Crónica de un empacho anunciado

Comer hasta reventar, brindar hasta olvidar, prometer hasta cansar. Y luego volver a empezar.

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
17 de Diciembre de 2025
Guardar
Crónica de un empacho anunciado
Crónica de un empacho anunciado

Amigui, te lo digo ya desde la primera línea y con la mano en el estómago como quien se santigua antes de una digestión complicada. Yo ya estoy empachada. Empachada mentalmente, socialmente y casi espiritualmente. Y aún no ha llegado la Navidad. Ni el turrón duro, ni el blando, ni el de cheesecake con arándanos que alguien, en algún despacho creativo, decidió que el mundo necesitaba. Pero aquí estamos. a una semana de la Navidad, con el ambiente oliendo a polvorón y a culpa anticipada. Y yo, que ya no puedo más.

Porque no falla. Llega esta época y de pronto todo el mundo se transforma en un cronista gastronómico del exceso. Que si “este año nos hemos venido arriba con los turrones”, que si “no veas las botellas que hemos comprado”, que si “en Nochebuena nos ponemos finos, finos”. Finos dicen. Como si eso fuera compatible con la imagen mental de una mesa que parece el último banquete del Imperio Romano pero con mantel de papel del súper lleno de caritas sonrientes de Papá Noel.

Y mientras tanto, en paralelo, las mismas personas están ya preparando su “recap 2025” para redes sociales. Que si “un año de aprendizaje”, que si “crecimiento personal”, que si “mucho agradecer”. Todo muy zen, todo muy hashtag #gratitud. Y acto seguido, en otra nota del móvil, los propósitos para 2026. Porque aquí somos así de avanzados. Aún no hemos terminado de digerir 2025 y ya estamos planificando cómo vamos a redimirnos en 2026. Spoiler. Apuntarse al gimnasio. Llevar una vida más sana. Beber menos alcohol. Porque somos modernos. Y los modernos, dicen, están dejando el alcohol. Pero eso sí, ahora en diciembre vamos a darle como si enero no existiera.

A ver, alma de cántaro. Que te lo digo con cariño, pero también con un poquito de “rebordenca” maña, que pa’eso somos de aquí. ¿No sería más fácil, más sensato y desde luego más barato, ser una persona moderada durante todo el año? Hablo de comer y de beber, que nos entendamos. Cuidarte más o menos siempre, sin dramas ni penitencias, y luego en Navidad darle un poquito más al turrón. Un poquito, he dicho. Y que caiga alguna copa extra de cava, claro que sí. Que es fiesta y que nadie quiere brindar con agua del grifo como si estuviera castigado. Pero una copa extra, no un máster intensivo en resacas.

No sé en qué momento la Navidad se convirtió en una especie de gincana del exceso. Una competición no oficial a ver quién acaba más lleno, más borracho o más arrepentido. Como si hubiera medallas invisibles al “cuñao’ de oro en atracón navideño”. Y claro, luego pasa lo que pasa. Que llega enero y parece una convención mundial de penitentes. Todo el mundo con cara de acelga hervida, arrastrando la culpa como si fuera una maleta con una rueda rota por un mal viaje en Ryanair, llena de ladrillos.

A mí todo esto me recuerda muchísimo a esa escena icónica de Los Monty Python y El sentido de la vida. Ya sabes cuál digo. Ese momento glorioso y grotesco en el que uno de los protagonistas come y come hasta que, literalmente, revienta. Y todo el mundo mirando, incómodo pero fascinando, pensando “esto no puede acabar bien”. Pues la Navidad a veces es eso. Un “solo un poquito más” repetido hasta que alguien dice “yo ya no puedo” y aun así se pide otro trozo “para no hacerle el feo”.

Y no me malinterpretes. A mí la Navidad no me encanta, pero la soporto. Me gusta comer bien, me gusta el vino bueno, me gusta sentarme a la mesa sin prisas y alargar la sobremesa hasta que se enfría el café, mientras las conversaciones se van sucediendo una tras otra. No soy ninguna talibana de la lechuga ni de vivir a base de aire y pensamientos positivos. Pero una cosa es disfrutar y otra convertir el calendario en una excusa continua para la desmesura.

Lo que me saca un poco de quicio, y aquí ya se me nota el acento maño subiendo como la presión arterial, es esa lógica tan nuestra de primero desmadrarse y luego castigarse. Como si el autocuidado solo pudiera existir en forma de extremos. O me pongo hasta las trancas o me apunto al gimnasio en enero y no vuelvo a ver un hidrato hasta Semana Santa. O bebo como si estuviera de despedida de soltero perpetua o me hago abstemio militante durante tres semanas, que casualmente son las que más stories subo.

¿Y si probamos algo revolucionario? Aviso que lo que voy a decir es casi subversivo. ¿Y si comemos bien todo el año, bebemos con cabeza todo el año y dejamos de vivir la Navidad como si fuera el último festín antes del apocalipsis? Igual así no necesitamos hacer propósitos grandilocuentes que duran menos que un polvorón abierto. Igual así el gimnasio deja de ser un acto de contrición y pasa a ser, yo qué sé, algo normal.

Pero claro, eso no queda tan bien en redes. No hay épica en la moderación. No hay reels virales de “he comido normal durante doce meses”. No hay aplausos para quien se sirve una ración sensata y dice “con esto voy que chuto”. Eso no vende. Vende el exceso y luego la redención pública. Vende el antes y el después. Aunque el después sea solo una foto con ropa deportiva recién comprada y cara de lunes eterno.

Así que nada. Yo aquí seguiré, empachada antes de tiempo, mirando con una ceja levantada y una sonrisa torcida cómo se repite el ritual. Comer hasta reventar, brindar hasta olvidar, prometer hasta cansar. Y luego volver a empezar. Porque si algo tenemos claro es que, en este país, nos encanta dramatizar hasta la digestión. Y oye, que cada cual haga lo que quiera. Faltaría más. Pero luego no digas que enero te ha pillado por sorpresa. Porque avisados estábamos. Y bien avisados.

Suscríbete a Diario de Huesca
Suscríbete a Diario de Huesca
Apoya el periodismo independiente de tu provincia, suscríbete al Club del amigo militante