Evolución humana, penúltimo capítulo: chupar una bolsa para no engordar

#Plasticeating es que el acto de masticar y “saborear” la comida, aunque no se trague, genera una sensación de saciedad

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
10 de Marzo de 2026
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Evolución humana. #plasticeating es que el acto de masticar y “saborear” la comida, aunque no se trague, genera una sensación de saciedad
Evolución humana. #plasticeating es que el acto de masticar y “saborear” la comida, aunque no se trague, genera una sensación de saciedad

El otro día estaba yo haciendo lo que hacemos todos cuando juramos que solo vamos a mirar el móvil “un momentico”. Ya saben, ese momento que dura lo mismo que una romería entera. Scrolleando sin demasiada fe por las redes sociales, entre recetas milagro, vídeos de gatos con crisis existenciales, “criptobros” y gurús del bienestar que parecen haber desayunado quinoa con iluminación espiritual, me topé con una escena que, lo confieso, me dejó más torcida que un botijo mal cocido.

Un zagal de mirada ligeramente rasgada estaba ahí, delante de la cámara, con una concentración casi mística, chupando con fruición el contenido de una bolsa de plástico. Pero ojo, no era que estuviera comiendo de la bolsa. No, no. La bolsa seguía cerrada. El alimento dentro. Y él, fuera. Como si fuera un pez aspirando plancton a través de un acuario portátil.

Mi primera reacción fue pensar: “Bueno, Patricia, igual has abierto Instagram en el canal equivocado y esto es una performance artística sobre la alienación del capitalismo tardío”. Pero no. Resulta que aquello tenía nombre, hashtag y legión de seguidores.

Bienvenidos al fascinante universo del #plasticeating.

El concepto es tan simple que casi da vértigo. La gente mete comida dentro de una bolsa de plástico o un trocito de film plástico, la introduce en la boca, la mastica, la chupa, la sobetea con entusiasmo culinario… y cuando el alimento ya está triturado dentro del envoltorio, sacan la bolsa. Fin de la comida. Sin ingerir nada.

La bolsa queda llena de una papilla digna de comedor escolar de los años 80. El estómago, vacío. Y la conciencia, aparentemente satisfecha.

Una especie de simulacro gastronómico. Un teatro digestivo.

Comer sin comer.

El motivo, según explican sus practicantes con una seriedad que ya la querría un catedrático de bioquímica, es la búsqueda de cuerpos esbeltos, lineales, estilizados. Vamos, lo que antes llamábamos “estar más delgado que el cable de un teléfono”.

Pero claro, vivimos en tiempos de soluciones premium. Y si uno tiene la cartera bien rellena, puede optar por inyectarse Ozempic, ese fármaco que se ha convertido en la estrella farmacológica del adelgazamiento exprés.

El problema es que no todo el mundo tiene la panoja suficiente para pincharse el milagro semanal. Así que aparece el ingenio humano, que cuando se pone creativo puede inventar la rueda… o decidir que chupar una bolsa es una experiencia gastronómica.

Y ahí estamos.

Mientras unos se pinchan fármacos para no tener hambre, otros mastican plástico para engañar al cerebro. Si Darwin levantara la cabeza, volvería a meterse en la tumba pero esta vez con pestillo.

Porque el argumento central del #plasticeating es que el acto de masticar y “saborear” la comida, aunque no se trague, genera una sensación de saciedad. Algo así como enviarle al cerebro una postal gastronómica: “Mira qué bien lo estamos pasando aquí fuera”.

La lógica es curiosa.

Es como ir al cine, ver el tráiler, levantarse antes de que empiece la película y decir que ya la has visto.

O como oler una paella desde la ventana del vecino y declarar que has comido arroz.

Pero claro, lo verdaderamente fascinante de esta tendencia no es la técnica en sí. Lo fascinante es el contexto. Porque llevamos años escuchando advertencias sobre los microplásticos. Que si están en el agua, que si están en la sal, que si están en el aire, que si acabaremos todos convertidos en una especie de tarjeta de crédito con patas.

Los científicos se preocupan. Los medios alertan. Los documentales nos enseñan peces con más polímeros que escamas.

Y mientras tanto, una parte de la humanidad ha decidido que la mejor estrategia es meterse una bolsa en la boca y ponerse a chuparla y morderla con entusiasmo.

No ingerimos el alimento. Pero el plástico, ese sí que lo acariciamos con cariño.

Esto ya no es ironía. Esto es poesía superlativa del absurdo.

Porque, vamos a ver: llevamos años hablando de la importancia de una relación saludable con la comida. De escuchar al cuerpo. De comer con conciencia. De alejarnos de las dietas delirantes que prometen milagros en quince días.

Y ahora resulta que el nuevo horizonte nutricional consiste en hacerle un masaje oral a una bolsa de supermercado.

La cosa tiene hasta su estética. Vídeos con música suave, gente cerrando los ojos mientras mastica el plástico como si estuviera degustando un vino de 200 euros la botella. Movimientos lentos, casi sensuales. Un ballet digestivo sin digestión.

A ratos parece una parodia.

Pero no lo es.

Es el síntoma perfecto de una obsesión colectiva que ya ha cruzado la frontera de lo razonable. Porque cuando el objetivo de adelgazar se vuelve más importante que el propio acto de comer, cualquier cosa empieza a parecer buena idea.

Aunque implique convertir la comida en un rehén dentro de una bolsa.

Lo que más me maravilla es la tranquilidad con la que se abrazan estas ocurrencias. Nadie se pregunta si masticar plástico durante minutos puede tener algún pequeño efecto secundario. Nadie se plantea si los aditivos, los residuos o los compuestos de ese material pueden terminar en la boca.

Pero eso sí, luego nos preocupa muchísimo que el pescado tenga microplásticos.

Que el agua embotellada contenga partículas invisibles.

Que la sal marina venga con sorpresa.

Y ahí estamos, preocupados por las nanopartículas mientras practicamos el noble arte de succionar bolsas como si fueran caramelos gigantes.

Es una escena tan surrealista que podría ser el argumento de una comedia negra sobre la sociedad moderna. Una sociedad que teme al plástico en el plato pero lo abraza con entusiasmo en la boca.

A este paso, dentro de unos años veremos tutoriales de “ayuno avanzado con envoltorio industrial”.

Y habrá quien lo defienda con argumentos científicos de todo a cien.

Que si activa no sé qué receptor cerebral.

Que si engaña al hipotálamo.

Que si reduce la ansiedad.

Y yo, qué quieren que les diga, igual soy una antigua, pero sigo pensando que si el cuerpo tiene hambre, lo normal es darle comida. No hacerle teatro gastronómico con accesorios de supermercado.

Porque al final la paradoja es gloriosa.

Vivimos obsesionados con evitar los microplásticos en la dieta.

Analizamos el agua, el aire, el pescado, la miel.

Y mientras tanto, hay gente ahí fuera practicando con entusiasmo una técnica culinaria que consiste, literalmente, en meterse una bolsa en la boca y empezar a masticarla.

Mira tú qué vueltas da el progreso.

La humanidad inventó el fuego, la agricultura y la cocina… para terminar practicando la dieta del envoltorio.

Si esto no es el colmo del sarcasmo evolutivo, que baje Darwin y lo vea. Y que traiga una bolsa, claro. Porque visto lo visto, igual es lo próximo que nos recomiendan para merendar.