Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall': las cintas de casete desatan la fiesta en el Olimpia

Cande, Puri y el resto del grupo rescatan canciones y vivencias de juventud, en una noche solidaria a favor de Aeno

31 de Octubre de 2026
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Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall'

Hay que tener mucho cuidado con lo que se guarda en una caja de casetes. Puede aparecer una canción de Karina, o de Los Chichos, un recuerdo de aquel primer amor o, quién sabe, un antiguo pretendiente dispuesto a regresar desde los años setenta con las mismas intenciones de entonces. Y si quienes abren la caja son las mujeres de Kandelikas Teatro Musical, conviene prepararse: se puede desatar la fiesta y cualquier secreto de juventud terminar sobre el escenario del Teatro Olimpia.

Así sucedió este viernes con San Cristóbal Music Hall (música de gasolinera), la nueva propuesta de una compañía que volvió a encontrarse con el entusiasmo del público oscense. El teatro había colgado el cartel de "no hay billetes" bastantes días antes de la representación y recibió a Kandelikas con el patio de butacas abarrotado. Una respuesta que confirmó la fidelidad de unos espectadores que conocen bien el particular sentido del humor de este grupo.

La función resultó incluso mejor que la que ofreció a finales de junio en el Centro Cultural Manuel Benito Moliner, durante el final de curso de los talleres municipales de teatro organizados por la asociación ITHEC. La compañía volvió a demostrar su capacidad para desenvolverse sobre el escenario, con una interpretación más afinada y una comicidad que encontró en esta propuesta un terreno especialmente propicio. El resultado fue una representación llena de ritmo, con personajes que ganaron presencia a medida que avanzaron las escenas y una complicidad con el público que se mantuvo hasta el último momento.

La historia comienza con una nieta, Miri, y una caja de antiguas cintas. La joven contempla a su abuela, Cande, y a su hermana, la tía Puri, con cierta perplejidad. No termina de entender sus referencias y tampoco parece demasiado familiarizada con aquellos objetos que marcaron una época. Para ellas, sin embargo, no hay misterio alguno: los casetes contienen buena parte de sus vidas. Candel y Puri se disponen a explicárselo, aunque pronto queda claro que la clase de historia musical iba a tener poco de convencional.

El primer choque llegó con el lenguaje. Miri hablaba de cosas "random", "iconic" y "guay", mientras Cande protestaba contra los "inglesismos" y amenazaba con lavarle la boca con agua y jabón. La diferencia generacional se convirtió desde el principio en un filón cómico. Las expresiones juveniles de una y las ocurrencias de las otras se cruzaron en un diálogo que jugó con el desconcierto mutuo, pero también con una complicidad que fue creciendo a medida que avanzaron las cintas. La nieta, que al principio miraba a sus mayores como si pertenecieran a un mundo remoto, empezó a descubrir que detrás de aquellas mujeres había unas biografías mucho más agitadas de lo que imaginaba.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
Kandelikas, energía pura. Foto Myriam Martínez

La primera parada fue Karina y su Baúl de los recuerdos. A partir de ahí, el espectáculo abrió la puerta a un repertorio que acompañó al espectador por distintas décadas de música popular. Aparecieron Marisol, Raffaella Carrà y sus movimientos inconfundibles, junto a las canciones que sonaban en los coches durante los desplazamientos estivales. Las gasolineras tenían sus expositores de casetes y aquellos viajes en el Seat 600 se convertían en interminables sesiones musicales, con las mismas canciones reproduciéndose una y otra vez hasta que todos los ocupantes terminaban aprendiéndose las letras.

La abuela corrigió a su nieta cuando esta confundió un casete con un tocadiscos y aprovechó para recordar que aquellas cintas servían para cantar, rezar y soñar. La explicación de cómo rebobinarlas constituyó otro de los momentos cómicos: Miri tuvo que aprender que, cuando se quería volver a escuchar una canción, había que utilizar el propio mecanismo del aparato o recurrir al boli bic para hacer girar la cinta. Una operación que Cande y Puri conocían de memoria y que a la nieta le resultaba tan ajena como el propio objeto.

