Aunque siempre estoy con una crítica en la boca —que para algo la entreno a diario como quien hace gárgaras con vinagre—, hoy vengo a hablar de algo bueno. Sí, han leído bien. No me he dado un golpe en la cabeza ni me han cambiado el café por tila: hoy toca reconocer que, a veces, las cosas se hacen bien. Y cuando se hacen bien, oye, también hay que contarlo.
Pero antes de nada, quiero hablar de mi libro.
Porque resulta que yo también salí al escenario. Premio a la “Mejor difusión gastronómica en redes sociales 2025”. Así, sin anestesia. Un reconocimiento que no esperaba recibir, principalmente porque no me considero dentro de ese perfil. Yo soy más de señalar con el dedo que de posar con la sonrisa. Pero mira, oye, ilusión me hizo. Que una cosa no quita la otra. Que una puede ser ácida, sarcástica y tener mala leche, pero también le gusta que le den una palmadita en la espalda de vez en cuando. Aunque luego la use para seguir repartiendo.
Y ya que hablamos de comunicación, también se otorgó la mención a la “Destacada labor informativa gastronómica” al programa de Aragón Televisión “El Campo es Nuestro”.
Dicho esto, volvamos a lo importante: los premios de la Asociación de Cocineros de Aragón. Una gala que, en contra de lo que uno podría pensar (y de lo que yo misma habría apostado), no fue un desfile de egos inflados como soufflés mal hechos, sino más bien una celebración tremendamente digna del oficio, del producto y de la gente que está detrás de los fogones.
Hubo emoción, por ejemplo, en el recuerdo a Fernando Gutiérrez y Francisco Javier Nicolau. Dos nombres que no saldrán en las guías Michelin pero que han dejado huella en generaciones de cocineros aragoneses. Porque aquí, entre tanto plating y tanto nitrógeno líquido, conviene recordar que la cocina también va de personas. Y de las que enseñan, todavía más.
Luego vinieron los reconocimientos varios, ese momento en el que uno empieza a sospechar que Aragón está lleno de talento aunque no siempre lo parezca. Alejandro López, como cocinero joven destacado. Rubén Coronas, Miguel Galino, Ramón Aso, Josetxo Souto, Iris Jordán, Fabiana Arévalo, Reynol Osorio… una lista que, lejos de sonar a relleno protocolario, tiene bastante más sustancia de la que cabría esperar.
Y luego está el Ternasco de Aragón IGP, elegido como producto más destacado por votación popular. Aquí no hay sorpresa. El Ternasco es a Aragón lo que el cierzo: inevitable, omnipresente y, si me apuran, hasta identitario. Que sí, que muy bien, que apoyo el reconocimiento, pero a ver si empezamos a mirar también a otros productos con el mismo cariño, que despensa no nos falta.
Eso sí, uno de los momentos más interesantes fue el reconocimiento a la labor docente de Eduardo Comín y el homenaje a Ángel Sescún. Porque si algo quedó claro durante la velada es que el futuro de la cocina aragonesa no se está improvisando: se está formando. Y eso, en un sector donde muchas veces todo se aprende a base de golpes, es casi revolucionario.
Pero vamos al plato fuerte. Nunca mejor dicho.
El XXIII Certamen de Aragón de Cocina ‘Lorenzo Acín’ nos dejó una conclusión clara: el talento joven viene pisando fuerte. Pero fuerte de verdad, no de ese fuerte que luego se queda en espuma.
Los ganadores, Pedro Rivera (Restaurante Gayarre) y Pablo Marcén (Cafetería San Siro), ambos del Grupo La Bastilla, se marcaron un plato con un nombre que ya es toda una declaración de intenciones: “El secreto de la Toscana aragonesa esconde una carbonara, trufa, colmenillas, tarta de queso y un mapa de Teruel”.
Vamos a detenernos aquí un segundo.
Carbonara. Trufa. Colmenillas. Tarta de queso. Y un mapa de Teruel.
Esto, en manos equivocadas, podría haber sido un desastre de proporciones bíblicas. Un Frankenstein culinario digno de pesadilla. Pero no. Resulta que lo hicieron bien. Muy bien. Lo suficiente como para llevarse el primer premio, 1.000 euros y el pase al certamen nacional de Facyre en 2027.
Y lo más interesante no es solo el plato, sino la actitud: hablaron de compañerismo, de buen ambiente, de ganas de representar a Aragón. Sin grandilocuencias impostadas. Sin esa épica de cartón piedra que tanto gusta en otros sectores.
En segundo lugar, Rubén Espeleta y Alejandro Ibáñez, del Restaurante Fendo (Huesca), apostaron por un “Secreto de cerdo de Teruel con puré de coliflor de cuaresma caramelizada, puré de queso IGP Teruel y azafrán y salsa Robert”. Aquí ya entramos en un terreno más clásico, más reconocible, pero ejecutado con una precisión que también tiene su mérito. Porque hacer algo aparentemente sencillo y hacerlo bien sigue siendo una de las cosas más difíciles en cocina.
El tercer puesto fue para Jorge Muñoz, de La Era de los Nogales (Sardas, Huesca), con un “Secreto con aire de queso de Teruel y azafrán del Jiloca”. Aire. Esa palabra que durante años ha sido objeto de bromas y memes gastronómicos, pero que, cuando se utiliza con sentido, sigue teniendo su lugar.
El concurso tenía además una dificultad añadida: el plato obligatorio debía incluir secreto de Cerdo de Teruel IGP y queso de Teruel. Producto local, sin atajos. Y, por si fuera poco, una menestra con ingredientes presentados en una cesta sorpresa. Nada como poner a prueba la creatividad con ingredientes que no controlas para ver quién sabe realmente cocinar y quién sólo sabe montar platos bonitos para Instagram.
Por cierto, los ganadores también se llevaron el premio a la mejor menestra. Doblete. Que no está nada mal.
Y luego estaban los finalistas. Jóvenes, muy jóvenes algunos. Salma Romero, África García, Víctor Sáenz, Iván Cucalón, Israel Gracia, Djibi Niang… nombres que hoy suenan lejanos para el gran público pero que, visto lo visto, conviene empezar a memorizar.
Porque aquí viene lo que de verdad me impactó.
La edad.
Y el talento.
Una está acostumbrada a escuchar que el futuro de la cocina está en los jóvenes. Frase manida donde las haya. Pero claro, luego ves a estos chavales -sí, chavales- plantarse en una cocina, enfrentarse a un concurso de este nivel y sacar platos con sentido, con técnica y con discurso… y se te cae un poco el cinismo al suelo.
No todo, tampoco nos vengamos arriba. Pero algo sí.
Lo que vi en ese certamen no fue solo habilidad técnica. Fue cabeza. Fue respeto por el producto. Fue intención. Y eso, en un momento en el que la gastronomía a veces parece más preocupada por la foto que por el sabor, es casi un acto de resistencia.
Así que sí, lo voy a decir claramente, aunque me duela un poco escribir cosas bonitas en estas líneas: al futuro de la cocina aragonesa se le auguran tiempos grandes.
Grandes de verdad.
Y no porque lo diga un político en un discurso, ni porque quede bien en una nota de prensa. Sino porque hay una generación que viene empujando con ganas, con formación y, lo más importante, con criterio.
Y mientras ellos cocinan ese futuro, yo seguiré aquí, con mi crítica en la boca, mirando de reojo, aplaudiendo cuando toque… y pinchando cuando haga falta.
Que alguien tiene que hacerlo.