Hubo un tiempo en el que había dos tipos de personas capaces de tener un bote de proteína en casa: los culturistas y los que tenían una colección de camisetas de tirantes en pleno enero. El resto de los mortales vivíamos razonablemente tranquilos, comiendo tortilla, lentejas y un filete de vez en cuando sin preguntarnos cuántos gramos de proteína contenía cada bocado.
Pero aquello se acabó.
La proteína ha dejado de ser un nutriente y se ha convertido en una religión. Tiene sus profetas, sus templos, sus rituales y, por supuesto, sus enormes botes de polvo blanco que siempre me han recordado sospechosamente a recipientes de pienso premium para perros con problemas de articulaciones.
Antes los compraban los gymrats. Esa especie humana que conoce su porcentaje de grasa corporal con tres decimales y que puede pronunciar “hipertrofia” mientras hace una sentadilla isométrica. Tenía sentido. Entrenaban mucho, necesitaban más proteína y, en determinados casos, un suplemento podía resultar práctico.
Pero ahora no hace falta levantar una mancuerna para vivir entregado a la proteína.
La consume hasta mi primo “el Paco”.
Sí, “el Paco".
El mismo Paco cuyo principal acercamiento al deporte consiste en cambiar de canal durante un partido de fútbol, respetando todas las pausas de hidratación cerveza en mano. Paco ahora bebe batidos de proteína con sabor a chocolate de Dubái. Porque, evidentemente, si hay algo que necesitaba el concepto de chocolate de Dubái era convertirse también en suplemento proteico.
Y no acaba ahí la cosa.
Ahora ponemos proteína en el café. En el pan. En las tortitas. En las galletas. En los yogures. En los postres. En los cereales. En cualquier cosa que pueda mezclarse, hornearse, batirse o etiquetarse con una tipografía minimalista sobre fondo beige.
Hemos llegado a un punto en el que si alguien te ofrece una magdalena y no te informa de su contenido proteico antes de darle el primer mordisco, parece que te está ocultando información fiscal.
Y todo esto bajo el noble paraguas de una palabra que se ha convertido en una especie de comodín nutricional: healthy.
Porque hemos decidido que cualquier alimento es automáticamente saludable si le añadimos proteína.
¿Una galleta industrial? Proteína.
¿Un café azucarado? Proteína.
¿Un brownie? Proteína.
¿Una crema de cacao? Proteína.
Ya puestos, que alguien me fabrique una fabada proteica y acabamos de completar el círculo.
El problema es que hemos confundido una necesidad nutricional con una competición.
La proteína es imprescindible, claro. Forma parte de nuestros músculos, tejidos, enzimas, hormonas y un largo etcétera. Necesitamos consumirla. Pero que algo sea necesario no significa que cuanto más consumamos, mejor. Nadie ha pensado todavía que, como necesitamos agua para vivir, deberíamos beber ocho litros de golpe antes de desayunar.
Con la proteína hacemos algo parecido.
Una persona adulta sana y sedentaria suele cubrir sus necesidades con una alimentación normal y variada. No necesita convertir el desayuno en una obra de ingeniería nutricional ni añadir proteína hasta al café con leche. Para quien simplemente quiere comer bien, hay una solución revolucionariamente sencilla: comer alimentos que contienen proteína.
Huevos.
Pescado.
Carne.
Lácteos.
Legumbres.
Frutos secos.
Tofu y otros alimentos vegetales ricos en proteína.
Atún, por ejemplo. Ese invento maravilloso que lleva décadas apareciendo en nuestras cocinas sin necesidad de posar para Instagram junto a una bolsa de gimnasio.
Y si alguien necesita aumentar su ingesta de proteína, estupendo. Puede hacerlo incorporando más alimentos proteicos a su alimentación. Una tortilla, un yogur natural, unas lentejas, pescado, pollo, queso fresco o un plato de garbanzos no necesitan una etiqueta que diga “HIGH PROTEIN” para haber cumplido su trabajo durante toda la historia de la humanidad.
Porque aquí aparece otra cuestión que me preocupa bastante: estamos empezando a hablar de la proteína como si fuera un suplemento de personalidad.
Hay gente que ya no quiere un yogur. Quiere un yogur proteico.
No quiere pan. Quiere pan proteico.
No quiere desayunar. Quiere “meter proteína en el desayuno”.
Ya no comemos. Optimizamos.
Y quizá ese sea el verdadero problema.
La mayoría de las personas no necesitan optimizar su alimentación. Necesitan comer razonablemente bien.
En una persona sedentaria, aumentar muchísimo la ingesta de proteína no va a provocar por arte de magia que aparezca un músculo nuevo debajo del pijama. El músculo responde al estímulo del entrenamiento, entre otras cosas. Si no hay una necesidad aumentada, consumir proteína de más no significa que el cuerpo vaya a almacenarla amorosamente para construir bíceps cuando tenga un rato libre.
El exceso de proteína tampoco es inocuo por definición. Una dieta excesivamente centrada en ella puede desplazar otros alimentos importantes, aumentar innecesariamente la ingesta energética y, dependiendo de cómo se consiga, desplazar frutas, verduras, cereales integrales, legumbres o grasas saludables. Además, las personas con enfermedad renal u otras determinadas condiciones clínicas pueden necesitar restricciones específicas y deberían individualizar su ingesta con un profesional sanitario.
Eso sí, tampoco hace falta caer en el extremo contrario y demonizar la proteína.
Hay situaciones en las que aumentar su consumo sí está perfectamente justificado. Personas que entrenan fuerza de manera intensa, deportistas con determinadas demandas, personas mayores en riesgo de pérdida de masa muscular, algunas situaciones de recuperación o determinados contextos clínicos. En estos casos, una mayor ingesta puede ser útil y, cuando resulta difícil llegar a las necesidades mediante comida, un suplemento puede ser una herramienta práctica.
La palabra importante aquí es necesidad.
No tendencia.
No influencer.
No envase negro mate con una fotografía de una persona que parece haber sido diseñada en Photoshop.
Necesidad.
Porque quizá hemos conseguido convertir algo tan sencillo como alimentarnos en una especie de oposición pública permanente. Hay que saber cuántos gramos de proteína, qué carbohidratos, qué grasas, qué índice glucémico, qué hora es mejor para comer y si el café de las diez debe llevar proteína de vainilla, de chocolate o de “cookie cheesecake”.
Y mientras tanto, “el Paco” sigue sentado en el sofá bebiéndose su batido proteico.
Eso sí, muy probablemente después de haber caminado 327 pasos en todo el día.
Creo que podemos relajarnos un poco.
Si entrenas mucho y necesitas más proteína, estupendo.
Si eres una persona mayor y necesitas cuidar especialmente tu masa muscular, estupendo.
Si un profesional sanitario te ha recomendado aumentar tu ingesta, estupendo.
Pero si tu única actividad física de hoy ha sido bajar la basura y volver a subir en ascensor, probablemente no necesitas convertir el café con leche en un suplemento deportivo.
Y si quieres comer mejor, quizá la revolución no consista en añadir proteína a todo.
Quizá consista, simplemente, en volver a comer comida.
Que tampoco parece una idea tan revolucionaria.
Aunque, visto lo visto, dadme un par de semanas y seguro que alguna marca consigue venderme un bote de garbanzos ultra premium, bioactive, high protein y con sabor a chocolate de Dubái.
Y “el Paco” lo comprará.
Porque “el Paco” ya no quiere desayunar.
“El Paco” quiere hipertrofiar el desayuno.