#WhatIEatInADay: el reality culinario donde nadie friega los platos

La vida ya es bastante complicada como para convertir cada comida en un casting

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
03 de Marzo de 2026
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#WhatIEatInADay: el reality culinario donde nadie friega los platos
#WhatIEatInADay: el reality culinario donde nadie friega los platos

Estoy volviendo a ver un repunte glorioso, omnipresente y sospechosamente brillante del hashtag #WhatIEatInADay y, si no es así, es el puñetero algoritmo que ha decidido castigarme con la vara de su criterio bipolar. Y mira que yo pensaba que ya lo habíamos superado, como las hombreras ochenteras y el zumo detox de apio con pepino y cuarto y mitad de esperanza. Pero no. Ha regresado. Como los villanos en los culebrones de los noventa.

Por si no vives pegado al móvil y todavía tus retinas se mantienen vírgenes, te explico de qué va la cosa. El formato es sencillo y aparentemente inocente: alguien se graba durante todo el día enseñando absolutamente todo lo que come. Desayuno, media mañana, comida, merienda, cena y, si el algoritmo lo permite, hasta el sorbo de agua con limón a las 23:47 porque “me apetecía algo ligero”.

La gracia está en que no solo muestran la comida, no. Te enseñan el proceso completo, como si fueran semifinalistas de MasterChef pero sin jueces, sin presión y sin manchas en la encimera. Todo es armonía. Cortan fruta con precisión quirúrgica, baten smoothies de un color que no existe en la naturaleza y hornean panes integrales mientras sonríen con la serenidad de quien jamás ha tenido que fregar una sartén requemada.

Y aquí es donde, a mí, se me empieza a torcer el hocico.

Porque vamos a ver. Esa persona que se levanta a las seis de la mañana para prepararse un bol con yogur griego ecológico, arándanos salvajes recolectados a mano por duendes nórdicos, semillas de chía activadas durante doce horas y mantequilla de almendra casera… ¿A qué hora vive? ¿A qué hora trabaja? ¿Cuándo lleva a los críos al cole? ¿En qué momento tiende una lavadora o discute con la compañía telefónica de turno?

En estos vídeos nadie llega tarde. Nadie quema el pan. Nadie se come una tostada de pie mientras se ata la zapatilla. Todo es un ballet nutricional donde cada ingrediente cae en cámara lenta como si estuviera rodado por un director sueco muy intenso.

Yo no digo que no haya gente organizada. Claro que la hay. Pero la narrativa constante de estos vídeos da a entender que lo normal, lo esperable y lo deseable es dedicarle a cada comida el mismo tiempo que a una declaración de la renta. Y eso, además de poco realista, es directamente agotador.

Porque si algo tienen estos contenidos es que convierten lo cotidiano en una competición silenciosa. De repente tu café con leche con galletas de toda la vida parece una derrota moral. Tu plato de lentejas del martes es un fracaso estético. Tu bocadillo rápido antes de una reunión es casi una confesión de debilidad.

Y eso, lo mires por donde lo mires, tiene peligro.

Primero, porque distorsiona la percepción de lo que es una alimentación equilibrada y viable. La mayoría de esos vídeos están cuidadosamente editados. No vemos los días malos. No vemos el “hoy he pedido pizza porque no me daba la vida”. No vemos el picoteo emocional frente al frigorífico. Solo vemos la versión premium del día. La edición deluxe. El tráiler, nunca la película completa.

Segundo, porque muchos de estos perfiles presentan ingestas que, bajo la etiqueta de healthy, pueden ser claramente insuficientes. Raciones minúsculas, platos que parecen diseñados más para una sesión de fotos que para alimentar a un ser humano con obligaciones. Y como se presentan con música relajante y luz natural, todo parece virtuoso. Pero una ensalada de hojas con tres garbanzos no deja de ser eso, por mucho filtro cálido que le pongas.

Tercero, porque fomentan una relación obsesiva con la comida. La idea de que cada bocado debe ser planificado, documentado y validado por una audiencia. Comer deja de ser una necesidad fisiológica y social para convertirse en un contenido. En un producto. En una marca personal.

Y aquí es donde a mí se me enciende la alarma, que ya tengo unas cuantas primaveras y he visto modas pasar como los trenes por la estación de Delicias.

Cuando la alimentación se convierte en espectáculo constante, corremos el riesgo de trivializar algo que es complejo. No todos tenemos el mismo tiempo, el mismo presupuesto ni las mismas circunstancias. No todos podemos ir al mercado ecológico cada sábado ni preparar cinco comidas diferentes al día con ingredientes de catálogo escandinavo.

Además, hay un sesgo tremendo. Los cuerpos que aparecen en estos vídeos suelen ser normativos, tonificados, impecables. El mensaje implícito es claro: come así y serás así. Y eso, además de simplista, es profundamente injusto. Porque el cuerpo humano no funciona con ecuaciones de influencer.

Lo más irónico es que muchas de estas creadoras y creadores hablan de equilibrio mientras viven en una planificación milimétrica. Equilibrio sería poder desayunar tostadas con tomate un día y chocolate con churros el domingo sin sentir que has traicionado a tu yo fit interior. Equilibrio es no necesitar grabarte masticando para validar que lo estás haciendo bien.

Y luego está el tema del tiempo, que me tiene fascinada.

De verdad que quiero conocer a la persona que, después de trabajar ocho horas, hacer ejercicio, recoger a los niños, responder correos y tender la ropa, se pone a preparar unas galletas de avena, cacao puro, nueces activadas y dátiles deshuesados artesanalmente. Y encima lo graba con trípode, cambia planos y edita con música suave. Esa persona no vive en mi dimensión espaciotemporal.

Yo, si consigo que la cena no se me enfríe mientras busco el mando de la tele, ya me doy por satisfecha.

No me malinterpretes. Me encanta la gente que cocina, que disfruta, que comparte recetas. Eso es maravilloso. Pero otra cosa es vender una rutina inalcanzable como si fuera el estándar mínimo de decencia nutricional.

Porque entonces lo que hacemos es generar culpa. Y la culpa es un condimento que no figura en ninguna pirámide alimentaria, pero que se sirve a diario en redes sociales.

La vida real es desordenada. A veces comes perfecto y a veces sobrevives a base de lo que pillas. Hay días de ensaladas coloridas y días de croquetas recalentadas. Y no pasa nada. El cuerpo no lleva un Excel interno que te penalice por no haber añadido semillas de lino molidas a las 17:32.

Me preocupa, sobre todo, la gente joven que consume estos vídeos como si fueran manuales de instrucciones. Que piensa que, si no tiene cinco comidas “instagrameables” al día, está fallando. Que empieza a medir, pesar y controlar cada detalle con una rigidez que roza lo obsesivo.

La alimentación debería ser una herramienta para vivir mejor, no un examen continuo.

Así que sí, me parece fantástico que alguien quiera compartir lo que come. Pero me parecería todavía más honesto que, junto al bol de açai perfectamente decorado, apareciera un cartel que dijera: “Esto es una versión editada de mi día. No siempre es así. Y no pasa nada”.

Mientras tanto, yo seguiré desayunando mi té con leche poco “aesthetic”, sin grabarlo, y cenando lo que toque según el caos del día. Y si algún día me animo a subir un #WhatIEatInADay, te aseguro que incluiré el café a medio terminar a las 13:00, el yogur que caducaba ayer y el trozo de bizcocho que me como sin pedirle permiso a nadie.

Porque la vida ya es bastante complicada como para convertir cada comida en un casting.

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