Antón Castro cierra una etapa tras casi 40 años de periodismo: "Todo el mundo tiene algo hermoso, conmovedor o fieramente humano que contar"

Tras una brillante trayectoria, afronta el nuevo tiempo con incertidumbre, ganas de escribir y la curiosidad intacta

31 de Agosto de 2026
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Antón Castro, con 'En el centro del jardín'. Foto Javier Cebollada
Antón Castro, con 'En el centro del jardín'. Foto Javier Cebollada

Hay algo profundamente revelador en la manera en que Antón Castro habla de sí mismo: después de una vida llena de libros, periódicos, viajes, encuentros, palabras y reconocimientos como el Premio Nacional de Periodismo Cultural o el Premio de las Letras Aragonesas, conserva el asombro de quien no termina de creerse del todo su propio camino. Habla de sus inseguridades con una naturalidad desarmante y atribuye buena parte de lo vivido a una sucesión de casualidades, invitaciones y afectos. Como si, en lugar de haber perseguido un destino, hubiera aprendido a reconocerlo mientras avanzaba.

Cuando busca una palabra para definirse, después de tantos años de oficio, no escoge periodista, escritor ni crítico. Elige "contador de historias". Ahí está, probablemente, la clave de su mirada. En la forma de escuchar, en la curiosidad que todavía conserva, en esa atención hacia aquello que permanece oculto detrás de una persona. Los nombres ilustres forman parte de su memoria, pero no parecen ser lo que más le importa. Lo que de verdad le ha enseñado la vida está también en quienes le han confiado una conversación, un recuerdo o una historia nacida lejos de los focos. Para él, cada ser humano guarda algo hermoso, conmovedor o fieramente humano que merece ser contado.

Su manera de entender la cultura participa de esa misma exigencia. Le inquieta lo inmediato, lo que nace para ser consumido y desaparece sin dejar poso; le importa, en cambio, aquello que permanece, que necesita tiempo, imaginación y una mirada capaz de ir más allá de la superficie. Y, sin embargo, su diagnóstico no nace del desencanto. Al contrario: se emociona ante la cantidad de personas que siguen creando, soñando y tratando de explicar el mundo con talento y generosidad. La esperanza aparece en él como una forma de resistencia.

También resulta revelador aquello que llama felicidad. No la confunde con una vida sin heridas. Sabe de las pérdidas, las dudas, la injusticia y el dolor, pero ha escogido otra dirección: "Prefiero reír a llorar". En esa frase cabe buena parte de su forma de estar en el mundo. La poesía, los libros, la amistad, la conversación, una bicicleta, una fotografía o la fascinación de sus nietas ante una historia ilustrada adquieren el valor de las cosas que no necesitan grandeza para salvar un día.

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Y ahora, cuando se encuentra por primera vez ante un tiempo que ya no está organizado por las obligaciones del periodismo, aparece una incertidumbre casi juvenil: "¿Qué será de mí?". Hay algo especialmente hermoso en esa pregunta. Después de haber dedicado tantos años a contar las vidas de los demás, Antón Castro vuelve a encontrarse frente a la página en blanco. Quizá no sea un final, sino otra manera de empezar: con más calma, menos ruido y el mismo deseo de siempre de encontrar una historia que todavía no ha sido contada.

Cristina fernández Cubas con Antón Castro.
Cristina fernández Cubas con Antón Castro.

PREGUNTA: Si pudiera volver a hablar con el niño que fue, ¿qué cree que le sorprendería del hombre en el que se ha convertido?

RESPUESTA: Supongo de que de la cantidad de cosas que he hecho a pesar de mi infinita inseguridad en casi todo. He trabajado en la vendimia, he intentado ser labrador y artesano, he trabajo casi cinco años en un bingo, y he dado conferencias a los 20 años en mi lengua nativa en el Centro Gallego de Zaragoza, hasta me matriculé en COU nocturno en el Instituto más audaz y transgresor de la ciudad. Y un día, Plácido Díez Bella y Lola Ester me dieron la oportunidad de trabajar de periodista. Empecé en El Día de Aragón el 1 de julio de 1987 y lo he dejado un 31 de julio de 2026. Casi 40 años. Trabajé en varios periódicos (El Día, El periódico de Aragón, ABC, Diario de Teruel como columnista en los días de José Joaquín Berdún, en El Correo Gallego, en Heraldo, etcétera), colaboré en radio, hice casi 400 programas de televisión. Eso era impensable. En realidad, le diría que la vida me ha tomado la delantera, que ha pensado por mí y me fue guiando de la mano para que no sintiera pánico.

