Hay tradiciones que necesitan siglos para consolidarse y otras que solo necesitan una buena copa de vino, música y un montón de gente con ganas de pasarlo bien. Desde hace unos años, para muchos zaragozanos, las Fiestas del Pilar empiezan bastante antes de que la Virgen se ponga el manto festivo. El pistoletazo de salida llega desde el Somontano, con Casa Vero, la cita de Viñas del Vero que ha conseguido hacerse un hueco en ese calendario sentimental donde conviven el pregón, los conciertos, las ferias y esa firme determinación colectiva de desayunar unos buenos churros después de haber tomado decisiones cuestionables durante toda la noche.
Anoche estuve allí y puedo confirmar que Zaragoza ya tiene otra señal inequívoca de que el Pilar está a la vuelta de la esquina: Casa Vero vuelve a reunir a una multitud dispuesta a demostrar que las ganas de fiesta no entienden de edades, que el vino no necesita mantel de hilo para disfrutarse y que el otoño puede presentarse cuando quiera, pero que, si viene acompañado de un cierzo capaz de arrancarte las pestañas, igual podría haber esperado un par de semanas.
Porque lo de ayer fue un ejercicio de resistencia meteorológica digno de estudio. Después de un verano pegajoso, largo y aparentemente patrocinado por una sauna industrial, el otoño decidió irrumpir sin llamar a la puerta. Y no llegó con una brisa delicada, de esas que te despeinan con elegancia, cual marquesa de los viñedos, mientras sostienes una copa. No. Llegó el cierzo, ese fenómeno atmosférico que en Aragón no sopla: te interroga, te pone a prueba y te hace reconsiderar todas las decisiones que te han llevado a salir de casa sin una chaqueta decente.
Pero allí seguía la gente. Y eso tiene su mérito.
Casa Vero ha conseguido algo que no es tan sencillo como parece: que Casa Vero sea, efectivamente, la casa de todos. Y no lo digo en el sentido institucional de la expresión, que suele servir para anunciar que un lugar es de todos mientras alguien se ocupa de recordarte que no puedes tocar nada. Lo digo porque allí caben perfiles muy distintos, unidos por algo tan elemental como disfrutar.
Observé una auténtica contienda de edades, aunque sin vencedores ni vencidos. Bueno, quizá el cierzo se llevó algún combate por puntos. Desde veinteañeros pegados al escenario, coreando las canciones con la intensidad de quien está convencido de que el cantante necesita personalmente su apoyo moral, hasta personas de más de sesenta disfrutando del ambiente con esa sabiduría que dan los años: saber cuándo bailar, cuándo brindar y cuándo colocarse estratégicamente para que el viento no te convierta el peinado en una instalación de arte contemporáneo.
Entre unos y otros, toda una colección de generaciones, estilos y maneras de entender la noche. Porque hay quien viene por la música, quien acude por el vino y quien, sencillamente, viene por el rollo. Ese intangible que no figura en ninguna ficha técnica, pero que marca la diferencia entre un evento al que vas y otro al que quieres volver.
Unos llegan buscando sentir la noche joven. Otros, que ya han superado la edad en la que una noche sin dormir se considera una aventura y no una negligencia, vienen a sentirse jóvenes. Y luego estamos quienes entendemos que ambas cosas pueden convivir perfectamente, siempre que al día siguiente no haya que madrugar demasiado y alguien tenga la amabilidad de servirte un café bien cargado con extra de cafeína.
La gracia está precisamente ahí: en que nadie parece tener que justificar su presencia. No hace falta pertenecer a una tribu determinada, llevar el uniforme no oficial de ningún movimiento urbano ni fingir que conoces al grupo que está tocando para que te acepten en el ecosistema. Puedes venir por la música, por el vino, por curiosidad o porque alguien te ha dicho que hay ambiente y has decidido comprobarlo. En Casa Vero hay sitio para todos esos motivos, que a veces son mucho más honestos que cualquier declaración de intenciones.
Y aquí entra uno de los grandes aciertos de Viñas del Vero: utilizar la música como hilo conductor para democratizar el vino.
Porque el vino arrastra todavía cierta solemnidad innecesaria. A veces parece que para disfrutarlo hay que haber estudiado tres másteres, distinguir diecisiete aromas en una copa y pronunciar “mineralidad” con una expresión suficientemente grave como para que el resto de la mesa guarde silencio. Como si una botella necesitara un comité de expertos para autorizarte a disfrutarla.
