La solidaridad entre mujeres, la conquista de espacios de libertad y la reivindicación de una mirada propia enlazan las trayectorias literarias de Marta Borraz y Eva Cosculluela, que encuentran en la experiencia femenina un territorio común desde el que explorar distintas épocas y realidades. Las Leopardas, novela con la que Borraz ha obtenido el Premio Tusquets, y El club de las modernas, el libro de Cosculluela sobre el pionero Lyceum Club Femenino, abordan desde perspectivas diferentes una misma cuestión: cómo las mujeres se apoyan, abren caminos y transforman sus vidas frente a las limitaciones de cada tiempo.
Ambas escritoras protagonizaron este jueves una nueva sesión de "Diálogos entre escritores", el ciclo organizado por el Área de Lengua y Literatura del Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), en el salón de actos de la Diputación Provincial de Huesca. La cita iba a contar con Clara Usón, que no pudo acudir por un problema puntual de salud. En su lugar, el profesor y director del área, José Domingo Dueñas, asumió la moderación del encuentro, en el que Cosculluela participó finalmente como autora. La directora del IEA, Susana Oliván, fue la primera intervenir, para introducir el acto, que contó con la colaboración de la librería Anónima.
Guiadas por Dueñas, la conversación posterior recorrió los caminos de las autoras hacia la escritura, los referentes que las han marcado y el momento que atraviesa la literatura aragonesa. Cosculluela, formada en ingeniería informática, llegó a la creación literaria después de años de trabajo como librera, periodista cultural y crítica. "Es como un veneno que se va metiendo dentro", explicó al evocar su acercamiento a la escritura. Hoy considera que la literatura es mucho más que una actividad profesional: "Es alimento, es refugio, es trabajo, es placer y es muy importante".

De esa trayectoria se destacó su labor al frente de Género de Dudas, el club de lectura feminista de la Universidad de Zaragoza que dirige desde 2019. Su trabajo como librera durante quince años en Los portadores de sueños, reconocida con el Premio Librería Cultural en 2012.
En El club de las modernas, fruto de una investigación de diez años, reconstruye la trayectoria del Lyceum Club Femenino, asociación que reunió a destacadas intelectuales españolas durante las primeras décadas del siglo XX. Cosculluela descubrió su existencia al consultar una exposición sobre la Residencia de Señoritas y decidió indagar en una entidad cuya relevancia había quedado relegada. "Descubrí que había habido una asociación pionera del feminismo en España y que no sabíamos nada, que no lo habíamos oído nunca, que había estado formada por mujeres brillantísimas, importantísimas y que era desconocida", recordó.
La escritura también surgió en Marta Borraz de una relación temprana con la lectura, los diarios y los relatos, alimentada por sus vínculos familiares y los veranos en los Monegros. Para Años de vida, su primera novela, fue decisivo el trabajo de investigación que había realizado su tía Mercedes. "Yo creo que las cosas que me preocupan las tengo que sacar por escrito", y reconoció la satisfacción que encuentra en el proceso creativo. "Cuando más feliz soy es cuando estoy pensando una historia, cómo la voy a contar, investigando, cuando me siento a darle forma. No hay nada que me haga más feliz que eso".

La trayectoria de Marta Borraz había comenzado con Años de vida, publicada en 2024 por Xordica y convertida en un éxito: según recordó José Domingo Dueñas durante la presentación, la novela había alcanzado ya las diez ediciones, con excelentes críticas y fue el libro más vendido en los 30 años de andadura de este sello editorial.
En enero de 2026 publicó Los antepresentes, una novela corta editada por el propio Instituto de Estudios Altoaragoneses, antes de obtener el Premio Tusquets de Novela 2026 con Las Leopardas.
El diálogo abordó asimismo la vitalidad de la literatura aragonesa y afloraron nombres como Irene Vallejo, Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, Manuel Vilas, Sergio del Molino, Sara Barquinero y Aloma Rodríguez, entre otros muchos. Las dos autoras destacaron la importancia de los referentes y de las relaciones entre escritores de distintas generaciones. Borraz recordó especialmente el respaldo recibido tras ganar el Premio Tusquets por Las Leopardas: "Recibí muchas felicitaciones y fue muy bonito que mis compañeros se alegrasen tanto", señaló.