P: De la herencia de su madre cuentacuentos y su padre emigrante, ¿qué rasgo permanece hoy más vivo en su forma de mirar el mundo?

R: Yo creo que el de mi madre. Ella me contaba cuentos de todo tipo y esa vocación sigue ahí. Ella pensaba que era una mujer sin imaginación, y quizá fuese así, pero lo sobrenatural y lo mágico siempre invadían sus palabras, y ella tan tranquila: al fin y al cabo sostenía que solo decía la verdad, que únicamente contaba lo que había vivido. De ella, claramente, he heredado la pasión por las historias.

P: ¿Por qué decidió firmar como Antón Castro y no con su nombre completo?

R: Al principio firmé como Antón R. Castro, pero al final, creo que en 1986 elegí ese nombre, tan galaico. Entonces, mi sueño era convertirme en escritor en gallego. En 1987 gané el premio Álvaro Cunqueiro con un texto sobre María Callas. Algunos medios titularon: “El aragonés Antón R. Castro gana el premio Cunqueiro”. Empezaba entonces, y el polígrafo Eloy Fernández Clemente me mandó el recorte y añadía: “Vaites, vaites”, una expresión de incredulidad...

P: Habiendo habitado entre Galicia y Aragón, ¿en qué momento dejó de sentirse un visitante para convertirse en alguien que pertenece a dos tierras?

R: De manera definitiva en 1987, cuando entré en El Día de Aragón, y de un modo aún más excepcional cuando firmé con el pintor e ilustrador José Luis cano el libro Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados (Gobierno de Aragón, 1992), dedicado a 38 personajes históricos de esta tierra: desde San Jorge y Marcial a Miguel Labordeta.

Antón Castro. Foto Aránzazu Navarro
Antón Castro. Foto Aránzazu Navarro

P: Si tuviera que despojarse de todas sus etiquetas profesionales —periodista, crítico, divulgador—, ¿cuál es la única que conservaría para explicar quién es?

R: Quizá una muy tópica: la de contador de historias. O la de romancero, como se dice en aragonés. Mi madre, de niño, me llamaba Planetas porque decía que inventaba mentiras tan grandes como el mundo.

P: ¿Existe alguna persona real que haya entrevistado o conocido cuya historia haya cambiado su visión de la vida más que cualquier obra literaria?

R: No sabría qué decir: de muy joven estuve varias horas con Gonzalo Torrente Ballester en el Gran Hotel y lo pasé de maravilla, aprendí mucho de la vida y de la literatura, del amor, de la familia y del mar. Y luego recibí una lección inesperada: volví a verlo en un ascensor en un premio Planeta, le recordé nuestra cita, de algunos meses atrás, y me dijo: “No me acuerdo de usted ni de nada”. Y viví otro momento excepcional con María Kodama, en un comedor también del Gran Hotel: durante tres horas me habló de Borges y me quedé con una frase: “María, me gusta ver el mundo a través de sus ojos”. A Ildefonso-Manuel Gil lo había leído como experto en García Lorca, lo conocí aquí como poeta y narrador, y durante algunos años tomaba café con él y con Pepe Melero casi todos los días; él había estado con todos: Lorca, Gómez de la Serna, Benjamín Jarnés, Francisco Ayala, José Manuel Blecua…, y hablaba de ellos como si fueran tantos años después amigos y compañeros de tertulia. Esos fueron instantes muy especiales, sin duda, pero de quién más he aprendido ha sido de la gente, conocida o desconocida, que me contaba sus historias; por ejemplo, me sucedió de modo especial en Camarena de la Sierra, y eso dio lugar a Los pasajeros del estío, y en Cantavieja, de un sinfín de narraciones orales y de la memoria poética de María Tena, nació mi libro El testamento de amor de Patricio Julve.

"La condición humana es el relato más fascinante y enigmático que existe"

P: ¿Qué faceta de usted solo puede expresarse en gallego y cuál ha descubierto que solo puede habitar a través del castellano?

R: La memoria familiar y algunas canciones, en gallego, la conversación con mis padres, ya desaparecidos, bajo una higuera o cuando pedaleo en la bicicleta. Todo lo demás, en castellano. Los relatos y poemas que he dedicado a Aragón, sobre todo.

P: Después de haber conocido y escuchado a tantas personas, ¿qué es lo que más ha aprendido a valorar en los demás?

