante.

Porque en gastro parece que existe una regla no escrita según la cual si todos comemos, todos estamos legitimados para opinar profesionalmente sobre comida.

Es un razonamiento impecable.

Todos respiramos, así que mañana podemos hacer una auditoría pulmonar.

Todos dormimos, así que podemos evaluar colchones como si hubiéramos escrito nuestra tesis doctoral sobre el descanso.

Todos tenemos pelo, por tanto estamos capacitados para valorar la técnica de un cirujano capilar.

La lógica es impecable.

La osadía de la ignorancia, también.

Y digo esto desde mi propia experiencia, no hablando por boca de nadie.

He estudiado una carrera relacionada con la alimentación y la producción de alimentos. He realizado formación específica y cursos relacionados con distintos ámbitos del sector, incluida la gestión de la restauración. Llevo años vinculada profesionalmente a la alimentación, a la divulgación y a la comunicación.

Y aun así, cuando hablo de gastronomía, procuro tener algo que me parece básico: respeto por el trabajo de los demás.

Porque detrás de un plato hay muchísimo más que una fotografía bonita.

Hay producto. Hay proveedores. Hay técnica. Hay formación. Hay horas de trabajo. Hay costes. Hay planificación. Hay equipos. Hay problemas que el cliente ni siquiera imagina. Hay profesionales que llevan media vida haciendo algo para que tú puedas sentarte durante hora y media, comer tranquilamente y decidir si te ha gustado.

Y, por supuesto, tienes todo el derecho del mundo a que no te guste.

Faltaría más.

Puedes decir que una croqueta no te ha gustado. Que un plato te parece caro. Que el ambiente de un restaurante no es para ti. Que el servicio ha sido lento. Que volverías o que no volverías.

Eso es una opinión.

Lo que me parece bastante más cuestionable es convertir una experiencia personal en una sentencia profesional universal.

Porque “a mí no me ha gustado” y “esto está mal hecho” no son exactamente lo mismo.

Y aquí es donde creo que el debate sobre los influencers se nos queda corto.

El problema no es que existan influencers.

El problema es que durante demasiado tiempo hemos confundido visibilidad con autoridad.

Tener seguidores no convierte a nadie en experto.

Tener una cámara tampoco.

Tener buena dicción, una sonrisa estupenda, un aro de luz y capacidad para conseguir 200.000 visualizaciones no certifica absolutamente nada sobre tus conocimientos.

Y aquí viene la parte que probablemente no gustará demasiado: la audiencia tampoco es una oposición pública para acceder al puesto de experto.

Puedes tener 800.000 seguidores y no saber distinguir una variedad de uva de una variedad de aceituna.

Puedes tener 40.000 y ser una auténtica referencia en tu sector.

Puedes tener 2.000 y saber muchísimo.

Y puedes tener 2 millones y saber muchísimo también.

El número no es el problema.

El problema aparece cuando el número se utiliza como argumento.

“Yo sé porque tengo muchos seguidores”.

No.

Tienes muchos seguidores porque tienes muchos seguidores.

Lo demás habrá que demostrarlo.

Y quizá por eso me hace tanta gracia ver estos días a determinados influencers defendiendo que ellos no están preocupados porque hacen “contenido de calidad”.

Ojalá.

De verdad.

Porque si algo nos vendría bien a todos es precisamente eso: más contenido de calidad y menos gente hablando con una seguridad directamente proporcional a lo poco que sabe.

Pero la calidad tampoco se declara uno mismo.

No conozco a ningún restaurante que tenga que salir a decir: “Tranquilos, nuestra comida es buena”.

Bueno, alguno habrá.

Pero normalmente la comida buena tiene la mala costumbre de defenderse bastante bien sola.

Y quizá el futuro de los influencers pase precisamente por ahí.

Por dejar de pensar que el público es una masa de espectadores a la que hay que convencer y empezar a entenderlo como gente que también compara, contrasta, aprende y, sobre todo, se cansa.

Se cansa de que todo sea maravilloso.

De que todo sea increíble.

De que todos los restaurantes sean “el sitio que tienes que conocer”.

De que cada vino sea “una experiencia brutal”.

De que cada producto sea “mi nuevo favorito”.

De que cada colaboración parezca una epifanía y nunca una campaña publicitaria.

Porque la credibilidad no se construye diciendo que eres creíble.

Se construye cuando puedes decir: “Esto no lo sé”.

Cuando sabes diferenciar una opinión de un hecho.

Cuando reconoces que hay profesionales que saben más que tú.

Cuando no necesitas convertir cada visita, cada plato, cada botella y cada producto en una oda patrocinada.

Y, sobre todo, cuando entiendes que tener una comunidad es una responsabilidad, no una bula papal.

Así que, queridos influencers, tranquilos.

No sé si estáis cayendo en desgracia.

Quizá sí. Quizá no.

Quizá simplemente estamos entrando en una etapa en la que tener un móvil, una audiencia y una opinión ya no será suficiente.

Y, sinceramente, tampoco me parece una tragedia.

A lo mejor, después de tantos años de ruido, resulta que lo que está pasando no es que mueran los influencers.

A lo mejor simplemente está empezando a morir la paciencia del público.

Y eso, amigos, sí que tiene bastante más peligro que el algoritmo.