¿En que momento dejamos de comernos un helado para empezar a comernos una 'Experiencia 3D'?

Lo curioso es que el sabor parece haber pasado a un segundo plano

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
22 de Julio de 2026
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Cuando se pasa de comer un helado a comer una Experiencia 3D
Cuando se pasa de comer un helado a comer una Experiencia 3D

Hubo un tiempo en el que elegir un helado era un ejercicio de felicidad sencilla. No hacía falta darle demasiadas vueltas. Abrías el congelador, veías un flash, un polo o un cucurucho y sabías perfectamente lo que te esperaba. Sí, ya sé que aquello tampoco era de lo más natural y elaborado con limones de la huerta ni un coco recién caído de una palmera, pero al menos existía un pacto de honestidad entre el helado y quien se lo iba a zampar. Nadie pretendía engañar a nadie.

Ahora no.

Ahora resulta que el último grito gastronómico consiste en comprarse un helado que parece cualquier cosa... menos un helado.

Llevo meses viendo vídeos de estos famosos helados hiperrealistas coreanos. Primero aparecieron con aspecto de frutas. Un limón perfecto. Un mango idéntico al de la frutería. Una mandarina con más detalle que una fotografía en ‘jai definision’. Confieso que me hicieron gracia. Era curioso. Ingenioso incluso.

Pero como internet jamás conoce el significado de la palabra "suficiente", hemos pasado del mango al delirio colectivo.

He visto helados con forma de filete de ternera.

Con forma de botella de agua mineral.

Con aspecto de una barra de mantequilla.

Y estoy convencida de que alguien, en algún laboratorio del marketing, ya está diseñando uno con apariencia de ladrillo visto o de batería de coche. Tiempo al tiempo.

Lo verdaderamente fascinante no es que existan. Lo realmente extraordinario es la reacción de la gente.

Porque ahora los supermercados en España empiezan a venderlos y parece que la población hubiera descubierto el fuego.

Colas.

Existencias agotadas.

Vídeos.

Reels.

TikToks.

Personas corriendo al lineal como si acabaran de anunciar la cura definitiva del aburrimiento.

Y todo para morder un objeto que parece cualquier cosa excepto aquello que realmente es.

Vivimos en una época maravillosa.

Nos pasamos años enseñando a los niños que no se metan objetos raros en la boca... y ahora somos los adultos quienes hacemos cola para comernos una botella de detergente con sabor a vainilla.

La evolución humana tiene estas cosas.

Lo curioso es que el sabor parece haber pasado a un segundo plano. Da igual que esté bueno, regular o que sepa exactamente igual que otros veinte helados industriales. Lo importante es el minuto previo al primer mordisco.

Ese instante glorioso en el que alguien graba un vídeo diciendo:

"Mirad... parece pollo frito."

Y efectivamente.

Parece pollo frito.

Porque resulta que ahora pagamos por el privilegio de que nuestra comida no tenga aspecto de comida.

Es un concepto extraordinario.

Décadas intentando que los alimentos fueran apetecibles... y de repente triunfan los que generan una ligera confusión existencial.

No quiero sonar como esa persona que empieza todas las frases con un ‘en mis tiempos…’, pero permitidme un pequeño viaje nostálgico.

En mi infancia también había helados con formas.

Y nadie necesitaba llamarlos hiperrealistas.

Estaban los limones helados.

Las naranjas heladas.

Los cocos helados.

Aquellas sandías que parecían diseñadas por alguien que jamás había visto una sandía de cerca.

Y luego estaban las auténticas obras maestras del patrimonio heladero nacional.

El Frigodedo.

El Frigopié.

No intentaban parecer otra cosa.

Eran exactamente lo que prometían: un dedo y un pie.

Una idea que, vista con cierta perspectiva, tampoco superaría hoy una reunión del departamento jurídico de ninguna empresa.

Pero qué felices éramos.

Nadie hacía un unboxing del Frigopié.

Nadie grababa un vídeo de veinte segundos diciendo:

‘No vais a creer cómo es por dentro’ mientras lo mordía, y mostraba el interior a cámara.

Porque todos sabíamos perfectamente cómo era por dentro.

Era hielo de colores. Fin del misterio.

Hoy, sin embargo, parece que un alimento necesita un arco narrativo.

Debe sorprender.

Debe engañar.

Debe hacerse viral.

Debe generar cien comentarios preguntando dónde puede comprarse.

Si no consigue eso, casi parece que no merece existir.

Las redes sociales han conseguido una proeza admirable: convertir la experiencia de comer en una experiencia de mirar cómo comen otros.

Importa menos el sabor que el vídeo.

Menos el placer que la reacción.

Menos el producto que el algoritmo.

Porque seamos sinceros.

Si esos mismos helados tuvieran exactamente el mismo sabor pero llevaran forma de un aburridísimo polo rectangular, nadie hablaría de ellos.

Ni uno solo.

Lo viral no entra por la boca.

Entra por los ojos.

Y ahí reside el verdadero negocio.

Cada cierto tiempo aparece un producto diseñado no para alimentar, sino para ser compartido.

Antes fueron los croissants cúbicos.

Después las fresas cubiertas de chocolate hasta convertirlas en proyectiles balísticos.

Más tarde los cafés imposibles.

Y ahora llegan los helados que parecen una botella de agua o una patata (al natural o frita… he visto las dos tipologías de helado).

No me extrañaría que el siguiente paso fuera fabricar una botella de agua que parezca un helado.

Ya puestos a confundirnos, hagámoslo bien.

Lo más divertido es que estos fenómenos suelen venir acompañados de un discurso casi científico.

Que si la textura.

Que si la precisión del molde.

Que si la técnica coreana.

Que si la innovación.

Y uno termina viendo a un señor emocionadísimo porque un helado reproduce con absoluta fidelidad las vetas de un chuletón.

Es difícil explicar esto a alguien de hace cuarenta años sin que piense que hemos perdido completamente el juicio.

Aunque quizá sí lo hemos perdido.

Solo que con muy buena iluminación y música de fondo.

No tengo absolutamente nada contra estos helados. Seguramente hasta estén buenos. Probablemente compre uno por pura curiosidad. Porque tampoco soy inmune al síndrome del ‘ya que estoy aquí…’.

Pero me hace gracia comprobar cómo necesitamos constantemente un estímulo nuevo para sentir que estamos viviendo algo extraordinario.

Como si un helado tuviera que disfrazarse para merecer nuestra atención.

Como si ya no bastara con estar rico.

Quizá el problema no sea el helado.

Quizá el problema es que llevamos tanto tiempo consumiendo imágenes que hemos acabado confundiendo el espectáculo con la experiencia.

Y mientras todos discutimos sobre el filete congelado o la botella comestible, los viejos helados de limón siguen esperando, silenciosos, en algún rincón del congelador.

Sin filtros.

Sin efectos especiales.

Sin millones de visualizaciones.

Con la humilde pretensión de refrescar una tarde de verano.

Qué poco marketing tenían.

Y qué bien cumplían su trabajo.

Aunque, pensándolo mejor, quizá aún les quede una oportunidad.

Solo necesitan cambiar el nombre.

Llamémoslos "helados vintage de inspiración mediterránea con estética retro emocional".

Les ponemos una etiqueta en coreano.

Los vendemos a cuatro euros.

Y en menos de una semana habrá alguien haciendo cola para descubrir el revolucionario invento de comerse... un limón.