Hay algo profundamente fascinante en internet: su capacidad para convertir cualquier ocurrencia de madrugada en una tendencia mundial. Da igual que sea útil, lógica o incluso mínimamente apetecible. Basta con que alguien la grabe en vertical, le ponga una música machacona de fondo y escriba ‘You HAVE to try this’. Ya está. El algoritmo hace el resto.
Llevo unas semanas viendo repetirse una escena en bastantes perfiles de redes sociales estadounidenses. Y digo estadounidenses porque, siendo sinceros, tampoco destacan precisamente por su exquisito criterio gastronómico. Es el mismo ecosistema digital donde alguien es capaz de freír una tableta de mantequilla, cubrirla con beicon, bañarla en sirope de arce y recibir millones de ‘likes’ mientras un cardiólogo siente un escalofrío sin saber muy bien por qué.
La última genialidad responde a nombres tan pomposos como Pickle Dr Pepper o Jalapeño Coke. Traducido al castellano, la receta consiste en coger un vaso gigantesco del refresco a tu elección con hielo, añadir un buen chorro de salmuera de pepinillos, rematar la faena con unas cuantas rodajas flotando y, si uno considera que todavía no ha ofendido suficientemente a las papilas gustativas, incorporar también jalapeños encurtidos.
Y, sorprendentemente, hay quien asegura que está buenísimo.
No simplemente ‘curioso’. No. Hablan de un equilibrio perfecto entre dulce, ácido, salado y picante. Lo describen con la solemnidad de un sumiller analizando un gran vino. Agitan el vaso, cierran los ojos, toman un sorbo y asienten lentamente como si acabaran de descubrir el sentido de la existencia en un bote de pepinillos.
Yo los miro y no puedo evitar pensar que internet ha conseguido algo extraordinario: convencernos de que cualquier mezcla rara merece una oportunidad siempre que venga acompañada de suficientes visualizaciones.
Aunque, siendo justos, tampoco puedo escandalizarme demasiado.
Porque todo esto ya está inventado.
Esta supuesta revolución gastronómica me transporta inmediatamente a aquellas sobremesas eternas de la infancia. Cuando ya habíamos terminado de comer, los adultos seguían arreglando el país alrededor del café y nosotros empezábamos a aburrirnos peligrosamente.
Entonces nacía el experimento.
Cogíamos los ‘culos’ de todos los vasos y botellas de la mesa. Un poco de Coca-Cola, un resto de Fanta naranja, unas gotas de limón, un sorbo de gaseosa, algo de cerveza, quizá un ‘culo’ de vino y, si había suerte, incluso un dedito de tónica que nadie quería. Todo acababa en un único vaso convertido en una especie de arma química de color indefinido.
La diferencia es que nosotros sabíamos perfectamente que aquello era una atrocidad.
No lo bebíamos.
Era un experimento científico financiado por el aburrimiento infantil. Nadie pretendía convencer al resto de que aquello potenciaba los matices cítricos o despertaba nuevas dimensiones aromáticas. Lo hacíamos porque teníamos ocho años y aún no existía TikTok para canalizar semejante creatividad.
También recuerdo otra delicatessen de la época: mojar ganchitos en la Coca-Cola o en la Fanta naranja. Una práctica que hoy provocaría un debate nutricional en redes sociales, pero que entonces simplemente era una forma bastante eficaz de comprobar hasta dónde llegaba nuestra curiosidad.
Y aquí estamos, treinta años después, llamando tendencia a lo que antes era entretenimiento de comedor familiar.
Quizá lo verdaderamente novedoso no sea la mezcla.
Lo novedoso es la capacidad que tenemos para envolver cualquier extravagancia en papel de regalo gourmet.
Ahora ya no mezclamos refrescos con pepinillos porque sí.
Lo hacemos buscando el equilibrio organoléptico.
Porque suena mucho más elegante.
Reconozco, además, que este tipo de fenómenos siempre despiertan a la bromatóloga que llevo dentro. No porque exista ningún problema sanitario. La mezcla, en realidad, es perfectamente segura. No hay ninguna reacción química misteriosa ni explosiones digestivas esperando al otro lado del vaso. Lo único que ocurre es que combinamos sabores muy extremos.
El refresco aporta azúcar, muchísimo azúcar.
La salmuera introduce ácido acético, sal y aromas intensamente avinagrados.
El jalapeño añade picante.
Y nuestro cerebro, que disfruta enormemente con los contrastes, decide si aquello le parece una genialidad o un atentado gastronómico.
No hay más misterio.
De hecho, muchas cocinas del mundo llevan siglos jugando con ese equilibrio entre dulce, ácido, salado y picante. La mexicana, la tailandesa o buena parte de la cocina asiática construyen auténticas maravillas alrededor de ese principio.
La diferencia es bastante evidente.
Ellos emplean ingredientes pensados para cocinar.
No el líquido sobrante de un bote de pepinillos del supermercado con todos sus aditivos.
Pero internet necesita espectáculo.
Nadie consigue diez millones de reproducciones preparando un sofrito perfecto.
Sin embargo, abrir una Coca-Cola, echarle salmuera, hacer una cara extraña durante el primer trago y terminar diciendo ‘esto te va a cambiar la vida, bro’ parece ser exactamente el contenido que el algoritmo estaba esperando.
Y yo no tengo ninguna duda de que acabaremos importándolo.
Nos pasa siempre.
Primero nos reímos de las extravagancias americanas.
Después aparecen tres vídeos en español diciendo que ‘hay que probarlo antes de opinar’.
A continuación llegan los supermercados colocando los pepinillos junto a los refrescos.
Y finalmente alguien inventará la versión patria.
Porque si algo sabemos hacer en este país es adaptar cualquier moda internacional con denominación de origen.
No descarto ver dentro de unos meses una Coca-Cola con líquido de aceitunas rellenas de anchoa.
O una cola con el caldo de las guindillas de Ibarra.
O una edición limitada con el escabeche de los mejillones.
Tiempo al tiempo.
El algoritmo es capaz de cualquier cosa.
Lo verdaderamente interesante es comprobar hasta qué punto hemos delegado nuestro criterio en las redes sociales. Ya no probamos cosas porque nos apetecen. Las probamos porque alguien delante de una cámara ha abierto mucho los ojos y ha asegurado que ‘no esperaba que estuviera tan bueno’.
Y ahí vamos todos.
Como exploradores gastronómicos de sofá.
No buscamos descubrir sabores.
Buscamos participar en la conversación.
Subir el vídeo.
Dar nuestra opinión.
Ser parte del fenómeno.
Porque, al final, el verdadero ingrediente secreto nunca fue la salmuera.
Siempre fueron los clics.
Mientras tanto, yo seguiré contemplando estas tendencias con la misma mezcla de fascinación y resignación con la que uno observa a un grupo de adultos discutiendo apasionadamente sobre cuál es la mejor manera de estropear una Coca-Cola perfectamente inocente.
Aunque, quién sabe.
Quizá dentro de veinte años un chaval escriba una columna recordando con nostalgia aquellas tardes en las que sus padres echaban pepinillos al refresco porque lo habían visto en TikTok.
Y entonces dirá que todo estaba inventado.
La historia tiene esa maravillosa costumbre de dar vueltas sobre sí misma.
Solo cambia el filtro de Instagram con el que la grabamos.