La mirada de las mujeres apareció como otro de los ejes centrales de la conversación. Cosculluela defendió la aportación de unas escritoras que narran la vida desde una perspectiva propia. "Creo que ahora estamos surgiendo muchas escritoras que aportamos nuestra mirada desde nuestro lugar", señaló, y destacó el vínculo entre obras distintas.
Esa conexión se aprecia en los dos libros. Las integrantes del Lyceum Club Femenino procuraron facilitar a otras mujeres el acceso a la cultura y a la vida profesional; en Las Leopardas, ambientada entre 1974 y 1996, Borraz explora los lazos que permiten a sus protagonistas protegerse y salir adelante.
La dimensión familiar también atraviesa la obra de Borraz. Si Años de vida le permitió aproximarse a un abuelo al que apenas conoció, Las Leopardas le ha ofrecido la posibilidad de recrear literariamente a su tía Paloma. "Me daba mucha rabia habérmela perdido porque era una persona espectacular que se merecía una novela como esta y de alguna manera la he revivido", afirmó. Esa cercanía con las mujeres de su entorno forma parte de su manera de entender la escritura: "Me siento muy unida a las mujeres de mi familia, sobre todo a mis tías".
Entre sus referentes, Borraz citó a Ramón J. Sender, Marguerite Duras y Milan Kundera, además de Camila Sosa y Aurora Venturini. Cosculluela recordó la influencia de Rosa Montero, Elvira Lindo e Ignacio Martínez de Pisón.

HUMOR PARA AFRONTAR EL DOLOR
Marta Borraz aborda en Las leopardas una historia familiar marcada por la enfermedad y la muerte sin renunciar al humor. Los diálogos, inspirados en su entorno, y la capacidad de los personajes para reírse de sí mismos alejan el relato del dramatismo. La autora explicó que en su familia siempre han afrontado así las situaciones difíciles, una forma de sobrellevar el duelo sin banalizarlo.
La novela recupera la figura de su tía Paloma, fallecida treinta años atrás. Antes de convertirla en personaje, Borraz consultó a sus tías Mariví y Natalia, que le dieron su consentimiento con una condición: "narrar lo sucedido desde una perspectiva luminosa". Su madre también leyó los borradores sin limitar su libertad creativa. Eva Cosculluela destacó del libro de su amiga el contraste entre la dureza de los acontecimientos y la frescura de la narración, un equilibrio que, a su juicio, exige un intenso trabajo de escritura y corrección.
Para documentarse, Borraz retomó la investigación en noviembre y entrevistó a personas que podían aportar información sobre la época y los protagonistas. Entre ellas se refirió a una médica de la planta 12 del Hospital Miguel Servet, que atendió a los enfermos de sida, la enfermedad presente en la novela. También conversó con músicos, fotógrafos, periodistas, escritores y una mujer que había contraído la infección. La escritura se concentró entre diciembre y la víspera del cierre del Premio Tusquets, al que envió el manuscrito apenas un par de horas antes de que terminara el plazo.
Antes, Los antepresentes, publicada por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, había servido de puente entre Años de vida y Las Leopardas. En ella aparece Berta, personaje que reaparece en la segunda novela y que incorpora rasgos de la autora, transformados por la ficción. Borraz aclaró que no es un retrato autobiográfico: sus experiencias nutren los personajes, pero la novela le permite tomar distancia y construirlos con libertad.
ADELANTADAS A SU TIEMPO
En El club de las modernas, Eva Cosculluela reconstruye la trayectoria del Lyceum Club Femenino, fundado en Madrid en 1926. En el centenario de su creación, recordó cómo un grupo de mujeres decidió ocupar el espacio público y reclamar que sus opiniones fueran escuchadas en igualdad, frente a una sociedad que las relegaba al hogar. Su propósito, en palabras de María Teresa León, era "adelantar el reloj de España".
La asociación sufrió ataques de los sectores más conservadores de la prensa y de la Iglesia. Sus integrantes fueron ridiculizadas como "el club de las maridas" y acusadas de desatender a sus hijos para reunirse. Respondieron con iniciativas sociales, como recursos para atender a los hijos de las madres trabajadoras y una biblioteca de libros en braille que facilitara el acceso a la lectura y a la formación profesional de las personas ciegas.
