Hay una cosa que me fascina del mundo del vino: somos capaces de gastarnos una cantidad indecente de dinero en una botella porque procede de una parcela minúscula situada a 9.437 kilómetros de nuestra casa, pero podemos pasar por delante del vino que lleva toda la vida en la tienda de nuestro pueblo como si fuera una botella de gaseosa caducada.
Nos hemos vuelto unos snobs (por no usar otro adjetivo “descalificativo”).
Y yo la primera. Lo reconozco mientras me doy golpecitos en el pecho como acto de contrición.
Ahora parece que, para beber vino con cierta dignidad, hay que saber pronunciar correctamente terroir, conocer la orientación de una ladera perdida en la Borgoña, distinguir un suelo calcáreo de otro arcilloso sin necesidad de tocarlo y, si puede ser, contar durante el aperitivo que ese vino procede de una parcela de 0,73 hectáreas plantada en 1968 por un señor cuyo nombre ya nadie recuerda.
Si además podemos decir que solo se elaboran 1.284 botellas y que la uva se vendimia a mano en cajas de 12 kilos, mejor.
Nos hemos convertido en unos auténticos Indiana Jones de la copa.
Y mientras tanto, nuestros vinos de siempre, esos que han estado en las mesas de nuestros padres, abuelos y bares de toda la vida, esperando a que les hagamos caso.
Ayer estuve en la XXXVI Fiesta de la Vendimia de la DOP Campo de Borja, celebrada en el Monasterio de Veruela. Y durante el almuerzo, servido en ese imponente refectorio que ya tiene suficiente solemnidad como para hacer que cualquiera se comporte durante cinco minutos como una persona adulta, compartí mesa con las Reinas de las Fiestas de Ainzón, la Reina de la Vendimia y dos socios de la Cooperativa Bodegas Ainzón con sus respectivas parejas.
Y aclaro lo de los socios porque ya me estoy imaginando al lector pensando en dos nonagenarios con boina a rosca, manos curtidas por la viña y una sabiduría acumulada desde la Guerra Civil.
Pues no.
Les echo algún que otro año menos que yo. Que tampoco es una edad precisamente de guardería.
Hablamos de la vendimia, de cómo apunta la añada, de comercialización, de las dificultades que están generando determinadas regulaciones y legislaciones europeas para las bodegas y, como era inevitable, del Moscatel de Ainzón.
Y ahí apareció una pregunta que, cuanto más la pienso, más me inquieta: ¿por qué hemos dejado de valorar el Moscatel de Ainzón?
La pregunta tiene bastante guasa porque yo soy la primera que debería recibir un capón.
Mi historia con el Moscatel de Ainzón comienza prácticamente desde que tengo uso de razón. En mi caso, el vino dulce no se aprendía en una cata con copas Riedel, manteles blancos y alguien explicando aromas de flor de azahar.
Se aprendía en Borja.
Cuando era niña y visitaba el pueblo había una parada prácticamente obligatoria: ir a ver a las monjas de clausura. Y allí aparecía la pregunta ritual:
“¿Han merendado las chicas?”.
La respuesta daba bastante igual.
Porque inmediatamente aparecía un vasito de Moscatel acompañado de una españoleta o cualquier dulce que hubiese a mano.
Y aquello era la felicidad.
Un vino dulce, una pasta y la sensación de que aquello debía de ser perfectamente normal. Nadie hablaba de maridajes. Nadie decía que tenía notas de fruta madura, miel, flores blancas o pasas. Nadie necesitaba explicar nada.
Se bebía.
Y punto.
Antes, una botella de Moscatel de Ainzón no era un producto exótico. Era parte del paisaje. Estoy convencida de que no faltaba en muchas casas de Aragón. Estaba en las celebraciones, en las visitas, en los postres y en ese momento indeterminado después de comer en el que alguien sacaba una botella y, de repente, parecía que todavía cabía un poquito más.
Hoy, sin embargo, hemos sofisticado tanto el asunto que casi necesitamos un máster para elegir qué beber.
Nos hemos obsesionado con lo raro, lo pequeño, lo exclusivo, lo remoto. Nos encanta poder decir que hemos conseguido una botella que solo se comercializa en una vinoteca de una aldea perdida de la Toscana y que el enólogo conoce personalmente al viticultor.
Pero igual resulta que tenemos una botella de Moscatel de Ainzón a veinte minutos de casa y ni nos acordamos de ella.
Y aquí está mi pequeña contradicción.
Yo tampoco lo bebo.
O, al menos, no lo bebo habitualmente.
No soy especialmente fan de los vinos dulces y, desde que empecé a beber vino de adulta, siempre he tenido más inclinación hacia las variedades secas. Por tanto, sería bastante hipócrita colocarme ahora la medalla de defensora histórica del Moscatel mientras me voy tranquilamente a por una copa de blanco seco.
Pero precisamente por eso creo que merece la pena recuperar la conversación.
Porque quizá el problema no sea el Moscatel.
Quizá el problema somos nosotros.
Hemos aprendido a buscarle una historia al vino de la otra punta del planeta y hemos olvidado las historias que ya teníamos en casa.
Y el Moscatel de Ainzón tiene unas cuantas.
Además, quizá también nos hemos empeñado en colocarlo en un sitio que ya no le corresponde. ¿Quién ha dicho que un vino dulce tiene que limitarse al postre?
Un buen Moscatel puede plantarse delante de un queso potente y aguantarle la mirada sin pestañear. Puede acompañar curados, ahumados y salazones. Puede funcionar estupendamente con determinados platos de cocina asiática, especialmente cuando aparece ese toque picante que hace que una copa fresca y dulce deje de parecer una antigualla y se convierta en una solución bastante inteligente.
Y, sin embargo, hemos permitido que otros vinos dulces se lleven toda la tostada.
Nos hemos acostumbrado a mirar hacia fuera para encontrar lo que ya teníamos dentro.
Quizá toca volver a mirar.
No estoy diciendo que abandonemos las botellas de parcelas imposibles, las variedades minoritarias ni los vinos que requieren un mapa para explicar de dónde vienen. Yo también disfruto de todo eso. El problema aparece cuando confundimos conocimiento con postureo y sofisticación con distancia.
Porque saber mucho de vino está fenomenal.
Pero también debería estarlo recordar cuál era el vino que bebíamos antes de saber que existía la palabra terroir.
Yo, por lo pronto, me aplico el cuento.
La próxima vez que vaya a una tienda de vinos, voy a buscar una botella de Moscatel.
Y probablemente me lo tomaré con algo salado, con un queso de los que hacen sudar a una copa y, sobre todo, con la memoria de aquellas meriendas de niña en Borja.
Porque quizá recuperar nuestros vinos no consista en convertirlos en objetos de culto, ponerles una etiqueta en inglés y venderlos como la nueva gran tendencia.
Quizá consista simplemente en volver a beberlos.
Yo la primera.