La realidad es bastante más sencilla. El vino puede formar parte de una conversación, de una canción compartida, de un encuentro entre amigos o de una noche en la que acabas hablando con alguien a quien no habrías conocido de ninguna otra manera. No necesita convertirse en una clase magistral para tener sentido. Y eventos como Casa Vero ayudan a recordarlo.
Eso no significa renunciar a la cultura del vino, sino acercarla. Sacarla de los discursos excesivamente técnicos, de los rituales que a veces intimidan a quienes empiezan y de esa tendencia tan nuestra a convertir cualquier placer en una prueba de conocimientos. El vino también es territorio, paisaje, trabajo, gastronomía y celebración. Y, sobre todo, es algo que se disfruta mucho mejor cuando deja de parecer una asignatura pendiente.
Anoche, además, me llamó la atención otra cosa: había bastante menos móvil del que esperaba.
En una época en la que cualquier experiencia parece necesitar documentación gráfica para demostrar que ha sucedido, encontrarse con tanta gente pendiente de lo que ocurría delante de sus ojos resultó casi revolucionario. No es que los teléfonos hubieran desaparecido por completo. Alguno asomó, claro, grabando lo que pasaba en el escenario o intentando llevarse un recuerdo de la noche. Tampoco vamos a exigirle a nadie que renuncie a su archivo personal de vídeos que jamás volverá a ver.
Pero no daba la impresión de que el objetivo principal fuera fabricar contenido. La gente estaba allí para estar allí. Para escuchar, cantar, hablar, beber algo y disfrutar de la compañía. Sin la obligación de convertir cada canción en una historia, cada brindis en una publicación y cada minuto en una pieza audiovisual destinada a demostrar que uno tiene una vida social envidiable.
Quizá sea una apreciación personal, pero me parece un indicador estupendo. Cuando el teléfono deja de competir con la experiencia, algo está funcionando. Y cuando un evento consigue que la gente mire más al escenario que a la pantalla, ya ha logrado bastante en estos tiempos de atención secuestrada.
Claro que también ayuda que el ambiente invite a quedarse. Y ahí hay que reconocer el trabajo de Viñas del Vero.
Organizar un evento de estas características año tras año no consiste simplemente en contratar música, servir vino y confiar en que la gente aparezca. Hace falta construir una cita reconocible, cuidar la experiencia, entender qué busca el público y conseguir que una convocatoria promocional termine formando parte de las costumbres de una ciudad. Que no es poca cosa.
Porque una cosa es celebrar un evento y otra muy distinta es convertirse en el lugar donde mucha gente siente que empiezan sus fiestas. Lo primero se resuelve con organización y presupuesto. Lo segundo requiere continuidad, identidad y una capacidad nada desdeñable para conectar con el público.
Casa Vero parece haber encontrado esa fórmula: música para atraer, vino para compartir y un ambiente en el que cada cual encuentra su motivo para quedarse. Sin necesidad de levantar una barrera entre quienes saben mucho de vino y quienes simplemente quieren disfrutar de una copa. Sin convertir la edad en un código de acceso. Sin exigirle a nadie que venga con un personaje preparado.
Anoche, mientras el cierzo intentaba convencernos de que el cambio climático también puede tener sentido del humor, Casa Vero seguía funcionando como ese punto de encuentro en el que Zaragoza empieza a reconocerse en modo Pilar. Todavía no hay que sobrevivir a las aglomeraciones del centro, negociar el espacio vital en las barras ni calcular cuántas horas de sueño se pueden sacrificar sin consecuencias administrativas. Pero ya se respira ese ambiente previo a las fiestas, esa mezcla de ganas, expectación y alegría colectiva que anuncia que durante unos días la ciudad va a vivir a otro ritmo.
Y eso es lo bonito de que una cita se convierta en tradición: que deja de ser solamente lo que sucede en un escenario. Pasa a ser también lo que sucede alrededor. Las conversaciones, los encuentros inesperados, las distintas generaciones compartiendo espacio y esa sensación de que, por una noche, no hace falta tener demasiadas cosas en común para pasarlo bien juntos.
Así que sí, para muchos zaragozanos, el Pilar empieza con Casa Vero. Con el Somontano poniendo el vino, la música haciendo de pegamento social y Viñas del Vero demostrando que una marca puede organizar algo más interesante que un acto promocional con muchas copas y demasiados discursos.
Y si el otoño quiere sumarse a la fiesta, estupendo. Pero para el año que viene agradeceríamos que alguien le explicara que una cosa es refrescar el ambiente y otra, bastante diferente, convertirlo en una expedición al Ártico.
Que el Pilar todavía no ha empezado oficialmente, hombre. No hace falta que el cierzo nos prepare para la supervivencia extrema.