También para aprender idiomas servían aquellas grabaciones, aunque los resultados de ese método doméstico parecieron bastante discutibles. El grupo propuso una disparatada lección de inglés, italiano y griego, con canciones y fragmentos lingüísticos que terminaron provocando más desconcierto que conocimiento.

El recorrido tampoco se limitó a los grandes éxitos. Hubo espacio para la tuna universitaria, cuya historia explicaron mientras Miri descubría quiénes eran los antiguos sopistas, aquellos estudiantes sin recursos que recurrían a la música para costear sus estudios. La lección histórica, con sus trajes, capas y cintas, desembocó en las coplas tradicionales.

Y cuando parecía que las abuelas habían agotado las sorpresas, llegó una confesión: también habían tenido una etapa punkie. Miri quiso conocer todos los detalles de aquel pasado, aunque la conversación acabó interrumpida por un asunto mucho más urgente: las croquetas que se habían quedado al fuego.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
La puesta en escena tiene mucho trabajo detrás. Foto Myriam Martínez

La irrupción de Los Chichos permitió recuperar otra parte de aquella juventud. Una de las protagonistas recordó que, cuando estudiaba Historia del Arte, escuchaba sus canciones mientras preparaba la comida. La jerga de la época, que Miri apenas conseguía descifrar, dio pie a otro intercambio de ocurrencias. El repertorio continuó con Las Grecas y una llamada telefónica a la tía Paqui, que explicó la trayectoria de Carmela y Tina, las dos hermanas que popularizaron el llamado Gipsy Rock. La conversación introdujo también los problemas personales que marcaron los últimos años de Tina y el final de la formación. Por unos instantes, la comedia dejó espacio a una historia más amarga antes de recuperar la música con Te estoy amando locamente.

Las cintas permitieron saltar de un universo a otro sin necesidad de demasiadas explicaciones. Los monjes gregorianos y franciscanos, las canciones religiosas que se utilizaban para rezar o dormir y las anécdotas del colegio de monjas formaron parte de ese álbum de recuerdos que las protagonistas fueron desplegando. Cande confesó incluso que, de pequeña, había lanzado una zapatilla de tela, una "maripí", a la cabeza de una de ellas.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez

La memoria infantil tuvo también su espacio. Las hermanas recordaron los cuentos que les contaban de pequeñas y que ahora recuperaban para Miri, entre ellos El 'fato' con botas y Las Brujas de Benidorm. Este último transformó la noche de San Juan en una escena disparatada que terminó dando paso a un popurrí veraniego, en el que se recordaron temas como El chiringuito, Sopa de caracol, La lambada, Yo le pongo salsón, Azúcar, María Isabel, Eva María se fue y La Macarena, entre otras canciones que remitieron directamente a las verbenas y a las vacaciones estivales. La propuesta jugó con la facilidad con la que unas pocas notas podían devolver al público a una época concreta. Y como broche a este pasaje, El bimbó.

Otro momento divertido llegó con el recuerdo de Tony Camelos, un antiguo pretendiente de una de las hermanas. Una cinta de canciones románticas sirvió de excusa para reconstruir aquel episodio sentimental y anunciar un flashback. La aparición del personaje, con una estética y unas maneras deliberadamente exageradas, convirtió el escenario en un pequeño espectáculo dentro del espectáculo.

Tony presumió de fama, desplegó su particular repertorio de chistes y picardías y se presentó como un seductor irresistible. La escena se apoyó en la caricatura y en el juego con los códigos del humor popular, mientras las protagonistas discutían sobre sus encantos y sobre quién de ellas había despertado realmente su interés. Miri asistió fascinada a la revelación de aquella vida sentimental que nunca había imaginado en sus abuelas. La mujer que ahora le daba consejos también había tenido sus devaneos, sus enamoramientos y sus debilidades.

Mocedades ocupó otra de las cintas y la separación de Sergio y Estíbaliz se representó como una auténtica tragicomedia. Los personajes recrearon el anuncio de su marcha del grupo, con sus despedidas y sus referencias a la identidad vasca, con un euskera un poco personal, antes de recuperar Dónde estás corazón. 

