Confieso que hay cosas que me descolocan. Pero lo de las hamburguesas ya ha pasado de desconcierto a expediente X gastronómico.
Y mira que yo no soy sospechosa de inmovilismo culinario. Me entusiasma que la gastronomía avance, que se retuerzan las recetas, que se revisiten los clásicos y que alguien, en un momento de lucidez o de aburrimiento supino, decida que igual el futuro pasa por fermentar hasta la pata de la mesa si hace falta. La cocina es juego, evolución, historia viva. Hasta ahí, todo en orden.
Pero lo de las hamburguesas… lo de las hamburguesas es otra cosa. Es un fenómeno sociológico digno de estudio, una especie de carnaval permanente donde el disfraz ha acabado devorando al personaje.
Todo esto me ha vuelto a la cabeza estos días, a raíz de un festival dedicado al asunto que nos acontece y que se está celebrando en Zaragoza. Un evento que, sobre el papel, debería ser una oda al bocadillo más democrático del planeta. Y, sin embargo, lo que uno se encuentra es más bien una pasarela de excesos donde la hamburguesa original ha sido relegada al papel de figurante sin línea de diálogo. Y ¡ojo! entiendo que esto es un festival/concurso y aquí cada cual quiere impresionar con sus “creaciones” para ganar, pero la realidad de la calle es, muchas veces aterradora.
Porque, vamos a ver. La hamburguesa nace como lo que es: una solución práctica, casi humilde. Carne picada —muchas veces, ni siquiera el corte noble—, un pan que hace que sea más fácil de comer sobre la marcha, y unos cuantos acompañantes que no buscan protagonismo, sino equilibrio. Lechuga, tomate, cebolla, pepinillo... Un cuarteto que funciona como un buen grupo de jazz: cada uno sabe cuándo entrar y cuándo callarse.
Y entonces llegó el espectáculo.
Ahora, pedir una hamburguesa es como abrir una caja sorpresa en la que puede aparecer cualquier cosa menos lo que esperabas. Capas y capas de ingredientes que se apilan sin piedad, como si alguien hubiera decidido que el buen gusto se mide en altura. Quesos que se derriten con vocación de avalancha, salsas que brotan en cantidades industriales, panes que han visto más azúcar que una pastelería en Navidad, y remates que parecen sacados de una tómbola gastronómica: donuts, torreznos, foie, oro comestible si te descuidas.
Y, en medio de todo ese circo, la carne. Pobrecica. Ahí está, intentando respirar, aplastada entre litros de salsa diseñados no para aportar sabor, sino para provocar el famoso #efectochorreo. Ese momento en el que muerdes y todo se desborda como si hubieras pinchado una tubería.
Porque, no nos engañemos, aquí el cliente ya no es el comensal. Es la cámara del móvil.
Hemos pasado de cocinar para comer a cocinar para grabar. Y si la hamburguesa no gotea, no deslumbra, no parece una atracción de feria, entonces no vale. No genera likes. No merece existir. El #foodporn se ha convertido en el nuevo canon estético, y todo lo que no encaje en él queda automáticamente relegado al olvido.
Y claro, en ese proceso, se sacrifican cosas. Muchas cosas.
La primera, el sentido común.
La segunda, el sabor.
Y la tercera —y aquí es donde me pongo seria—, el equilibrio.
Porque una hamburguesa, aunque ahora cueste creerlo, no debería ser un desafío logístico. No debería obligarte a desencajarte la mandíbula como si fueras una serpiente en plena digestión. No debería requerir tres servilletas, dos manos y una fe inquebrantable para no acabar con la mitad del contenido en el regazo.
Y, sobre todo, no debería olvidar quién es.
Hay un detalle que me tiene especialmente intrigada: la desaparición sistemática del pepinillo. Ese gran incomprendido. Ese actor secundario que nunca pidió focos, pero que siempre clavaba su papel.
Ahora, en lugar de pepinillo, te encuentras cosas que suenan a laboratorio creativo con exceso de presupuesto: chips crujientes de no sé qué, polvos aromáticos con nombre de perfume caro, espumas que parecen más preocupadas por flotar que por aportar algo tangible. Todo muy moderno, todo muy etéreo… y todo, muchas veces, bastante prescindible.
El pepinillo, sin embargo, tenía una función clarísima: refrescar, limpiar, cortar la grasa, devolverte al punto de partida para que el siguiente bocado tuviera sentido. Era el reset del paladar, el pequeño chispazo que evitaba que la experiencia se convirtiera en un empacho monótono.
Pero claro, el pepinillo no chorrea. No hace espectáculo. No brilla en cámara.
Y así estamos.
No estoy diciendo que haya que volver a la hamburguesa de hace cincuenta años y cerrar el chiringuito de la innovación. Ni mucho menos. Bendita evolución cuando está bien entendida. Bendita creatividad cuando suma, cuando aporta, cuando respeta el producto en lugar de enterrarlo bajo una avalancha de ocurrencias.
Lo que me cuesta entender es esta necesidad constante de sorprender, de buscar el ‘efecto wow!’, de exagerar, de convertir algo que era sencillo y eficaz en una especie de Frankenstein culinario que ya no sabe ni de dónde viene.
Porque, en el fondo, la pregunta es muy simple: ¿de verdad está más rica? ¿O simplemente es más fotografiable?
Tengo la sensación de que, en muchos casos, estamos confundiendo intensidad con calidad. Que creemos que más es mejor, cuando muchas veces más es solo… más. Más pesado, más difícil, más absurdo.
Y mientras tanto, la hamburguesa de toda la vida —esa que no necesita filtros ni efectos especiales— se queda en un rincón, viendo cómo el mundo gira a su alrededor como una noria desbocada.
Así que sí, yo rompo una lanza. Y la rompo con convicción.
A favor del pepinillo.
A favor de la lechuga que cruje.
A favor del tomate que sabe a tomate.
A favor de la cebolla que no pide permiso.
Y, sobre todo, a favor de la carne que quiere ser protagonista en su propia historia.
Que luego cada cual se monte la película que quiera, faltaría más. Pero, por favor, no nos olvidemos de la hamburguesa ‘clásica’, no la abandonemos a su suerte para que desaparezca ahogada entre litros y litros de salsa… porque sino, al final, esto será sólo un espectáculo, sí, pero con demasiado ruido… y cada vez menos nuez.