Una multitud se suma a los 1.200 cofrades de una Procesión del Santo Entierro plena de profundidad religiosa en Huesca

Miles de personas flanquean por el recorrido procesional a los veinticinco pasos, cofradías y personajes del gran acontecimiento de la Semana Santa en la capital oscense

DH
03 de Abril de 2026
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Huesca se vuelca con la emoción del Santo Entierro

Una tarde soleada ha acompañado la Procesión del Santo Entierro, rodeada durante todo el trayecto por multitud de público que ha disfrutado de la expresión de fe de los 1.200 cofrades que, bajo los pasos, empujando los conjuntos escultóricos, en las secciones de música, en filas y en todos los menesteres han recorrido la ruta de siempre, después de las obras de la anterior edición que motivaron una ruta más corta y transitoria.

Eran las siete de la tarde cuando, sin amenazas climáticas, el cabo y los cuatro soldados romanos iniciaban un camino que sus predecesores llevaban trotando desde hace más de 160 años. Por detrás, comenzaban su camino las cofradías y los grupos esculteóricos expuestos toda la tarde en el Paseo Ramón y Cajal. Los Ministriles interpretaban, como mensajeros musicales de lo que iba a acontecer, los acordes para una procesión triste pero esperanzada, fúnebre pero consciente de que la muerte era apenas una pausa hacia la vida eterna. Las sibilas, persas, griegas, africanas y romanas, exhibían sus ricas vestimentas con la firma de nuestro jesuita eterno Martín Coronas.

Justo detrás, emergían los personajes del Antiguo Testamento, recuperados para la causa tras años de dificultad para completar la presencia de estas figuras. Ahí, con todo su simbolismo, Isaac, Abraham, Melquisedec, Moisés, Levita, Aarón, David y el paje. Lujosos atuendos también fruto da genialidad en la concepción y diseño de Martín Coronas. Les sucedían los niños hebreos que recibían a Jesús, con palmas y ramos, en Jerusalén, hoy pequeños del Colegio de Santa Ana.

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Procesión de Santo Entierro. Foto Myriam Martínez

La Cofradía de San José inauguraba el turno de los pasos con el grupo escultórico de la Entrada de Jesús en Jerusalén de Vicente Vallés (1947). El Coso Bajo rezumaba respeto y curiosidad en el discurrir de esta primera hermandad que evoca al padre de Jesús, el carpintero cuyos homónimos constituyeron la Cofradía en 1551.

Paulatinamente, con la cadencia que corresponde al respeto procesional, iban asomando al Coso Bajo las agrupaciones cuya prelación corresponde al orden natural del proceso de la Pasión y Muerte del Cristo a estas horas ya muerto en la Cruz. El Cenáculo impulsado por la Cofradía Salesiana del Santo Cáliz presagia en la escena el desenlace. La Oración del Huerto acompañada por cofrades de la Archicofradía de la Santísima Vera Cruz y el Apostolado de la Oración interpreta otro fatídico momento, al que secundará con El Prendimiento de la cofradía del mismo nombre, un instante dramático.

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El Cristo ha emergido después Atado a la Columna con la Cofradía del mismo nombre impulsada por los miembros del Colegio San Viator, La rúbrica escultórica de los Vallés, Marqués o Coscolla ya había provocado la admiración de público y cofrades que, en medio del esfuerzo, no pierden la oportunidad de reflexionar y orar con la mirada puesta en el trascendental.

Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez
Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez

Ahora se hacía presente ante todos La Flagelación llevada por la Archicofradía, y a continuación la Coronación de Espinas con su Cofradía de la Preciosísima Sangre. El Santo Cristo de los Gitanos marchaba con la tristeza de la tarde sobre los hombros de 24 costaleros. Era el tiempo del Ecce Homo, "Este es el hombre", con las cofradías titular y de Santiago de Grañén.