Los Chunguitos aportaron otro registro con Me quedo contigo, una canción que las protagonistas recuperaron entre recuerdos y búsquedas de títulos. Y las fiestas de Almudévar permitieron trasladar la acción a las verbenas de otros tiempos. Las protagonistas recordaron su paso por la Saputo Party, donde una anécdota sobre una caída encima de una bandeja de pollos asados, con el consiguiente baño de aceite, sirvió para reconstruir una noche que terminó en la verbena. Allí apareció la imaginaria Orquesta Panorama 2000, que se arrancó con Me gustas mucho. 

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
La tía Puri, Miri y Cande. Foto Myriam Martínez

Todo este recorrido musical encontró un acompañamiento visual a la altura de su carácter festivo. El vestuario, con su variedad de modelos, cambios y referencias a las distintas escenas planteadas, aportó un derroche de color y contribuyó a definir los personajes que fueron apareciendo. La vistosidad de las prendas, los contrastes cromáticos y la iluminación dieron al escenario una presencia cambiante, adecuada a una propuesta que transitó de los recuerdos familiares a las verbenas, de la música romántica a las parodias más desenfadadas. Todo sumó en una representación que entendió que la música popular también entra por los ojos. Para estudiar, la rapidez con la que las actrices y actores cambiaban de aspecto, en un detalle más de pura energía.

En esta sucesión de episodios residió buena parte del atractivo de la obra. Kandelikas utilizó su viaje musical al pasado para contar pequeñas historias de amor, amistades, desencuentros, travesuras y noches que, a juzgar por lo que relataron las protagonistas, debieron de dar bastante de sí.

La creación colectiva y la dirección de Javier García Ortega articularon este divertido y fascinante recorrido. Cande, Puri y Miri sostuvieron el argumento, pero el mérito del montaje fue mucho más allá de sus tres protagonistas.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
La gran Rafaella Carrá. Foto Myriam Martínez

El elenco de artistazas y artistazos reunió a Anika Burrel, Álex Lasaosa, Chus Yerno, Desirée Pueyo, Gaby Laliena, María José Naya, Olga Bellón, Puri Broto, Gonzalo de Frutos, Raúl Betrán, Patricia Rosales, Sandra Casanueva e Isabel Luna, además de Miriam Aparicio Pueyo, que interpretó a Miri en esta ocasión. En la representación de junio, Patricia Rosales fue la encargada de encarnar a este personaje, pero esta vez no pudo participar. María José Naya dio vida a Cande y Puri Broto a la tía Puri. La complicidad entre ambas tiene también su reflejo fuera del escenario: en la vida real son cuñadas.

A pesar del protagonismo de las tres mujeres que sostuvieron el hilo argumental, el trabajo coral de toda la compañía resultó fundamental para mantener el ritmo y la variedad de la representación. Todos los integrantes encontraron su espacio y contribuyeron a construir un espectáculo en el que nadie pareció estar de paso. Transmitieron la sensación de un grupo muy hecho, con una complicidad evidente, mucho sentido del humor y una confianza que se percibió en escena.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
Hubo mucho descaro y al público se lo pasó de lo lindo. Foto Myriam Martínez

Hubo descaro, mucho descaro, y una disposición permanente a jugar con los personajes, las canciones y el público. Los cambios de registro, las entradas y salidas y los momentos en los que una situación podía escaparse del guion encontraron respuesta en un elenco con recursos, capacidad de improvisación y soltura. Se nota que saben trabajar juntos, que se conocen y que se apoyan unos en otros cuando la escena o la circunstancia lo exige. 

A medida que avanzó la representación, la relación entre las abuelas y su nieta fue adquiriendo otro significado. Aquellas mujeres también tuvieron veinte años, se equivocaron, se divirtieron, se rebelaron y vivieron historias que merecían ser contadas. El descubrimiento terminó siendo mutuo: ellas se acercaron al lenguaje de Miri y ella aprendió a mirar de otra manera a quienes le estaban hablando.

