El algoritmo de la idiotez: cuando la evolución humana decidió atragantarse con film transparente

Seguiré observando este zoológico virtual con una mezcla de sarcasmo, incredulidad y preocupación gastrointestinal.

patri sola
Gastrónoma y bromatóloga
29 de Abril de 2026
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El algoritmo de la estupidez
El algoritmo de la estupidez

Hubo un tiempo en el que internet prometía ser la gran biblioteca de Alejandría del conocimiento universal. Un espacio infinito donde ilustrarse, aprender, descubrir y, con suerte, abandonar esa entrañable costumbre humana de hacer el ridículo colectivo. Pero qué ilusa fui. Porque las redes sociales, lejos de convertirse en el santuario del saber, han acabado mutando en el mayor catálogo mundial de la estulticia humana. Una feria permanente del disparate donde cada desplazamiento de dedo hacia abajo en la pantalla no me acerca al conocimiento, sino a una nueva prueba irrefutable de que como especie quizá merecemos menos derechos tecnológicos y más control parental.

Ya no necesito buscar la estupidez. No hace falta. El algoritmo, diligente, servicial y perversamente eficiente, me la trae a domicilio. Como quien pide un ‘Glovo’, pero en lugar de comida rápida encuentro idioteces de quinta categoría servidas con música viral y subtítulos en neón. La tontería humana elevada a la enésima potencia sin despeinarse.

Si hace unos años el contenido absurdo se limitaba a bailes cuestionables o desafíos con dudoso sentido del ridículo, ahora hemos entrado en una fase mucho más inquietante: la estupidez nutricional con riesgo físico real. Es decir, hemos pasado de perder la dignidad a perder potencialmente el esófago.

Hace unas semanas ya asistimos, entre fascinados y horrorizados, a esa joya evolutiva que consistía en masticar comida envuelta en plástico para saborearla sin ingerir calorías. Una práctica que, por si alguien aún conservaba dudas, supone riesgos tan sofisticados como asfixiarse o provocar una obstrucción intestinal digna de manual clínico. Porque claramente millones de años de evolución culminaron aquí: en adultos funcionales chupando bolsas como si la selección natural hubiera tirado la toalla. Y lo dejo aquí, porque ya hablamos de esta maravilla del intelecto colectivo en su debido momento. 

Pero la maquinaria del absurdo no descansa.

Ahora resulta que congelar huevos enteros con cáscara para luego cortarlos en rodajas y freírlos se ha presentado como un “hack revolucionario”. Lo llaman multiplicar comida. Yo lo llamo jugar a la ruleta rusa alimentaria con salmonella de invitada especial. Tanto la USDA (Departamento de Agricultura de EE. UU.) como la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos), en un gesto que probablemente jamás pensaron tener que hacer, han tenido que advertir públicamente que esto es inseguro. Imaginen el nivel de decadencia social necesario para que estas instituciones gubernamentales deban explicar a la población que convertir un huevo en arma biológica decorativa no es buena idea.

Lo verdaderamente extraordinario no es solo que alguien lo invente. La historia de la humanidad siempre ha tenido iluminados. Lo preocupante es la legión de personas dispuestas a reproducirlo sin la más mínima sospecha de que quizá, solo quizá, TikTok no debería sustituir ni a la ciencia ni al sentido común.

Y luego está el Tanghulu casero, esa fruta caramelizada coreana convertida en fetiche audiovisual por el crujidito ASMR. Porque, al parecer, ya no basta con cocinar; ahora hay que hacerlo poniendo en riesgo la integridad epidérmica para generar contenido. Resultado: urgencias llenas de quemaduras por almíbar hirviendo, especialmente entre menores cuyos referentes culinarios probablemente deberían ser menos influencers y más supervisores parentales. El azúcar fundido supera fácilmente temperaturas capaces de convertir una cocina doméstica en una recreación involuntaria del Vesubio.

Todo por unos segundos de vídeo satisfactorio.

Es aquí donde uno comprende que las redes sociales no han democratizado tanto el conocimiento como la exhibición pública de la incompetencia. Antes, el tonto del pueblo tenía un radio de acción bastante limitado. Hoy dispone de conexión global, filtros favorecedores y capacidad de viralización.

Las plataformas premian lo espectacular, no lo sensato. Y pocas cosas generan más clics que observar cómo alguien ejecuta una idea objetivamente lamentable con entusiasmo suicida. La lógica ha sido secuestrada por el engagement. Cuanto más absurdo, más viral. Cuanto más peligroso, más interacción. Y así, hemos creado un ecosistema donde la selección natural ya no elimina comportamientos absurdos, sino que los monetiza.

Lo más sarcástico de todo es que vivimos en la era con mayor acceso a información rigurosa de toda la historia. Nunca fue tan sencillo consultar a expertos, revisar fuentes o contrastar datos. Pero preferimos ver a un desconocido congelando huevos o masticando plástico porque lleva música pegadiza y parece simpático.

La estupidez ya no necesita justificación; tiene edición dinámica.

Como profesional profundamente vinculada a la alimentación, observar esta deriva produce una mezcla de hilaridad y agotamiento clínico. Porque detrás del meme hay consecuencias reales. Trastornos alimentarios disfrazados de tendencias. Prácticas inseguras convertidas en entretenimiento. Riesgos sanitarios empaquetados como consejos innovadores.

Y mientras tanto, el algoritmo sigue trabajando. Incansable. Como un mayordomo del absurdo que conoce perfectamente nuestra debilidad por el desastre ajeno.

Quizá el verdadero problema no sea que existan ideas ridículas. La humanidad siempre ha sido creativamente insensata. El problema es que ahora las celebramos, las compartimos y las elevamos a fenómeno cultural.

Las redes sociales se han convertido en el gran espejo deformante de nuestra especie. Uno donde cada reflejo parece preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar el pensamiento crítico por unos segundos de dopamina digital.

Por mi parte, seguiré observando este zoológico virtual con una mezcla de sarcasmo, incredulidad y preocupación gastrointestinal.

Porque si algo ha dejado claro internet, es que la inteligencia humana podrá tener límites difusos, pero la estupidez, querida mía, siempre encuentra nuevas fronteras que conquistar.