La talla de Fructuoso Orduna creada en 1950 era procesionada por la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, después de una Semana Santa histórica con la compañía, en Miércoles Santo, de María Santísima de la Salud y de las Lágrimas. A los veinticuatro costaleros nazarenos, secundaba el conjunto de La Caída de Jesús en la Calle de la Amargura, aire de Salzillo en manos de Tomás Marqués.

Impertérritos, desfilaban posteriormente como expresión del poder civil, los soldados romanos de la Guardia Pretoriana a los que acompañan timbales y clarines hasta que, quizás como penitencia, queden al cargo del Cristo Yacente. La expresión de la tristeza queda sellada en la figura de La Verónica, otra vez un Coscolla, en manos de los cofrades de la Vera Cruz y de penitentes mujeres.

La misma creatividad del grausino Coscolla se eleva en la monumentalidad de La Enclavación, soberbia composición en torno a uno de los momentos más dolorosos de Cristo, al que ayudan a avanzar hacia su destino en la Cruz los cofrades de Santiago (70 años de trayectoria procesional) con sus escapularios con el símbolo del apóstol.

Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez
Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez

Ya se manifiestan las Siete Palabras pronunciadas por el Mesías Redentor en la Cruz, 160 años de historia. La Verdad del Cristo que se escribe en esas siete expresiones avanza hasta El Calvario que lleva la Cofradía del Santo Cristo de los Milagros y San Lorenzo Martir.

A lo largo del trayecto, se agolpan los curiosos, con mayor o menor manifestación de respeto, más o menos admiración, procesión que llevan, o no, por dentro. Del arranque en Santo Domingo y San Martín, ya van por el Coso Bajo, Ramiro el Monje, San Pedro, San Salvador, Arista y las Cortes hasta la Catedral. El punto más elevado para seguir conduciendo al Cristo en todo el recorrido de la Pasión hasta la muerte.

Prosiguen por Santiago por Pedro IV y Lizana hasta el Coso Alto, donde la procesión sufre detenciones para el descanso, para el orden, y para el homenaje a la Virgen Inmaculada. Después del Calvario, los hombros de dieciocho costaleros portan al Santo Cristo de la Esperanza de la Cofradía del mismo nombre.

Detrás, sigue el Cristo del Perdón con su imponente talla de 1695 de Pedro Nolivos sobre 30 costaleros. En una sucesión natural, la virgen Dolorosa, una figura preciosa y preciosista con la escultura de Vicente Vallés y el vestido y manto bordado por María Antonia Sanagustín, una divinidad terrenal.

Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez
Procesión del Santo Entierro. Foto Myriam Martínez

La procesión ya está encaminada, tres horas más tardes de la partida, hacia el fin en Santo Domingo y San Martín. Tras las Manolas, el grupo de El Descendimiento, otro Coscolla, llevado por la Cofradía del Descendimiento de las Lágrimas de Nuestra Señora que cumple 75 años y estrenará la primera procesión en Sábado Santo. La Piedad de los hermanos Larruy, impulsada por la Vera Cruz, es el preludio emocional, Madre e Hijo en una escena sobrecogedora, del Cristo Yacente, quizás la escena que induce a una mayor ternura y admiración hacia quien tanto quiso al ser humano que dio la vida para salvarlo.

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El Terno constata que los últimos serán los primeros, y que han secundado todo el complejo procesional hasta la Iglesia de Santo Domingo y San Martín el prior de la Archicofradía y párroco del templo, Fernando Altemir, junto a autoridades eclesiásticas el pendón de la archicofradía y representantes civiles y militares delante de la Banda de Música. El momento de la entrada del Yacente a la parroquia, probablemente el más impactante y no el más conocido, pone el broche de oro al cortejo fúnebre multitudinario que llora al Cristo en la Cruz y descendido hasta el sepulcro con la esperanza de que habrá resurrección y la muerte cederá ante el impulso de la vida. De la vida eterna. Una gran procesión para la causa más trascendente de la historia de la humanidad.