También promovieron cambios legales para combatir la discriminación femenina. Cosculluela explicó la campaña contra el artículo 438 del Código Penal, que establecía un trato desigual ante el adulterio, y contra las disposiciones civiles que subordinaban a las esposas a sus maridos en el trabajo, la gestión de sus bienes y la tutela de los hijos. La reforma del precepto penal en 1928 fue uno de los avances que ilustran la capacidad de aquellas mujeres para impulsar transformaciones sociales.
Entre las figuras que aparecen en el libro están María de Maeztu, María Lejárraga, Clara Campoamor, Victoria Kent, Matilde Huici, Elena Fortún, Zenobia Camprubí y Maruja Mallo. Cosculluela decidió incluir semblanzas incluso de mujeres conocidas cuando comprobó que personas con formación universitaria apenas identificaban a algunas de ellas. Tras diez años de investigación, su obra busca acercar al público el legado de unas protagonistas cuya contribución cultural, intelectual y social no siempre ha recibido suficiente reconocimiento.
Clara Campoamor, Victoria Kent y Matilde Huici, por ejemplo, fueron tres de las primeras abogadas de Madrid. La asociación reunió a mujeres de ideologías y creencias muy distintas, desde monárquicas y republicanas hasta católicas, laicas y agnósticas. Pese a sus diferencias, lograron anteponer un objetivo común: mejorar la condición de la mujer. Para Eva Cosculluela, ese entendimiento constituye una lección vigente en una sociedad marcada por la crispación: "Si hace 100 años fueron capaces de hacerlo estas mujeres, ¿cómo no vamos a ser capaces ahora nosotros?".
El club vivió su etapa de mayor actividad durante la Segunda República, cuando recibió visitas de ministros y representantes públicos y empezó a obtener subvenciones para sus iniciativas. Hasta entonces, se había sostenido con las cuotas de las socias y la recaudación de sus actos. Cosculluela evoca especialmente al alcalde de Madrid Pedro Rico, que acudía a jugar con los niños y les llevaba juguetes. La escena, además de revelar una faceta poco conocida del político, le sirve para reflexionar sobre la distancia actual entre los representantes públicos y la ciudadanía.
El ensayo también rescata a mujeres cuya trayectoria ha quedado eclipsada por la de sus parejas. Es el caso de Zenobia Camprubí, cuya iniciativa desbordó el papel de esposa y cuidadora de Juan Ramón Jiménez. Se ocupó de la economía familiar, compró viviendas para alquilarlas, recopiló poemas dispersos de su marido y tradujo a Rabindranath Tagore. Además, puso en marcha una tienda de artesanía popular.
La Guerra Civil puso fin a la actividad del Lyceum y obligó a muchas de sus integrantes a exiliarse; algunas nunca regresaron. La dispersión de sus papeles y archivos personales dificultó reconstruir la historia de la asociación. Una excepción decisiva fue Pilar Zubiaurre, que se llevó a México documentación del club y una libreta en la que anotaba su actividad al frente de la sección de literatura. Su nieta ha permitido recuperar esos materiales, fundamentales para la investigación.

Cosculluela reconoce que incorporar su propia voz al ensayo le produjo cierto pudor. Sin embargo, decidió hacerlo cuando su experiencia personal ayudaba a conectar el pasado con el presente. Su presencia es discreta y busca, ante todo, iluminar el trabajo de aquellas mujeres.
La investigación también ha permitido ampliar de forma notable la relación de integrantes del Lyceum. El censo conservado en la Fundación Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí recogía algo más de un centenar de nombres, cifra que otras investigaciones habían elevado a menos de 200. La libreta manuscrita de Zubiaurre, con cerca de 500 socias, supuso un avance sustancial. A partir de ahí, Cosculluela rastreó durante años la prensa de la época, las memorias y otras publicaciones para incorporar nuevos nombres.
La relación sigue abierta. Con motivo del centenario, el Ministerio de Cultura ha impulsado una conmemoración que incluye un proyecto para ampliar el censo y una web donde se pueden aportar datos sobre antiguas integrantes. El hallazgo reciente de un carné de socia apunta a que la asociación pudo reunir al menos a 700 mujeres.
Marta Borraz elogió vivamente el rigor y la pasión que Eva Cosculluela ha volcado en su trabajo, y valoró la recuperación de unas protagonistas que, pese a su relevancia, siguen siendo poco conocidas. Su recomendación fue rotunda: "Es precioso, os lo tenéis que leer porque es una maravilla este libro".