R: Todo el mundo tiene algo hermoso, conmovedor o fieramente humano que contar. Y este oficio, el periodismo y la literatura, se alimentan de la imaginación, la emoción y la empatía. La condición humana es el relato más fascinante y enigmático que existe.

Antón Castro, en Villarroya de la Sierra, en 1989. Foto Carlos Moncín
Antón Castro, en Villarroya de la Sierra, en 1989. Foto Carlos Moncín

P: ¿Qué le preocupa de la cultura de hoy y qué cree que estamos haciendo mejor que hace unas décadas?

R: Lo que me preocupa es que hacemos una cultura de escaparate, inmediata, sin poso, como si todo tuviese que encerrarse en las redes sociales, sin una proyección de fondo. Y cuando acertamos en algo, no lo acompañamos con sutileza, con ideas, con imaginación y con verdadera implicación. ¿Por qué no tenemos un Centro del Libro de Aragón con un buen espacio, con el legado de nuestros autores, en este momento de absoluto esplendor? ¿Por qué esta tierra de cine no tiene un gran centro audiovisual, dinámico y creativo? Frente a esa incapacidad de mirar adelante, atrás y en derredor, con un sentido vasto del horizonte, hay algo excepcional: Aragón es tierra de múltiples talentos y eso se ve a diario en todas las disciplinas, aunque nos falte industria en casi todas, empezando por el cine. Lo que más me emociona es que mucha gente crea y sueña y quiere explicar el mundo con brillantez, entrega y generosidad aunque tenga grandes dificultades.

P: ¿Qué le atrae de los personajes perdedores y esquinados?

R: Se suele decir que en la vida cotidiana la bondad es revolucionaria, pero ¿a quién le interesan esas historias? Los personajes perdedores, periféricos o esquinados resumen mejor que nadie esa corriente alterna que supone vivir.

"Los personajes esquinados resumen mejor que nadie esa corriente alterna que supone vivir"

P: ¿Qué decisión de su vida ha resultado más determinante para llegar hasta donde está hoy?

R: Aceptar aquella invitación de Plácido Díez Bella, en un cuarto de El Día de Aragón: “¿Te gustaría hacer prácticas de verano con nosotros?”. Sin saberlo, pareció expresar un deseo que mi padre formuló en una ocasión: “Ojalá fueras algún día un buen periodista”. Y antes hubo otra decisión: cuando me sentía un fracasado sin porvenir, por un beso en un tren decidí regresar a Zaragoza y quedarme aquí.

Pepe Melero y Antón Castro. Foto Beatriz Gimeno
Pepe Melero y Antón Castro. Foto Beatriz Gimeno

P: ¿Qué le han enseñado sus amigos sobre usted mismo que nunca habría descubierto escribiendo a solas?

R: Que la amistad es una de las mejores cosas que se han inventado en el mundo. Y muchos de ellos, me regalaron el aliento y la autoestima que yo no tenía. Ahora mismo, tras anunciar que dejaba Heraldo, a iniciativa de Fernando Sanmartín, Pepe Melero y Adolfo Ayuso, he recibido el maravilloso testimonio de todo el cariño: una carta manuscrita con hojas o flores evocadoras de más de 40 personas. Si de algo no me quejo nunca es de los excelentes amigos que he tenido y tengo en todos los rincones.

P: ¿Qué ha tenido que sacrificar para convertirse en el hombre y el escritor que es hoy?

R: Realmente, creo que pocas cosas. Lo más evidente, ha sido que he vivido 47 años lejos de Galicia y del mar. Todo lo que soy se lo debo a Aragón y sus gentes...

P: Después de toda una vida contando las vidas ajenas, ¿qué historia propia sigue todavía sin atreverse a poner sobre el papel?

R: Creo que pocas… Un amigo me dice que querría leer en una novela algunas cosas fantásticas de mi infancia y mi adolescencia que le resultan inverosímiles.

P: Se ha definido como un “poeta feliz”. ¿Qué significa para usted haber llegado a sentirse así?