En el tramo final, las protagonistas dejaron de buscar nuevas cintas y empezaron a despedirse de ese universo que habían ido reconstruyendo. Cande y Puri decidieron que las grabaciones debían quedarse con Miri, para que sus recuerdos estuvieran a salvo. La entrega tuvo algo de legado familiar: las canciones pasaron a la siguiente generación junto con las historias que las acompañaban. La nieta, que al principio no sabía muy bien qué hacer con aquel aparato, aceptó ahora custodiar un pequeño archivo sentimental de su familia. Ya no eran objetos anticuados, sino testimonios de unas vidas que acababa de descubrir.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
Todo el elenco, espectacular. Foto Myriam Martínez

Antes de entregarle las cintas, las hermanas le ofrecieron una última colección de consejos. Le recordaron que la felicidad estaba en las pequeñas cosas, aunque su particular definición incluyera un pequeño yate, una pequeña mansión y una pequeña fortuna. También le aconsejaron que se cuidara, que no descuidara su ropa interior y que evitara los calcetines con agujeros, porque nunca se sabía cuándo podía hacer falta acudir a un médico. No hubo solemnidad en esta despedida. Cande y Puri siguieron siendo las mismas mujeres deslenguadas y divertidas que habían protagonizado la función, pero sus ocurrencias contenían también una forma de cariño y de protección.

La reflexión se abrió después a un registro más poético con Mario Benedetti y su Defensa de la alegría. El poema propuso protegerla frente a las adversidades, la rutina, la melancolía y las dificultades de la vida. Su presencia introdujo una pausa distinta entre tantas bromas y canciones. No se trataba de abandonar el humor, sino de descubrir lo que había detrás de él durante toda la representación: unas mujeres que reivindicaban el derecho a disfrutar, a seguir haciendo planes, a reírse de sí mismas y a no perder el entusiasmo por el paso del tiempo.

El conjunto del grupo salió a despedirse del público con Un millón de amigos, de Roberto Carlos. La canción se convirtió en una sucesión de dedicatorias personales. La primera fue para las víctimas del accidente ferroviario de Urda. Los intérpretes nombraron a sus hijos, sus madres, sus familias, sus padres y las personas que les acompañaban. También recordaron a sus fisioterapeutas y a quienes ya no están. Cada intervención incorporó un afecto particular a una canción que terminó reuniéndolos a todos. 

La compañía aprovechó hasta los últimos instantes para prolongar la fiesta. Los besos se convirtieron en otra de las consignas del escenario y, antes de despedirse, Kandelikas reservó un agradecimiento especial para Javier García Ortega, su profesor, al que atribuyó la realización de todo aquel trabajo.

Kandelikas y 'San Cristóbal Music Hall' en el Teatro Olimpia. Foto Myriam Martínez
Poema de Mario Benedetti. Foto Myriam Martínez

La representación tuvo, además, una finalidad solidaria. Kandelikas volvió a colaborar con Aeno, después de que la compañía ya respaldara a la asociación el año pasado. La recaudación de esta nueva función ayudaría a completar la adquisición del primer exoesqueleto en Aragón, un proyecto para el que la entidad estaba cerca de conseguir la financiación necesaria.

Su presidente, José Mas, agradeció la implicación del grupo teatral y explicó que quedaba muy poco para alcanzar el objetivo. Destacó que la compañía se había ocupado de la organización y de las gestiones, sin trasladar trabajo adicional a la asociación, y valoró también la campaña de voluntariado que había impulsado.

Entre quienes utilizarán el dispositivo se encuentra Alex Bagués, que explicó las ventajas que supone para él, especialmente en relación con la postura y el trabajo de la musculatura. El uso del exoesqueleto le ayuda a mantener mejor la espalda y reduce las molestias que experimenta cuando permanece en la silla de ruedas. Según relató, también sus fisioterapeutas han observado una mejoría en esa zona cuando lo utiliza. A ello se suma la posibilidad de trabajar las piernas con asistencia, aunque sin que el dispositivo realice todo el esfuerzo.

Las aportaciones de Grupo La Oscense, del sector del transporte; Giral Excavaciones y Obras, de la construcción; Inmobiliaria Buil, del ámbito inmobiliario, e IGEO2, del sector tecnológico, han contribuido a impulsar la compra del exoesqueleto.

Cande, Puri y sus compañeras se despidieron dejando en el patio de butacas el eco de sus canciones y el buen sabor de una noche de teatro sin complejos. Después del espectáculo, queda una pregunta inevitable: ¿quién no querría ser Kandelika?