¿Y si dejamos de comer lechuga? Tranquilos, que el apocalipsis todavía no ha llegado a la ensalada

Lo que sí resulta bastante tontorrón es utilizar un brote alimentario localizado para construir la conclusión de que comer lechuga es peligroso

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
01 de Septiembre de 2026
Guardar
La lechuga, un imprescindible en nuestras vidas
La lechuga, un imprescindible en nuestras vidas

Hay momentos del año en los que una echa de menos la normalidad. Y cuando digo normalidad me refiero a cosas bastante concretas: el fútbol en la televisión, los políticos ocupando sus escaños y discutiendo por cualquier cosa que permita a los tertulianos llenar tres horas de programación.

Nunca pensé que llegaría a decir esto, pero estoy deseando que vuelva el fútbol y que nuestros políticos regresen al Congreso.

Porque cuando escasean las noticias pasan estas cosas.

Una se levanta tranquilamente, abre el móvil y se encuentra con que hay una nueva amenaza para la humanidad.

La lechuga.

Sí, la lechuga.

Mi último microinfarto informativo ha venido en forma de iceberg. Y no precisamente del que hundió al Titanic.

Resulta que Estados Unidos lleva meses lidiando con un importante brote de ciclosporosis vinculado epidemiológicamente a lechuga iceberg procedente del centro de México. Los datos oficiales actualizados a finales de agosto hablan de 11.458 casos asociados al brote, 495 hospitalizaciones y dos fallecimientos. La FDA y los CDC han seguido el rastro hasta determinados productos de lechuga procesada de Taylor Farms de México, que llegaron a establecimientos como Taco Bell y a supermercados estadounidenses. La empresa retiró voluntariamente el producto en julio y las autoridades estadounidenses aseguran que la mercancía afectada ya no está en el mercado.

Hasta aquí, una alerta alimentaria seria.

Y ahora llega la parte en la que algunos medios españoles parecen haberse preguntado: ¿y si dejamos de comer lechuga?

Perdonen, pero necesito un minuto.

¿La lechuga?

¿Toda?

¿La romana también? ¿La hoja de roble? ¿Los cogollos? ¿La maravilla? ¿Vamos a tener que declarar la escarola zona de exclusión?

Me imagino la escena en un supermercado español: una señora delante de la sección de frutas y verduras mirando una bolsa de ensalada como quien contempla una granada de mano.

“¿Esto de dónde viene?”

“De España”.

“Ya, pero ¿y si acaso?”

Y ahí es cuando uno comprende que quizá el problema no sea la lechuga.

Quizá el problema sea nuestra maravillosa capacidad para convertir una alerta alimentaria localizada en una crisis existencial global.

Porque lo que ha ocurrido en Estados Unidos no es que la lechuga, como especie vegetal, haya decidido declararnos la guerra. El causante, por cierto, tiene un nombre que parece sacado de una tertulia de sociedad: Cyclospora cayetanensis. Cayetanensis. Ya solo le falta llevar un mocasín sin calcetín, tener un palco en Las Ventas y llamar “evento” a una comida de doce personas. Una escucha cayetanensis y espera que detrás aparezca un señor peinado a gomina explicándonos que la diarrea es una cuestión de clase.

Ya paro.

Me pongo seria.

Este parásito puede transmitirse a través de alimentos o agua contaminados con materia fecal humana. Y sí, dicho así, apetece dejar de comer hasta aire.

Pero precisamente por eso existen los sistemas de control alimentario, la trazabilidad, los requisitos higiénicos, las inspecciones, los autocontroles, los análisis, las retiradas de producto y toda esa maravillosa burocracia que tanto nos gusta hasta que alguien pregunta para qué sirve.

Lo que ha ocurrido es un problema de seguridad alimentaria concreto, con un producto concreto, una cadena de suministro concreta y un origen concreto. No una conspiración internacional de la Lactuca sativa.

Y aquí es donde me hace especialmente gracia la tendencia a trasladar automáticamente el problema a nuestra nevera.

Porque estamos hablando de un producto procedente de una cadena de suministro estadounidense vinculada a lechuga de una determinada zona de México. No de la lechuga que acaba de comprar tu madre en la frutería de debajo de casa.