R: Lo primero que quise ser en mi vida, desde las 16 años, fue ser poeta. No publiqué un libro de poesía hasta 2010, a los 51 años: Vivir del aire (Olifante). Ese título y ese poema me definen. Y creo que, en general, mis poemas son cantos a la vida. Todos tenemos dolores, desgarros, dudas, Vicente Aleixandre decía que escribía desde una porción de dolor, Lorca escribió una y mil veces de la incomunicación y el desamor, pero a mí lo que me anima es la búsqueda de la felicidad. Y, aunque sé que vivo en un mundo que está mal hecho y que es profundamente injusto, prefiero reír a llorar. Y cuando lloro, a menudo como todo el mundo, no me resulta fácil trasladarlo al papel. Hubo una época que me gustaba mucho Mario Benedetti y su poema ‘Defender la alegría’: “Defender la alegría como una trinchera / Defenderla del escándalo y la rutina / de la miseria y los miserables / de las ausencias transitorias y las definitivas”.

Antón Castro con dos amigos, Mariano Gistaín y Luis Alegre.
Antón Castro con dos amigos, Mariano Gistaín y Luis Alegre.

P: Su hija le dijo después de ver la película Cariñena. Vino del mar, de Javier Calvo Torrecilla, inspirada en su novela: "Papá, cuántas cosas hay que no sé de ti". ¿Conocemos realmente cómo es Antón Castro?

R: Creo que en general, sí. Soy bastante transparente, pero todos vivimos una existencia completa para intentar conocernos y saber quienes somos, en realidad. Vamos y venimos de aquí para allá en la furia del vendaval o a lomos de la brisa, casi inadvertida.

"Soy tranquilo, ensimismado, discreto y profundamenta disperso"

P: Cuando no escribe, no trabaja y nadie espera nada de usted, ¿cómo es Antón Castro?

R: Tranquilo, ensimismado, discreto y profundamente disperso. Y enemigo de los conflictos. Un enamorado del atletismo, de la bicicleta, lector de periódicos en la atmósfera de café, fotógrafo entusiasta y flojillo, alguien que busca algo que le despierte las emociones, conversador, rocero y a la vez vergonzoso o pudoroso, y supongo que escurridizo...

P: Tras décadas al frente de Artes & Letras y dedicado a impulsar la cultura desde Heraldo de Aragón, ¿qué supone para usted cerrar esta etapa y poder decidir por fin a qué quiere dedicar sus días?

R: Mis 25 años en Heraldo de Aragón y 24 al frente de Artes & Letras han sido una de las experiencias más estimulantes de mi vida y de mi carrera. Por los creadores, por mis compañeros, por los lectores…, por algunas cosas que hice a la par: el programa Borradores, ser comisario de la exposición del Real Zaragoza Los años magníficos, el programa Sin cobertura después, ser Hijo Adoptivo de Zaragoza, y algunas cosas más. Ahora que lo dejo, ya noto que me falta algo muy importante, esencial, que me daba mucha marcha y que me tenía en un estado de alerta permanente. Ahora, más que en un estado de plenitud o de liberación, estoy en una fase de incertidumbre un poco adolescente, como quién se pregunta o siente: “¿Qué será de mí?”.

P: ¿Qué cosas pequeñas de la vida le siguen haciendo feliz?

R: Las más pequeñas: ver como mis nietas Claudia y Carmen, de poco más de tres años, enloquecen con los libros ilustrados y como están fascinadas con los personajes… Claudia, por ejemplo, ya dice cada vez que me ve: “¿Cuándo vamos a la librería Anónima?”. Carmen inventa historias con los unicornios. Las pequeñas cosas que cantaba Serrat.

Antón Castro con Bunbury.
Antón Castro con Bunbury.

P: Ahora que la jubilación le libera de los ritmos y las obligaciones del periodismo, ¿qué le gustaría hacer con ese tiempo que durante años no tuvo para usted?

R: Me gustaría encontrar la calma para escribir una novela y redescubrir la lentitud.

P: Su ilusión de escribir una novela sobre Lastanosa ha convivido durante años con el periodismo. ¿Siente que ha llegado por fin el momento de sentarse a escribirla?

R: Me encantaría. Es una pasión que nació ya en 1991 cuando redactaba el libro ‘Aragoneses ilustres, ilustrados aragoneses’, que ilustró José Luis Cano. Cuando apareció el libro, Rosendo Tello me escribió y me dijo: “El personaje en el que más te proyectas es Lastanosa. Ahí tienes una novela”. Lo intenté con ‘El fotógrafo de Lastanosa’, un cuento largo que se puede leer en mi libro de relatos Periferias del deseo (Pregunta, 2025). No le digo que sí ni que no… Lo que más admiro, en el fondo, junto con la bondad y la generosidad, es la gente que trabaja, que hace cosas, que se pone el mundo por montera con grandes ilusiones y lleva a buen puerto sus ideales.