Llevo unas semanas desaparecida. No, no me ha secuestrado ninguna secta que adore la kombucha templada ni me he ido a un retiro espiritual a abrazar almendros en flor. Simplemente, la vida atropella. Tú te levantas un lunes pensando que vas a tender una lavadora y, cuando quieres darte cuenta, estás respondiendo un correo a las once de la noche mientras cenas un bocata de jamón de pie y buscas las llaves que llevas en la mano desde hace veinte minutos.
La vida moderna tiene ese encanto: uno no vive, uno va esquivando muebles emocionales como en el Grand Prix.
Pero entre atropello y atropello sí me ha dado tiempo a observar algo que me tiene profundamente inquieta. Más que la inminente subida de los combustibles. Más que los audios de whatsapp de ocho minutos. Más que la gente que aplaude cuando aterriza el avión.
El topping.
Lo del topping se nos ha ido completamente de las manos.
Antes un topping era una cosa razonable. Una decoración simpática. Un extra. Un pequeño sombrero culinario que uno aceptaba con alegría sobre un helado, un yogur helado o, venga, incluso un batido monstruoso de esos que llevan más azúcar que una guardería en “jalogüin”.
Ahí estaba bien. Ahí tenía sentido. Tú pedías un helado y te echaban cuatro virutas de chocolate, unas almendritas o un sirope sospechosamente fluorescente. Perfecto. Todos contentos. Civilización. Moderneo. “Primer” mundo
Pero alguien decidió que aquello era poco. Que el ser humano necesitaba más capas. Más crujiente. Más fantasía. Más cosas cayéndose del plato.
Y empezó el festival.
Primero fueron las ensaladas. Aquello fue el caballo de Troya. Empezaron inocentes: “Mezclum de brotes tiernos con topping de semillas”. Perdón, ¿topping? Señora, eso son pipas. Las mismas que mi padre se come a la fresca después de cenar, pero ahora cuestan cuatro euros más porque las han tirado desde cierta altura sobre una simpática rúcula.
De repente todas las ensaladas parecían el comedero de un canario influencer. Chía, sésamo, lino, quinoa inflada, nueces caramelizadas, pistachos triturados, cebolla frita crujiente y unas lágrimas de parmesano. Lágrimas las mías al pagar catorce euros por un plato que cruje más que una excursión escolar entregada a las “petazetas”.
Pero lo peor vino después.
Las hamburguesas.
¡Madre de Dios! las hamburguesas.
Hubo un tiempo en que una hamburguesa era carne, queso y dignidad. Ahora necesitas un plano urbanístico para entenderlas. Les ponen pulled pork encima. Y bacon. Y cebolla frita. Y salsa cheddar. Y una nube de algo crujiente que parece aislante térmico. Algunas llevan tantos pisos que no sabes si comerlas o pedir una hipoteca.
Yo he visto hamburguesas atravesadas por un cuchillo del tamaño de una antena parabólica para evitar que colapsen sobre sí mismas como un edificio mal construido. Hamburguesas que no se comen: se negocian.
Y claro, llega el camarero con esa solemnidad de sumiller medieval:
“Esta burger lleva topping de torrezno crunch y mayo trufada ahumada”.
Mire, caballero, yo solo quería cenar. No participar en una experiencia inmersiva.
Además, el topping siempre promete más de lo que ofrece. Porque visualmente queda precioso. Instagram lo adora. La cámara también. Pero luego intentas darle un mordisco y el contenido sale despedido por detrás con la violencia de un airbag. Terminas con media cebolla caramelizada en el pantalón y un trozo de bacon adherido al codo como si fuese un parche emocional.
Eso sí, todo muy gourmet.
La palabra gourmet es otro delito contemporáneo. Gourmet significa “te voy a cobrar cinco euros extra por algo que probablemente estorba”.
Porque esa es otra: muchas veces el topping no mejora nada. Complica. Interrumpe. Distracción culinaria. Un atasco decorativo.
Pero yo pensaba que habíamos tocado techo.
Ingenua de mí.
Hasta que llegaron las croquetas.
Las croquetas.
Hay líneas que no deberían cruzarse jamás. Como poner piña en la tortilla de patatas o hacer yoga con cabras. Pues bien, alguien decidió mirar a una croqueta perfectamente funcional y pensar:
“¿Y si le ponemos cosas encima?”.
Y desde entonces no levanto cabeza.
Últimamente no veo una sola croqueta sin su pertinente topping. Una. Ni una. Sales a cenar y allí están: croquetas coronadas como misses de pueblo.
Que si espuma de no sé qué.
Que si velo ibérico.
Que si mayonesa kimchi.
Que si tierra de aceituna negra.
Que si una gotita de aceite de perejil estratégicamente colocada con pinzas como si estuvieran desactivando una bomba.
Vamos a ver. La croqueta ya era perfecta. La croqueta no necesitaba cirugía estética.
Una croqueta tenía que cumplir tres funciones básicas: quemarte la lengua a causa del ansia, deshacerse ligeramente y hacerte sonreír de felicidad.
No necesitaba convertirse en una instalación artística contemporánea.
Y lo peor es que muchas veces el topping no corona. Invade. La croqueta desaparece bajo una montaña de creatividad descontrolada. Tú intentas cogerla y aquello resbala. El topping cae. La salsa mancha. El crujiente explota. Y acabas comiéndote la croqueta en dos fases: primero el adorno y luego el resto, como quien desmonta un mueble sueco.
Eso sí, diecisiete euros la ración.
Porque el topping tiene otra función importantísima: justificar el sablazo.
Tú ves una croqueta normal y dices: “Bueno”.
Pero si le añaden una lágrima de alioli de trufa y tres microbrotes, automáticamente el cerebro humano acepta pagar lo mismo que costaba antes una mariscada familiar.
Y aquí estamos. Rodeados de platos con más decoración que una carroza del orgullo.
Huevos rotos con topping.
Patatas bravas con topping.
Tartar con topping.
Pizzas con topping sobre topping.
Hasta he visto una tortilla coronada con cebolla crujiente extra, como si la tortilla necesitase ponerse un sombrero para salir de casa.
Nos hemos obsesionado con añadir capas a todo. Literal y metafóricamente. Ya nada puede ser simplemente bueno. Tiene que ser intenso, elevado, reinventado, deconstruido, coronado y terminado con un toque crunchy.
Y yo echo de menos la comida que no necesitaba una presentación de PowerPoint.
Echo de menos los platos que llegaban a la mesa sin fuegos artificiales. Sin humo saliendo por debajo. Sin semillas cayendo del techo. Sin camareros relatando ingredientes de una croqueta como si estuvieran leyendo poesía experimental.
Porque hay algo profundamente agotador en esta necesidad constante de adornarlo todo.
A veces una croqueta solo quiere ser una croqueta.
Y nosotros también.