El camarero, el soplete y la jeringuilla: en qué momento cenar se convirtió en una función del Circo del Sol

"Cuando el servicio en mesa tiene contexto, técnica y sentido gastronómico, me parece maravilloso"

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
26 de Junio de 2026
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El camarero, clave para que la experiencia sea importante y no prescindible
El camarero, clave para que la experiencia sea importante y no prescindible

Hubo un tiempo en el que uno iba a un restaurante a comer. Parece una frase absurda, casi revolucionaria, pero conviene recordarla porque empiezo a sospechar que nos estamos alejando peligrosamente de aquel concepto.

Antes llegabas, te sentabas, te servían la comida y te dejaban disfrutarla. Hoy, en cambio, corres el riesgo de convertirte en figurante involuntario de una producción audiovisual de bajo presupuesto. Ya no basta con que el plato llegue bien ejecutado a la mesa. No. Ahora hay que terminarlo delante de ti. Y no hablo del elegante servicio de sala de toda la vida. Hablo de una epidemia de teatrillo gastronómico que se está extendiendo más rápido que la app de captura de gatitos como si fueran Pokemon.

Lo curioso es que la terminación de platos en mesa no es ninguna novedad. Al contrario. Es una de las expresiones más refinadas de la restauración clásica. El servicio a la rusa, el manejo del gueridón, el trinchado impecable de una pieza de carne, el desespinado de un pescado o la elaboración de ciertas preparaciones frente al cliente siempre fueron demostraciones de técnica, elegancia y profesionalidad.

Ver trabajar a un gran camarero era un espectáculo, sí, pero un espectáculo con sentido.

La diferencia es importante.

Porque una cosa es observar a un profesional culminando un plato cuya ejecución realmente se beneficia de hacerse delante del comensal y otra muy distinta es asistir a una representación teatral montada con la única finalidad de generar contenido para Instagram.

Y ahí es donde estamos entrando en territorio pantanoso.

Últimamente parece que algunos restaurantes han interpretado que cualquier alimento puede mejorarse si alguien le pasa un soplete industrial a veinte centímetros de tu nariz.

Da igual que sea un salmón, una tarta de queso o una zapatilla deportiva. Si se puede chamuscar delante del cliente, adelante.

Luego está la modalidad del rallado compulsivo.

El camarero aparece armado con una rueda de queso del tamaño de una rueda de tractor y comienza a rallar sobre tu plato con una intensidad que parece estar intentando apagar un incendio. Mientras tanto te mira fijamente a los ojos esperando que manifiestes algún tipo de emoción. Supongo que la reacción correcta es llorar de felicidad o pedir matrimonio al Parmigiano.

Yo, sinceramente, lo único que pienso es si el plato va a enfriarse antes de que termine aquella recreación gastronómica de "Los pilares de la Tierra".

Pero la creatividad no acaba ahí.

También tenemos la moda de las jeringuillas gigantes.

No sé en qué momento alguien decidió que inyectar una salsa dentro de una carne delante del cliente era una experiencia gastronómica imprescindible, pero aquí estamos. Sentados frente a un señor que manipula una aguja del tamaño de un arpón mientras todos observamos en silencio como si estuviéramos asistiendo a una intervención quirúrgica de máxima complejidad.

En cualquier momento espero escuchar:
"Pinza".

"Gasas".

"El chuletón está estable".

Todo ello, por supuesto, acompañado por una nube de teléfonos móviles apuntando a la escena.

Porque no nos engañemos. Todo esto tiene un destinatario muy concreto.

La cámara del móvil.

El plato ya no tiene que estar bueno. Tiene que grabarse bien.

Tiene que generar un vídeo de quince segundos capaz de provocar una erección emocional en cualquier influencer gastronómico de saldo que se autoproclama crítico culinario porque acumula más de cinco mil seguidores y sabe utilizar palabras como "umami", "maridaje" y "experiencia inmersiva".

Aparece el camarero con el soplete.

El influencer entra en trance.

La pupila se dilata.

La mano busca automáticamente el teléfono.

Y en su cabeza ya está calculando cuántos likes, visualizaciones, colaboraciones y códigos de descuento puede extraer de aquel fogonazo.

Es el equivalente gastronómico a ver una máquina tragaperras soltando monedas.

Y ojo, que yo entiendo perfectamente la lógica.

Vivimos en la economía de la atención.
Un vídeo espectacular vende.

Una llama vende.

Una nube de humo vende.

Una salsa chorreante a cámara lenta vende.

Todo eso genera visibilidad.

Lo comprendo.

Lo respeto.

Pero también creo que estamos cruzando una línea peligrosa.

Porque quienes realmente disfrutamos de la gastronomía no vamos al restaurante para asistir a una sesión continua de interrupciones.

Vamos a comer.

Parece una obviedad, pero últimamente se nos olvida.

Hay algo profundamente incómodo en estar manteniendo una conversación agradable cuando, de repente, aparece una brigada de sala para desarrollar una performance alrededor de tu mesa.

Tú estás explicando una anécdota.

Llega el camarero.

Te interrumpe.

Ralla queso.

Se marcha.

Retomas la conversación.

Vuelve otro.

Añade una salsa.

Continúas hablando.

Regresa un tercero.

Prende fuego a algo.

Intentas terminar la frase.

Aparece un cuarto con una campana de humo, una pipeta o un artilugio traído directamente de un laboratorio de la NASA.

Al final la comida se convierte en una carrera de obstáculos.

Y lo peor es que muchas veces todo ese espectáculo no aporta absolutamente nada al resultado final.

Nada.

Cero.

Es puro atrezo.

Pura escenografía.

Puro ruido.

Cuando el servicio en mesa tiene contexto, técnica y sentido gastronómico, me parece maravilloso. De hecho, me fascina. Ver a un gran profesional manejar un gueridón sigue siendo una de las cosas más elegantes que pueden suceder en un restaurante.

Pero cuando la terminación del plato se convierte en una obligación autoimpuesta para absolutamente cualquier elaboración, deja de ser refinamiento y empieza a parecer una atracción turística.

Es la diferencia entre la ópera y el karaoke.

Entre un violinista virtuoso y alguien tocando la bocina de un coche durante veinte minutos.

No todo necesita un espectáculo.

No todo necesita humo.

No todo necesita fuego.

No todo necesita una jeringuilla del tamaño de una lanza medieval.

A veces la máxima sofisticación consiste en algo mucho más difícil.

Traer un plato extraordinario.

Depositarlo en la mesa.

Sonreír.

Y marcharse discretamente para dejar que el comensal haga una cosa radicalmente revolucionaria en 2026.

Comer tranquilo.