La propia FDA mantiene que la retirada afectó a la lechuga iceberg procedente del centro de México distribuida por Taylor Farms de México y que los productos retirados ya han superado sus fechas de consumo preferente.

Así que no, de momento no parece necesario organizar una evacuación de la ensalada de Murcia.

Y aquí viene otra de mis partes favoritas: Estados Unidos planteándose qué hacer con la lechuga.

Hombre.

Hay que reconocerles cierta coherencia.

El país que ha conseguido convertir una hamburguesa en una estructura arquitectónica de varios pisos ahora podría estar planteándose eliminar una de las pocas cosas verdes que se atreven a aparecer entre el pan, la carne, el queso, las salsas y otros 47 ingredientes de procedencia emocionalmente difícil de determinar.

“Quitamos la lechuga del menú”.

Perfecto.

Porque evidentemente el problema nutricional de un menú compuesto por un Big Mac, patatas y refresco era esa hoja de iceberg de tres centímetros cuadrados que alguien puso encima de la carne para poder decir que llevaba verdura.

La lechuga era la última esperanza.

Y ahora nos la quieren quitar.

Pero cuidado: aquí tampoco quiero caer en la caricatura fácil de “la intoxicación no es para tanto”. Sí lo es para quien la sufre. La ciclosporosis puede provocar diarrea intensa y prolongada, pérdida de peso, cólicos, fatiga y deshidratación, y puede ser más grave en personas inmunodeprimidas o con determinadas condiciones de salud. La propia FDA advierte de que puede requerir atención médica y hospitalización.

Por tanto, no: no estamos ante una tontada.

Lo que sí resulta bastante tontorrón es utilizar un brote alimentario localizado para construir la conclusión de que comer lechuga es peligroso.

Porque siguiendo esa lógica habría que prohibir prácticamente cualquier alimento.

¿Pollo? Salmonella.

¿Huevos? Salmonella también, que parece que la bacteria tiene nómina en el sector avícola.

¿Marisco? Histamina, virus, bacterias y cualquier otra criatura microscópica que haya decidido pasar las vacaciones junto al Mediterráneo.

¿Arroz? Bacillus cereus.

¿Atún? Histamina.

¿Setas? Mejor ni hablamos.

¿Leche? Tenemos un episodio entero.

La seguridad alimentaria no consiste en conseguir que un alimento sea metafísicamente incapaz de causar daño. Consiste en establecer controles para minimizar los riesgos, identificar los problemas cuando aparecen, retirar los productos afectados y proteger especialmente a las personas vulnerables.

Y eso es precisamente lo que se ha hecho en este caso.

La FDA ha seguido investigando, ha realizado inspecciones, ha trabajado con las autoridades mexicanas y ha confirmado que el producto retirado ya no debería encontrarse en tiendas ni restaurantes.

Por cierto, los dos fallecimientos registrados en Michigan son una tragedia y no deberían utilizarse para frivolizar con el brote. Las autoridades indicaron que ambas personas tenían problemas de salud importantes que pudieron verse agravados por la infección y la deshidratación.

Precisamente por eso hay que poner los datos en contexto.

Dos fallecimientos entre 11.458 casos asociados al brote no convierten a la lechuga en una sustancia letal. Tampoco significa que la infección sea inocua. Significa que hay que aprender a leer cifras sin convertirlas en titulares de película de catástrofes.

Porque si cada vez que aparece una alerta alimentaria decidimos eliminar de nuestra dieta el alimento implicado, al final vamos a acabar comiendo únicamente aire.

Y cuidado con el aire.

Que en algunas ciudades también está para retirarlo del mercado.

Así que, por favor, que vuelva el fútbol.

Que vuelvan los debates parlamentarios.

Que vuelva incluso ese señor de la tertulia que lleva ocho años diciendo exactamente lo mismo.

Porque necesito desesperadamente volver a enfadarme por cosas normales.

Necesito abrir el móvil y encontrarme a un político diciendo una barbaridad.

Necesito discutir con alguien sobre un penalti.

Necesito recuperar esa paz interior que proporcionan las noticias de siempre.

Porque si seguimos así, dentro de dos días aparecerá un titular diciendo:

“¿Está poniendo en peligro su salud por comer tomate?”

Y yo ya no puedo más.

Que bastante tenemos con los políticos como para empezar también a sospechar de la ensalada.